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La Coctelera

nadavabien

Mendrugo: Pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos. Hombre rudo, tonto, zoquete.

Categoría: Diario de un mendrugo.

8 Marzo 2007

Diario de un medrúgo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo final.

- ¿Yo a usted?

- Sí, a mí. Luego lloré al ver cómo amabas a tu mujer y después a Rosa. Nunca pensé que un día te pudieses quedar solo y me juré que si eso ocurría iría a buscarte. Quiero devolverte una mínima parte de lo que has amado. Nunca supe que existieras y te esforzaste por hacerte ver. Qué idiota fui. Me prometí que te encontraría para decirte que leyendo cómo amas me enamoraste. Nunca pensé que alguien un día me hubiese querido tanto. Por eso cuando el 15 de junio leí la última entrega y el dossier completo, decidí dedicar mi fortuna y mi tiempo a intentar conquistarte. Pero antes tenía que encontrarte.

- Señora, no sé quién es usted, pero me parece que su amiga se equivocó de chica. Creo que es mejor que se vaya. No soy un tipo recomendable. ¡No ve usted mi aspecto?

- Eso no importa, para mí eres muy hermoso.

- Me parece que ha perdido usted los guarros.

- ¿Qué significa eso?

- Nada, nada, prosiga.

- Mire, cuando el amor es tan puro como el suyo y como ahora lo es el mío por usted, sólo hay que buscar indicios para encontrar a quien tanto sabe amar y es amado. Sólo seguí las pistas del dossier. Primero llamé por teléfono a Sergio, a su despacho. Me contestó que ya no estaba en Córdoba, que se había trasladado a Loja. Me cité en su despacho en la Avenida de los Angeles. Aproveché para ver la cafetería de su amigo Manolo y conocer a Rosario. Ya no trabajaba allí pero estaba desayunando. Nos miramos y las dos intuimos conocernos de algún modo. Tiene una sonrisa divina. Luego subí a su despacho. Me extrañó porque era la consulta de un psicólogo. Me explicó que tras tu caso no tuvo ningún otro y que decidió volver a la psicología. Se enteró de tu huída y aprovechó tu tirón profesional. Hoy regenta tu negocio y tu clientela. Le va muy bien; tenía la sala de espera llena de gente.

- Joder, qué cabrón.

- Por cierto, Gerardo. Qué consulta más bonita tenías. Se nota el cariño que le ponías. Los cuadros, los espejos y el diván con piel de vaca. Estaba emocionada; era el templo de tus desventuras y yo he estado en él. Me imaginé allí mismo el abrazo y tus charlas con Rosa y con Sergio. Fue como visitar los estudios de la Metro. Estaba tan emocionada.

- ¿Y qué le dijo la sabandija esa?

- Que no sabía nada de ti ni de tu mujer, ni tampoco de Rosa. Que lo sentía, que me deseaba suerte en mi búsqueda y que te diera recuerdos si te encontraba. ¡Ah! Y que le pagara a su secretaria 50 euros por la consulta.

- ¡Qué jeta tiene!

- Sí. Así se gana dinero, no como tú.

- Vale, no me lo recuerdes.

- También me dio la dirección de la madre de tu ex–mujer. Luego bajé a tomar algo al Impacto. Quería conocer al Ratón y tu centro de relax.

- ¡Coño! ¿Y qué se cuenta?

- Me dijo que en el local todas las noches se habla de ti. Me enseñó la lista de tu música. Les encanta a las cuarentonas que van a tomar café a las cuatro. Las noches sin tus paranoias dice que son aburridas. Toma, me dio esto para ti.

- Joder, un llavero con su nuevo logotipo.

- Sí, dice que estaba seguro que te hubiera gustado asistir a su inauguración. Me tomé una Heineken y escuché un rato a Quique González. Quería saber cómo te sentías allí. Me senté donde te sentabas y esperé. Ahora entiendo por qué te gustaba estar allí. Jugamos unos chinos y me marché. Me dijo que te diera un beso y que volvieras algún día, aunque fuese de paso, y que, joder, que lo llames; que siempre será tu amigo.

- Buen tipo el Ratón; estaría allí José Manuel.

- Sí, un tipo que siempre escribe.

- Sí, ése.

- También me dio recuerdos para ti y me dijo que le dieron un accésit en el Artífice. Que si te veía que te lo dijera, que tu lo entenderías.

- Historias de un sofá. ¡Qué genio! ¡Va por ti, José Manuel! ¿Me llena, camarero?

- Allí has dejado a un puñado de amigos.

- Eso intenté hacer, amigos. Bah, ¿viste a Candi?

- Claro. Fui a Pozoblanco a visitarla.

- Cómo está. ¿Seguía enfadada?

- No, simplemente pasa de ti. La han contratado en un equipo de tratamiento familiar o algo así, en el ayuntamiento. Se hizo una inseminación artificial y tiene dos hijos. A uno le ha puesto Gerardo, a la niña Luna.

- Ese era el nombre que habíamos elegido para nuestra hija. Joder, qué imbécil fui.

- Gerardo, tu mujer es una muñeca. Cómo la dejaste escapar. Ella no quiere saber de ti, pero mira el nombre que le ha puesto a tu hijo.

- Ella me quiere. Me querrá siempre. Pero no puedo volver con ella. Entiéndeme.

- Me dio la sentencia de tu divorcio. Tómala. Quiso que la tuvieses y también tu anillo de compromiso. Me dijo que no sabía nada de ti y que no quería saber nada nunca. Que te sigue amando, pero que se te tuerza todo lo que pienses.

- Me lo tengo merecido.

- Sí.

- ¿No has llamado a nadie en estos años? ¿Ni a tu madre?

- No; ni a mi madrre.

- También la visité.

- Pero bueno. ¿No le pareció de mal gusto?

- No, quería conocer a la madre que parió a mi mendrugo. Ella sabría dónde buscarte.

- ¿Y le dio pistas? ¿Cómo está?

- Rota. Al final la has matado a disgustos. Tu padre no quiere que se diga tu nombre en su casa. Para él has muerto y si vuelves te mata. Es tremendo.

- Nunca nos hemos llevado bien. Pero al final tuvo razón en todo. Soy un puto perdedor.

- Tu madre te ha enviado mil cartas que le fueron devueltas. Tiene tus fotos puestas es su mesa de noche, rodeadas de santos, velas encendidas y junto a tu virgen de Fátima. No deja de llorar, pero no pierde la esperanza de darte un beso apretao de esos de levantadora de olla Express. Todas las tardes va a la Iglesia de San Antón y hace una novena a San Judas Tadeo. No pierde la esperanza de verte entrar un día por la puerta. Qué mujer más fuerte.

- Sí, lo es. ¿Vio a mis postizos?

- No, sólo en fotos; ya se han casado todos. Hasta Pedro sacó las oposiciones en Alicante y se casó con Manoli.

- Enhorabuena, campeón. Tú sí que te mereces ser feliz.

- Luego me fui a la Facultad de Ciencias. Fui a buscar a Rosa. Si alguien sabía dónde podías estar era ella.

- ¿La vió?

- No. Vi a su jefe Juanma y a la que creí que era Bego. Me acerqué a ella y le pregunté por Rosa. Me dijo que no era Bego, que Bego estaba en el laboratorio. Resultó que Juanma se cansó de la becaria y se buscó otra más joven. Entré en el laboratorio y vi a una chica con cara triste que lavaba tubos de ensayo (de trescientos en trescientos) y a la que no paraban de manarle lágrimas de desamor. Pobrecilla. Estudiar tanto para terminar fregando. Me dirirgí a ella pensando que era Ana y me dijo que no; que ella era Bego y que Ana era su jefa con plaza en propiedad. Que estaría en su despacho. Allí fui.

- No llegué a conocerla.

- Ella fue quien me habló de Rosa. Se hablan por el Messenger.

- Y ¿dónde está?

- Se casó con Roberto y viven los dos en California. A ella le dieron la post-doctoral. Tienen un niño de dos años. Me enseñó fotos de ellos en América. Se le ve feliz y dice que se curó del todo. Que ya no le duele nada y que para ser totalmente feliz sólo necesitaría conseguir la plaza en propiedad. Pero que está en ello.

- No sabe lo que me alegro por ella y por él. También lo pasó mal.

- Nadie sabía nada de ti. Sólo tenía tu dossier, dinero y tiempo para buscarte. Y seguí las instrucciones. Sabía que te habrías ido lejos, muy lejos. Busqué pistas. Te gustaba hablar de mares y del país vasco. Me dirigí allí y pregunté por todos lados. Tenía una foto tuya que me dio tu madre; fui a todos los pueblos con puerto. Recorrí todas las oficinas de embarque y todas las pensiones. Por fin, en Hondarribia, cómo no, estabas inscrito por duplicado. En el Hostal Hondarribia y en el puerto. El 15 de junio de 2.006 zarpaste en el barco griego “Adelante”, dirección Finlandia. Ya estaba tras tu pista. Ya no importaba el tiempo ni el dinero que gastara en encontrarte. Sabía que te vería.

- Cabezona sí que es usted.

- El amor mueve montañas.

- Y abre los mares.

- Me dirigí a Grecia, tenía que hablar con la compañía y saber en cada momento dónde te encontraría. Me dieron la hoja de ruta; previo pago, por supuesto; y así podría seguir tus movimientos. Estuve a punto de cogerte en Jerusalén. Sabía por tu dossier que visitarías el Muro de las Lamentaciones. Te vi de lejos, pero te me escapaste.

- De eso hace un año.

- Sí, un año hace ahora. Estabas con tu cabeza apoyada y yo iba dos turnos más atrás. El judío no se dejó sobornar para colarme. Lo de la religión lo llevan en serio. Grité tu nombre pero no me escuchaste. Después supe que no pudisteis atracar en la Habana y tuve que esperar a que desembarcaras aquí. En Argentina.

- Me está dejando muerto. Sí que ha hecho kilómetros.

- Sólo sabía que tenía que buscar un barrio de tangos. Un lugar llamado Van- Cogh y una calle del olvido.

- Es usted Perry Mason.

- Aprendí de ti y de Sergio. Y, como tú dices, carambola a tres bandas. En la calle del olvido hay un café Van-Gogh y por las noches cantan tangos. Llevo una semana esperando coincidir contigo.

- Pues ya me ha encontrado. Pero ¿quién es usted?

Entonces suspiró hondo; se quitó la pamela y agitó su cabellera rubia. Se despojó del pañuelo y pidió otro vermut. Esperó a que se lo trajera el camarero. Movió la oliva que flotaba, se mojó los labios y se quitó las gafas.

- ¿Te acuerdas de mí ahora?

- ¡¿Laura?!

- Sí, amor mío. Soy yo; tu Laura Martínez Mochón. ¿Quieres casarte conmigo?

- Eres mi mejor regalo de cumpleaños.

Por supuesto, accedí. Decidí dejar la bebida y de surcar los siete mares. Con su dinero y con mi “sabiduría” abrimos una consulta de psicoanálisis infantil en el centro de Buenos Aires. Decidimos no tener hijos, porque a los dos se nos había pasado el arroz un par de pueblos y optamos por ocuparnos de los niños de los demás. Éramos muy felices y muy ricos; hasta esta mañana.

Hoy ha venido Alma, la madre de Estrella. Es la primera consulta que tenemos con las dos. Alma tiene 30 años y Estrella 5. Es madre soltera y licenciada en económicas. Está desesperada, pues su hija tiene lo que llamamos Mutismo Electivo. Como la niña difícilmente hablaría conmigo, le pedí a mi mujer que la llevara al cuarto de los juguetes. Me quedé a solas con Alma y le pregunté que desde cuándo le ocurría aquello. Alma no dijo nada; tan sólo agachó su cabeza y empezó a llorar. Se quedó en silencio con su melena sobre el rostro. Me quedé en silencio mirándola, esperando que fuese ella la que hablase. Pasaron unos segundos y mi cabeza estaba en blanco, a la espera. Y levantó la cabeza y me miró llorando. Me rompí por dentro y por fuera. Sólo dijo: “Soy un desastre. ¿Esto se le va a quitar alguna vez?” Me miraba necesitando mi ayuda, suplicando que no la dejase sola, que no sabía salir de esto por sí misma. Me fijé en que sus ojos eran verdes, que su boca era perfecta, que sus hombros eran fuertes y sus caderas estrechas. Realmente sufría mientras retorcía su cuerpo en el sillón; y tenía una voz tan linda…. Joder, se parece tanto…… a Rosa….. ¿Fin……?.

Edita e imprime:



LA CALLE DEL OLVIDO

Loja (Granada). 2.007

Edición limitada. 100 ejemplares.

Diario de un Mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1).

Autor: Gustavo Cabrera Coronas.

Obra Registrada el 11/10/2.006

Nº de Registro Aries: 200699900620724


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7 Marzo 2007

Diario de un mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Penúltimo capítulo.

Epílogo. El contra ataque del mendrugo.

De:

Enviado el:

Para:

Asunto:

Gerardo Contreras Melero

February 28,201022:12:51PM

lacoctelera@yahoo.com

Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)

Buenos Aires. Argentina.

28 de Febrero de 2.010

Desde hace cerca de cuatro años no había vuelto a escribir correo electrónico alguno ni visitado mi blog. Ni si quiera supe, hasta esta tarde, que estaba operativa la página de la coctelera. Para mi asombro lo estaba y para mi perplejidad también mi blog estaba todavía vivo. Era visitado por algunas personas desconocidas para mí; el web master me indicó que esa era la razón de no haberle dado de baja. Además, siempre supusieron que volvería (¿Tan previsible soy?). Pues bien, aquí estoy. Quizá alguien se preguntará qué ocurrió al final con el mendrugo, mi santa, Rosa, mi madre y Sergio.

La verdad es que no supe nada de ellos desde el 14 de junio de 2.006, hasta hace apenas siete meses. Aquel mismo día, tras leer las cartas de mi ex-mujer y de Sergio, me lancé a lo Telma y Louise hacia la huida a ninguna parte. Saqué mil euros del banco, llené el depósito de mi Ibiza hasta que dijo basta y comencé a conducir hacia el norte; siempre hacia el norte. Como compañera de camino llevé las cartas y el dossier, una muda limpia (que mi santa se encargaba de que no me faltase en la consulta) y un compact que un día monté con canciones que me recordaban a Rosa. Dejé mi móvil en el despacho y ni si quiera llamé a mis clientes para anular las citas. Tampoco tiré de la cisterna. Conduje hasta pasar Despeñaperros y me detuve en un bar de carretera. Sólo quería poner tiempo y distancia por medio. No tenía valor para hacerle frente a esa situación, para encarar toda aquella enorme mierda que se me venía encima. Volví a repostar hasta llegar a Hondarribia. Allí me sentí a salvo, lejos, muy lejos. Decidí hacer noche en el Hostal Hondarribia y al amanecer, tras asearme, busqué un cíber. Por terminar con todo decidí publicar en mi blog maldito y enviarte aquel final del mendrugo; y ya puestos, escaneé todo el dossier y lo colgué también en Internet. Total, nadie lo leería salvo el Juanlu, la Cris y un par de aburridos que, además, nunca escribían comentarios.

Tiré las cartas, pero el dossier no. Quería leerlo completo y despacio. Me dirigí al puerto. Pedí trabajo en un Pesquero Internacional y conseguí que me contrataran como limpia cubierta y sanea letrinas. Durante tres años surqué los siete mares y visité los más hermosos países del mundo: Israel, Palestina, Jordania, Egipto, los Fiordos, La India…. Lugares con magnetismo, que han sufrido conquistas, que han resurgido y vuelto a ser conquistados, en los que han vivido un sin fin de poblaciones con sus diferentes culturas. En alguno de ellos ni a una araña le gustaría vivir, pero me moría de ganas por visitarlos. ¿Sabes lo que es descalzarse en una pirámide y sentir la tierra en la planta de los pies, sabiendo que los egipcios han sido la mejor sociedad de la tierra? ¿Vivir una puesta de sol de casi diez horas? ¿Dormir en el desierto en una jaima al lado de un oasis? ¿Pasear por la Vía Dolorosa? Sensaciones para todos los sentidos. Las noches en alta mar eran largas, pero más extenso era mi dolor que ahogaba leyendo y releyendo una y otra vez el dossier.

Era el día de mi cumpleaños, 2 de agosto de 2.009. Llevábamos atracados dos meses en Argentina y aún quedaba otro para salir. Conocía la capital como la palma de mi mano y las tabernas y burdeles eran mis únicos hogares. Llevaba varios días viviendo en la C/ del Olvido, en una pensión barata. En la puerta había un café donde solía ahogar mis llantos entre carajillo y carajillo. Era el Café Van-Gogh. Todas las noches me emborrachaba allí mientras algún paisano se marcaba un tangazo. Aquella mañana el sol inundaba mi enorme calva y me hacía sudar por la barba. Estaba, como siempre, solo, con mi dossier aprendido de memoria en la mesa y leía las últimas noticias del Pelusa. Alguien se acercó por la espalda y sentí una mano sobre mi hombro; me giré, pero el sol deslumbró mis vidriados ojos alcohólicos. Sin poder vislumbrar a mi agresor escuche una voz: “¿Gerardo?” Mis ojos permanecían cerrados de sol y de coñac.

- Perdone. ¿Me conoce?

- Me han dicho en el café que creen que es usted.

- Sí, soy yo. Tome asiento.

Era una mujer. No me di cuenta de si hermosa o no, pues llevaba unas gafas de sol que cubrían un tercio de su rostro, una pamela que tapaba un cuarto y un pañuelo de seda que escondía casi el resto de sus facciones.

- ¿Quién es usted? ¿La conozco?

- Sí me conoces; aunque he cambiado mucho.

- No caigo.

- Llevo tres años buscándole.

- ¿A mí?

- Sí, a usted.

- Perdone; no entiendo. ¿La envía mi familia? ¿Otro detective? Al menos parece usted más guapa que el último.

- Jaja. No ha perdido su sentido del humor. La verdad es que Sergio no es muy agraciado.

- No, no lo es; ¿lo conoce también?

- Sí. Fui a verlo.

- A ver, señora. Me pierdo.

- Usted escribió un blog ¿verdad?

- Sí, señora; lo hice. Pero de eso hace ya mucho tiempo.

- De eso lo conozco.

- Bien, ¿y por qué me busca? con leerlo hubiera tenido bastante.

- Mire, una amiga me llamó y me comentó que había visto sus escritos y que creía que hablaba de mí.

- Usted no es Rosa ¿verdad? Rosa es morena y usted es rubia; teñida, pero rubia; y es …….. menos…….. más pequeña que ella.

- Jaja, ¡ojalá fuese yo Rosa!, Todo habría sido distinto.

- No la comprendo.

- No habría hecho tantos kilómetros siguiéndole la pista. Hubiera hecho los kilómetros a su lado.

- Bueno, señora; si lleva buscándome tanto tiempo, la verdad es que debe de tener usted pasta y tiempo libre. Mi madre diría: “solo hay algo más peligroso que un tonto con tiempo libre; un tonto con pasta y tiempo libre”. No se ofenda; es que echo de menos a mi madrre.

- Ella también a usted.

- ¿La manda ella?

- No; me manda mi necesidad de conocerte. ¿Puedo tutearte?

- Por supuesto. Eso me suena. ¡No empecemos! Decía que había leído usted mi blog.

- Sí, me lo sé de memoria. Por cierto, ¿ese es el dossier?

- Sí; siempre va conmigo.

- ¿Puedo verlo? lo he imaginado cientos de veces.

- Claro, señora; todo suyo.

- ¡Ummm! que bueno el Sergio ese; y Gerardo, sin ofender, vaya pedazo de mendrugo.

- ¿Verdad que sí? Pues ya ve. Pero, ¿quién es usted? ¿Por qué me ha buscado? ¿Cómo me ha encontrado?

- Preguntando se llega a Roma.

- Sí; eso dicen los romanos. Por cierto, ¿quiere tomar algo?

- A estas horas, a ver…… un vermut.

- ¡Camarero! ¿Me trae un vermut para la señora y una pinta rubia para mí?

- Gracias.

- Un placer, es la primera señora con la que converso en casi cuatro años. Dígame, sigo sin entender su interés por mí.

- Gerardo. Leí tus escritos entre sonrisas y mi rostro siempre estaba en paz cuando te repasaba. Durante los cinco meses que duró tu historia, no me despegaba del ordenador esperando la siguiente entrega.

- Pero si es una pollada.

- Pero no sabía que un día me amaras tanto.

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6 Marzo 2007

Diario de un Mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de identidad disociativo. Caso 1). Antepenúltimo episodio.

Una sensación de enorme vacío y una vergüenza infinita se apoderaron de mí. Por mi cabeza pasó la imagen de Candi llegando rota a su casa, la cara de mi suegra y mis cuñados, mi madrre y el coronel, el rey y mi hermano Pedro. Mis amigos y hasta tu cara. Dios, ahora qué iba a hacer. Me levanté corriendo con los pantalones aún bajados y corrí hacia el segundo sobre. Lo abrí con avidez y con pánico. Mejor te dejaré que lo leas tú misma:

Estimado Gerardo: Supongo que cuando lea estas letras, su vida se habrá deshecho en mil pedazos. Bien sabe usted que de una manera u otra, traté de advertirle de los riesgos que corría de seguir en el empeño de mantener un amor prohibido y una presunta relación extramatrimonial.

Cuando entré en su despacho por primera vez, reconozco que me sentí identificado con usted por varios aspectos. Yo he dedicado gran parte de mi vida a intentar curar a la gente de sus vapores y sus melancolías, de sus emociones más incontrolables y de sus pasiones más prohibidas. Como le expliqué en aquella visita, acababa de nacer tan solo hacía dos lunas. Y no le mentí. Conozco a su mujer desde que éramos niños. Dos Torres es una pequeña localidad del Valle de los Pedroches, del que Pozoblanco es cabeza de partido. Es por ello que el bachiller lo cursábamos en el Instituto del pueblo de su mujer, donde la conocí. No la había vuelto a ver en muchos años, pese a haber realizado, al igual que ella, estudios de Psicología; pero a diferencia de Candi, yo los realicé en Sevilla, donde tengo afincada familia y donde abrí mi despacho. Durante toda mi vida profesional, he visto desfilar por mi consulta ilusiones y desventuras de pobres desgraciados que vaciaban sus entrañas en mi diván (por cierto, el suyo es precioso y fashion). Durante los diez años en los que dediqué mi vida al dolor ajeno, siempre supe que algún día cambiaría mi existencia por culpa de mi trabajo. Demasiada implicación ¿verdad? Demasiada entrega para poca recompensa. Demasiada lealtad para tanta traición.

Mi vida emocional y personal no importaba. Sólo el sufrimiento del otro, las sesiones y la caja de caudales llenas de facturas por pagar. Noches estudiando formas de arreglar vidas, almuerzos en el despacho con la lata de atún y un tenedor prestado por la vecina, que siempre se ocupaba de que comiera algo. Navidades haciendo kilómetros detrás de individuos que buscaban un olivo donde acabar con todo. Veranos en la playa pegado a un auricular, secando lágrimas de cocodrilo. Al final pasó lo que tenía que pasar. Entró en la consulta el día equivocado, a la hora equivocada, quien me haría contratransferenciarme para siempre. ¿Le suena? Qué ironía de la vida. Fue el caso más intenso, el más peleado, estudiado hasta el último detalle, implicado como si de mi vida se tratase. Si, amigo Gerardo, yo también me enamoré. Me enamoré tanto que perdí el rumbo. Debí haberla derivado, pero no lo hice; y ese fue mi error. Me aparté de su sufrimiento y me perdí en su escote y en su mirada. Me olvidé de sus llantos y me dediqué a beberme sus lágrimas. Me escondí de sus deseos de tánatos y me entregué a desearla para siempre conmigo, en mi alcoba. Fantaseé con su cuerpo desnudo entre sus sábanas y dejé a un lado sus fantasías de muerte. No escuché sus palabras y me comí sus labios. Desatendí la montaña de razones para no seguir viva y me dediqué a escalar con mis manos sus caderas, su barriga y sus nalgas. Y ella se entregó a mí con toda su fe y con su poco dinero. Se entregaba a amarme para amarse un poco; y yo creí que nuestro amor la salvaría.

Fui feliz con ello hasta el uno de enero de 2.005. Teníamos que recibir el año juntos y lo teníamos todo preparado: Nuestro compact con “las canciones que me acercaron a ti”, nuestros donuts de chocolate y nuestra peli favorita (“El marido de la peluquera”). Bailaríamos el moro hasta el amanecer, nos reiríamos de nuestros michelines y le besaría los pies (son los únicos pies que no me han dado asco). Después, sencillamente, nos quedaríamos en silencio, abrazados, sin prisas; algún beso robado y algún otro pactado. Sólo eso. Pero no acudió a la cita.

Me inquieté y decidí llamarla; siempre había sido británicamente puntual. Su teléfono estaba apagado. Llamé a su otro número, el privado. Tampoco estaba operativo. Decidí ir a buscarla. Me agarré al volante como quien se agarra a su último aliento y corrí, corrí todo lo que pude. Llegué a su apartamento y toqué; su coche estaba en la puerta y ella estaría dormida. Por un momento suspiré aliviado, pero nadie abría la puerta. Volví a tocar, esta vez más intensamente, y comencé a gritar su nombre. Nadie abrió. Tan sólo se asomó una vecina que me dijo: “esta mañana no ha salido por el pan”. Llamé a la policía. Tardaron dos horas en venir. Llamaron y llamaron; y echaron la puerta abajo. Tras el madero entré yo; corrí a su dormitorio y no estaba. La cama estaba sin deshacer. Corrí a la cocina y en la puerta del baño el madero me detuvo. Me dijo que no entrara. Allí estaba Matilde, en la bañera, ensangrentada. Decidí dejarlo todo. No quise continuar con mi oficio. Me dediqué a buscar la muerte por las tabernas y a llorarle mis penas al “Ratón” de mi barrio. No tenía sentido nada; la había matado. No hubo juicio ni sumario. Nadie reclamó su cuerpo. Ni si quiera yo. Fue un asco. Estuve así unos meses, huyendo de los bancos y de cualquier persona que pudiese reconocerme. Lo dejé todo, el despacho y el móvil; la agenda y los horarios. Como hay que tener un par de huevos para matarse, y yo de eso no estoy muy sobrado, cuando ya los cajeros secuestraron mi tarjeta y mi familia se negó a ayudarme, tuve que empezar a buscar trabajo. Por supuesto, no iba a ser psicólogo nunca más. Sólo sabía hacer eso y mi otra profesión, pero no me apetecía iniciar otro negocio. Trabajé eventualmente como extra en bodas y bautizos, pero no soportaba las fiestas. Curré en el campo, pero descubrí que mi cartilla inmunológica no incluía a las gramíneas. Trabajé en una forja, pero llegó el verano y era insoportable. Al final, claudiqué y abrí un nuevo negocio el 31 de enero de este año. Comer, había que comer. Estaba inquieto y a la vez entusiasmado. Me convertí en trovador de la verdad, en hacedor de sueños de los que quieren no perder el sueño por pesadillas ajenas; especializado buscador de la felicidad para quien no engaña ni miente; y amante compulsivo de la paz de los que encuentran la verdad por dolorosa que parezca ser al comienzo. Era mi nuevo oficio. Compaginé mis estudios sobre ello con los de Psicología y era el momento de poner a prueba mi valía en ese terreno.

Fue el día 1 de febrero de este año cuando coincidimos en Pozoblanco, después de muchos años, su mujer y yo. Ella había regresado al pueblo por problemas de su sobrina, ya sabes, la reina mora. Nos encontramos en “La Pisá del moro” y tomamos café juntos. Nos contamos un rato nuestras vidas y nuestras penas; y, por supuesto, hablamos de ti. Me contó sus sospechas y le pregunté en qué se basaba. Me dijo que en tu lejanía hacia ella, tus horas de llegar a casa, tu teléfono siempre escondido y las enormes facturas de móvil; y, sobre todo, en que no la besabas. Recuerdo que le dije que tu trabajo es muy duro y que quizá estarías pasando una mala época. Lloró con desesperanza, temía que estuvieses enamorado de alguien. Dijo que tu trabajo siempre ha sido así, que le dedicas el día y la noche, pero que siempre encontrabas un hueco en tu agenda para un abrazo, un beso o un te quiero. Pero que ya no. Que te perdía y no sabía qué estaba haciendo mal. Que siempre se ha ocupado de hacerte un zumo de naranja de postre, porque comes poca fruta; que cada día se esforzaba por tenerte la ropa a punto, los zapatos arreglados, que no paras de romper por tu traumatizado caminar; que cuidaba que no te faltara una maquinilla de afeitar ni en el piso ni en la casa, que nunca faltara salchichón en la nevera ni un Frutopía Pacífico fresquito. Que se desvivía por ti y por pedirte cita en el dentista, en el podólogo, en el médico y donde hiciese falta; y que no le importaba quedar mal porque nunca acudías a las consultas. Que ella volvía a llamar y a disculparse por ti. ¿Qué había hecho mal?

Le expliqué que había abierto mi negocio en Villanueva de Córdoba y que, de momento, no tenía cliente alguno. Le invité a que viniese a mi despacho a ver qué podíamos averiguar y que, por supuesto, le haría un precio especial. Ella, con más miedo que vergüenza, me acompañó con cierto escepticismo. Le pedí tu dirección de correo electrónico y probamos algunas contraseñas que ella suponía que podrían ser la tuya. Acertamos a la primera. Eres muy confiado y descuidado para ser un traidor, amigo Gerardo; ¡mira que usar la contraseña de tu cumpleaños! Navegamos en tus correos electrónicos desde el mes de junio del año anterior. No encontramos nada. Sólo informes enviados y reenviados al Colegio de Psicólogos. Fuimos mes a mes; y demasiado spam y poco morbo. Por tener virus, tenías hasta el ébola en alguno de ellos (cuida tu herramienta amatoria y de trabajo). Así terminamos con el 2.005 para congratulación de tu mujer. Pero llegamos a enero de 2.006; y cuando ya íbamos a terminar, encontramos un correo dirigido a una dirección nueva, que no cuadraba con las anteriores. La cara de Candi se desencajó al abrir el correo y ver que se trataba de un relato en forma de diario: “Diario de un mendrugo (diario alternativo a crónicas del olvido)”. Ocurrente título y ocurrente contenido. Pero a quién iba dirigido. Así, leímos la segunda y la tercera entrega. Era bonito, muy bonito el tercero; y muy extraño el segundo. Candi se echó a llorar e intenté consolarla. Tras tranquilizarse decidió contratar mis servicios y no me pude negar. Eras mi primer caso y eras demasiado parecido a mí. Eras mi identidad disociada, mi doble personalidad y también mi segunda oportunidad. Así te convertiste, sin buscarlo, en el primer caso de S.O.S. lic A.O.2.460. (Sergio del Olmo Seco, Detective Privado). A la transcripción y a las escuchas de nuestras conversaciones las titulé “Trastorno de Identidad Disociativo”. Y; por supuesto, Caso 1. Mi primer caso. Al diario sacado de tu correo “Diario de un mendrugo”, sólo cambié lo de diario alternativo. El paquete que tienes encima de la mesa es una copia del dossier completo de tu caso, una cronología de tus escritos y tus conversaciones. Es una copia del informe final de mi primera cliente, tu mujer. Ahora entenderás muchas cosas. Ahora entenderás por qué te dije que acababa de nacer. Sólo hacía dos lunas que había abierto el despacho y ya tenía mi primer caso. Ahora entenderás lo del teléfono. Sólo me serví de un simple programa informático de un colega policía y lo cloné (aunque sé que es ilega), el tiempo estrictamente necesario para ir recabando información e ir plagando tu despacho, tu sala de espera, tu pasillo, tu cuarto de baño y cada rincón a los que tuve acceso de tu casa, de pequeños micrófonos inalámbricos que me permitieran devolverte tu número y volver a la legalidad. Ahora entenderás por qué podía escucharte pero no verte. Entenderás también por qué me veía con tu mujer, que desesperada pedía más y más pruebas. El por qué de entrar en tu otro despacho, donde sueles enviar el correo y publicar tu blog. Tenía que estar dentro de ese ordenador. Comprenderás por qué te vi en el Van Gogh. No fue coincidencia. Me convertí en tu sombra durante estos meses, al principio de forma continua y después de forma aleatoria. Te seguí a todas partes. Comprenderás que no me parecía ético pagar tus sesiones con el dinero que me daba tu mujer. Espero no haberle salido muy caro; la verdad es que fue fácil. Lo sabía todo sobre ti: dónde tomabas tus copas y dónde desayunabas. Todos hablaban bien de ti. Sabía en cada momento dónde quedabas con Rosa y cuándo os citaríais. Escuché todo y no vi nada, pues, mendrugo, tu amor nunca fue correspondido. Sólo te vi amarla hasta la locura. Sólo te vi convirtiéndome en mi doble; pero, al menos, yo conseguí besarla. Tu, pobre mendrugo, te ibas rompiendo en mil pedazos para nada, para perderlo todo; y he de decirte que me sentí solidario y que intenté por todos los medios disuadir a tu mujer de seguir adelante. Que era hermoso lo que pasaba y que no tendría importancia, que, más temprano que tarde, despertarías de tu embrujo. Que te diera una última oportunidad, pues eres un tío que merece la pena. ¿O no?

En eso me hizo caso. Te dio un ultimátum pero ya no confiaba en ti ni en mí. Como eres cabezón y te gusta llegar hasta el final, tuviste que declararle tu amor a Rosa. Joder, Gerardo, estabas tan ciego que me dabas pena. Quise ir a escondidas a tu despacho y quitar los micrófonos, pero tu mujer, al ver que intentaba defenderte, me despidió pidiéndome como único favor que le dejase el equipo de escucha veinticuatro horas más. Te conoce muy bien, mendrugo. Sabía que llegarías hasta el final. Me había pagado mis honorarios y no pude negarme. Esa última cita, la más deseada, cerraría el dossier y tu vida. Yo tenía que ser fiel a mi cliente. Nos lo enseñan en la facultad. Lo siento, amigo, pero sólo hice mi trabajo. Y ¿sabes? No me ha gustado.

Disculpa, Gerardo; me caías bien. Al menos, Rosa sigue viva. Y sí, Gerardo, es hermosa, muy hermosa. En el dossier sólo falta la conclusión de mi informe, la cual dije viva voz a tu esposa: A Gerardo le hubiera encantado serle fiel a Rosa, pero para eso tendría que haberte sido infiel a ti. Su única infidelidad ha sido estar cercano a los cuarenta. Si es una infidelidad enamorarse como él se ha enamorado, todos deberíamos de ser infieles alguna vez. Pero una relación es de dos; por lo tanto, nunca ha habido relación, sólo una necesidad de enamorarse y rejuvenecer diez años.

Espero que tengas suerte. De corazón. Has perdido a una gran mujer y has despertado de tu dulce sueño a cañonazos. Espero que al menos no me odies. No ha sido un buen trabajo y peor ha sido el resultado.

PD. Se me olvidó comentarte que, por expreso deseo de tu mujer, tu madre ha estado al tanto de todo; mis honorarios eran demasiado altos y para no despertar tus sospechas pidió hacerse cargo de la mitad de mis emolumentos. Tiene una copia de este dossier completo. Perdona, pero … el que paga… manda.

Un abrazo.

Sergio del Olmo Seco.

Detective privado lic. A.O. 2.460.

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6 Marzo 2007

Diario de un Mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de identidad disociativo. Caso 1). Antepenúltimo episodio.

Una sensación de enorme vacío y una vergüenza infinita se apoderaron de mí. Por mi cabeza pasó la imagen de Candi llegando rota a su casa, la cara de mi suegra y mis cuñados, mi madrre y el coronel, el rey y mi hermano Pedro. Mis amigos y hasta tu cara. Dios, ahora qué iba a hacer. Me levanté corriendo con los pantalones aún bajados y corrí hacia el segundo sobre. Lo abrí con avidez y con pánico. Mejor te dejaré que lo leas tú misma:

Estimado Gerardo: Supongo que cuando lea estas letras, su vida se habrá deshecho en mil pedazos. Bien sabe usted que de una manera u otra, traté de advertirle de los riesgos que corría de seguir en el empeño de mantener un amor prohibido y una presunta relación extramatrimonial.

Cuando entré en su despacho por primera vez, reconozco que me sentí identificado con usted por varios aspectos. Yo he dedicado gran parte de mi vida a intentar curar a la gente de sus vapores y sus melancolías, de sus emociones más incontrolables y de sus pasiones más prohibidas. Como le expliqué en aquella visita, acababa de nacer tan solo hacía dos lunas. Y no le mentí. Conozco a su mujer desde que éramos niños. Dos Torres es una pequeña localidad del Valle de los Pedroches, del que Pozoblanco es cabeza de partido. Es por ello que el bachiller lo cursábamos en el Instituto del pueblo de su mujer, donde la conocí. No la había vuelto a ver en muchos años, pese a haber realizado, al igual que ella, estudios de Psicología; pero a diferencia de Candi, yo los realicé en Sevilla, donde tengo afincada familia y donde abrí mi despacho. Durante toda mi vida profesional, he visto desfilar por mi consulta ilusiones y desventuras de pobres desgraciados que vaciaban sus entrañas en mi diván (por cierto, el suyo es precioso y fashion). Durante los diez años en los que dediqué mi vida al dolor ajeno, siempre supe que algún día cambiaría mi existencia por culpa de mi trabajo. Demasiada implicación ¿verdad? Demasiada entrega para poca recompensa. Demasiada lealtad para tanta traición.

Mi vida emocional y personal no importaba. Sólo el sufrimiento del otro, las sesiones y la caja de caudales llenas de facturas por pagar. Noches estudiando formas de arreglar vidas, almuerzos en el despacho con la lata de atún y un tenedor prestado por la vecina, que siempre se ocupaba de que comiera algo. Navidades haciendo kilómetros detrás de individuos que buscaban un olivo donde acabar con todo. Veranos en la playa pegado a un auricular, secando lágrimas de cocodrilo. Al final pasó lo que tenía que pasar. Entró en la consulta el día equivocado, a la hora equivocada, quien me haría contratransferenciarme para siempre. ¿Le suena? Qué ironía de la vida. Fue el caso más intenso, el más peleado, estudiado hasta el último detalle, implicado como si de mi vida se tratase. Si, amigo Gerardo, yo también me enamoré. Me enamoré tanto que perdí el rumbo. Debí haberla derivado, pero no lo hice; y ese fue mi error. Me aparté de su sufrimiento y me perdí en su escote y en su mirada. Me olvidé de sus llantos y me dediqué a beberme sus lágrimas. Me escondí de sus deseos de tánatos y me entregué a desearla para siempre conmigo, en mi alcoba. Fantaseé con su cuerpo desnudo entre sus sábanas y dejé a un lado sus fantasías de muerte. No escuché sus palabras y me comí sus labios. Desatendí la montaña de razones para no seguir viva y me dediqué a escalar con mis manos sus caderas, su barriga y sus nalgas. Y ella se entregó a mí con toda su fe y con su poco dinero. Se entregaba a amarme para amarse un poco; y yo creí que nuestro amor la salvaría.

Fui feliz con ello hasta el uno de enero de 2.005. Teníamos que recibir el año juntos y lo teníamos todo preparado: Nuestro compact con “las canciones que me acercaron a ti”, nuestros donuts de chocolate y nuestra peli favorita (“El marido de la peluquera”). Bailaríamos el moro hasta el amanecer, nos reiríamos de nuestros michelines y le besaría los pies (son los únicos pies que no me han dado asco). Después, sencillamente, nos quedaríamos en silencio, abrazados, sin prisas; algún beso robado y algún otro pactado. Sólo eso. Pero no acudió a la cita.

Me inquieté y decidí llamarla; siempre había sido británicamente puntual. Su teléfono estaba apagado. Llamé a su otro número, el privado. Tampoco estaba operativo. Decidí ir a buscarla. Me agarré al volante como quien se agarra a su último aliento y corrí, corrí todo lo que pude. Llegué a su apartamento y toqué; su coche estaba en la puerta y ella estaría dormida. Por un momento suspiré aliviado, pero nadie abría la puerta. Volví a tocar, esta vez más intensamente, y comencé a gritar su nombre. Nadie abrió. Tan sólo se asomó una vecina que me dijo: “esta mañana no ha salido por el pan”. Llamé a la policía. Tardaron dos horas en venir. Llamaron y llamaron; y echaron la puerta abajo. Tras el madero entré yo; corrí a su dormitorio y no estaba. La cama estaba sin deshacer. Corrí a la cocina y en la puerta del baño el madero me detuvo. Me dijo que no entrara. Allí estaba Matilde, en la bañera, ensangrentada. Decidí dejarlo todo. No quise continuar con mi oficio. Me dediqué a buscar la muerte por las tabernas y a llorarle mis penas al “Ratón” de mi barrio. No tenía sentido nada; la había matado. No hubo juicio ni sumario. Nadie reclamó su cuerpo. Ni si quiera yo. Fue un asco. Estuve así unos meses, huyendo de los bancos y de cualquier persona que pudiese reconocerme. Lo dejé todo, el despacho y el móvil; la agenda y los horarios. Como hay que tener un par de huevos para matarse, y yo de eso no estoy muy sobrado, cuando ya los cajeros secuestraron mi tarjeta y mi familia se negó a ayudarme, tuve que empezar a buscar trabajo. Por supuesto, no iba a ser psicólogo nunca más. Sólo sabía hacer eso y mi otra profesión, pero no me apetecía iniciar otro negocio. Trabajé eventualmente como extra en bodas y bautizos, pero no soportaba las fiestas. Curré en el campo, pero descubrí que mi cartilla inmunológica no incluía a las gramíneas. Trabajé en una forja, pero llegó el verano y era insoportable. Al final, claudiqué y abrí un nuevo negocio el 31 de enero de este año. Comer, había que comer. Estaba inquieto y a la vez entusiasmado. Me convertí en trovador de la verdad, en hacedor de sueños de los que quieren no perder el sueño por pesadillas ajenas; especializado buscador de la felicidad para quien no engaña ni miente; y amante compulsivo de la paz de los que encuentran la verdad por dolorosa que parezca ser al comienzo. Era mi nuevo oficio. Compaginé mis estudios sobre ello con los de Psicología y era el momento de poner a prueba mi valía en ese terreno.

Fue el día 1 de febrero de este año cuando coincidimos en Pozoblanco, después de muchos años, su mujer y yo. Ella había regresado al pueblo por problemas de su sobrina, ya sabes, la reina mora. Nos encontramos en “La Pisá del moro” y tomamos café juntos. Nos contamos un rato nuestras vidas y nuestras penas; y, por supuesto, hablamos de ti. Me contó sus sospechas y le pregunté en qué se basaba. Me dijo que en tu lejanía hacia ella, tus horas de llegar a casa, tu teléfono siempre escondido y las enormes facturas de móvil; y, sobre todo, en que no la besabas. Recuerdo que le dije que tu trabajo es muy duro y que quizá estarías pasando una mala época. Lloró con desesperanza, temía que estuvieses enamorado de alguien. Dijo que tu trabajo siempre ha sido así, que le dedicas el día y la noche, pero que siempre encontrabas un hueco en tu agenda para un abrazo, un beso o un te quiero. Pero que ya no. Que te perdía y no sabía qué estaba haciendo mal. Que siempre se ha ocupado de hacerte un zumo de naranja de postre, porque comes poca fruta; que cada día se esforzaba por tenerte la ropa a punto, los zapatos arreglados, que no paras de romper por tu traumatizado caminar; que cuidaba que no te faltara una maquinilla de afeitar ni en el piso ni en la casa, que nunca faltara salchichón en la nevera ni un Frutopía Pacífico fresquito. Que se desvivía por ti y por pedirte cita en el dentista, en el podólogo, en el médico y donde hiciese falta; y que no le importaba quedar mal porque nunca acudías a las consultas. Que ella volvía a llamar y a disculparse por ti. ¿Qué había hecho mal?

Le expliqué que había abierto mi negocio en Villanueva de Córdoba y que, de momento, no tenía cliente alguno. Le invité a que viniese a mi despacho a ver qué podíamos averiguar y que, por supuesto, le haría un precio especial. Ella, con más miedo que vergüenza, me acompañó con cierto escepticismo. Le pedí tu dirección de correo electrónico y probamos algunas contraseñas que ella suponía que podrían ser la tuya. Acertamos a la primera. Eres muy confiado y descuidado para ser un traidor, amigo Gerardo; ¡mira que usar la contraseña de tu cumpleaños! Navegamos en tus correos electrónicos desde el mes de junio del año anterior. No encontramos nada. Sólo informes enviados y reenviados al Colegio de Psicólogos. Fuimos mes a mes; y demasiado spam y poco morbo. Por tener virus, tenías hasta el ébola en alguno de ellos (cuida tu herramienta amatoria y de trabajo). Así terminamos con el 2.005 para congratulación de tu mujer. Pero llegamos a enero de 2.006; y cuando ya íbamos a terminar, encontramos un correo dirigido a una dirección nueva, que no cuadraba con las anteriores. La cara de Candi se desencajó al abrir el correo y ver que se trataba de un relato en forma de diario: “Diario de un mendrugo (diario alternativo a crónicas del olvido)”. Ocurrente título y ocurrente contenido. Pero a quién iba dirigido. Así, leímos la segunda y la tercera entrega. Era bonito, muy bonito el tercero; y muy extraño el segundo. Candi se echó a llorar e intenté consolarla. Tras tranquilizarse decidió contratar mis servicios y no me pude negar. Eras mi primer caso y eras demasiado parecido a mí. Eras mi identidad disociada, mi doble personalidad y también mi segunda oportunidad. Así te convertiste, sin buscarlo, en el primer caso de S.O.S. lic A.O.2.460. (Sergio del Olmo Seco, Detective Privado). A la transcripción y a las escuchas de nuestras conversaciones las titulé “Trastorno de Identidad Disociativo”. Y; por supuesto, Caso 1. Mi primer caso. Al diario sacado de tu correo “Diario de un mendrugo”, sólo cambié lo de diario alternativo. El paquete que tienes encima de la mesa es una copia del dossier completo de tu caso, una cronología de tus escritos y tus conversaciones. Es una copia del informe final de mi primera cliente, tu mujer. Ahora entenderás muchas cosas. Ahora entenderás por qué te dije que acababa de nacer. Sólo hacía dos lunas que había abierto el despacho y ya tenía mi primer caso. Ahora entenderás lo del teléfono. Sólo me serví de un simple programa informático de un colega policía y lo cloné (aunque sé que es ilega), el tiempo estrictamente necesario para ir recabando información e ir plagando tu despacho, tu sala de espera, tu pasillo, tu cuarto de baño y cada rincón a los que tuve acceso de tu casa, de pequeños micrófonos inalámbricos que me permitieran devolverte tu número y volver a la legalidad. Ahora entenderás por qué podía escucharte pero no verte. Entenderás también por qué me veía con tu mujer, que desesperada pedía más y más pruebas. El por qué de entrar en tu otro despacho, donde sueles enviar el correo y publicar tu blog. Tenía que estar dentro de ese ordenador. Comprenderás por qué te vi en el Van Gogh. No fue coincidencia. Me convertí en tu sombra durante estos meses, al principio de forma continua y después de forma aleatoria. Te seguí a todas partes. Comprenderás que no me parecía ético pagar tus sesiones con el dinero que me daba tu mujer. Espero no haberle salido muy caro; la verdad es que fue fácil. Lo sabía todo sobre ti: dónde tomabas tus copas y dónde desayunabas. Todos hablaban bien de ti. Sabía en cada momento dónde quedabas con Rosa y cuándo os citaríais. Escuché todo y no vi nada, pues, mendrugo, tu amor nunca fue correspondido. Sólo te vi amarla hasta la locura. Sólo te vi convirtiéndome en mi doble; pero, al menos, yo conseguí besarla. Tu, pobre mendrugo, te ibas rompiendo en mil pedazos para nada, para perderlo todo; y he de decirte que me sentí solidario y que intenté por todos los medios disuadir a tu mujer de seguir adelante. Que era hermoso lo que pasaba y que no tendría importancia, que, más temprano que tarde, despertarías de tu embrujo. Que te diera una última oportunidad, pues eres un tío que merece la pena. ¿O no?

En eso me hizo caso. Te dio un ultimátum pero ya no confiaba en ti ni en mí. Como eres cabezón y te gusta llegar hasta el final, tuviste que declararle tu amor a Rosa. Joder, Gerardo, estabas tan ciego que me dabas pena. Quise ir a escondidas a tu despacho y quitar los micrófonos, pero tu mujer, al ver que intentaba defenderte, me despidió pidiéndome como único favor que le dejase el equipo de escucha veinticuatro horas más. Te conoce muy bien, mendrugo. Sabía que llegarías hasta el final. Me había pagado mis honorarios y no pude negarme. Esa última cita, la más deseada, cerraría el dossier y tu vida. Yo tenía que ser fiel a mi cliente. Nos lo enseñan en la facultad. Lo siento, amigo, pero sólo hice mi trabajo. Y ¿sabes? No me ha gustado.

Disculpa, Gerardo; me caías bien. Al menos, Rosa sigue viva. Y sí, Gerardo, es hermosa, muy hermosa. En el dossier sólo falta la conclusión de mi informe, la cual dije viva voz a tu esposa: A Gerardo le hubiera encantado serle fiel a Rosa, pero para eso tendría que haberte sido infiel a ti. Su única infidelidad ha sido estar cercano a los cuarenta. Si es una infidelidad enamorarse como él se ha enamorado, todos deberíamos de ser infieles alguna vez. Pero una relación es de dos; por lo tanto, nunca ha habido relación, sólo una necesidad de enamorarse y rejuvenecer diez años.

Espero que tengas suerte. De corazón. Has perdido a una gran mujer y has despertado de tu dulce sueño a cañonazos. Espero que al menos no me odies. No ha sido un buen trabajo y peor ha sido el resultado.

PD. Se me olvidó comentarte que, por expreso deseo de tu mujer, tu madre ha estado al tanto de todo; mis honorarios eran demasiado altos y para no despertar tus sospechas pidió hacerse cargo de la mitad de mis emolumentos. Tiene una copia de este dossier completo. Perdona, pero … el que paga… manda.

Un abrazo.

Sergio del Olmo Seco.

Detective privado lic. A.O. 2.460.

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2 Marzo 2007

Diario de un mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo 25

Diario de un mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1).

De:

Enviado el:

Para:

Asunto:

Gerardo Contreras Melero

May 8,200612:33:41PM

rscastillejar@hotmail.com

Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)

Cómo puede uno llegar a renacer de sus cenizas, si en su vida ha visto el fuego.

7 de mayo de 2.006.

Supongo que a estas alturas ya no leerás mis correos. Seguramente que éste ni siquiera lo envíe y así me ahorraré el dolor de ver que nadie lo contesta. Pero este capítulo de mi vida es con mucho el más divertido, quizá lo cuelgue en el blog.

Esta mañana he llegado al despacho y he encontrado dos sobres de carta y un paquete en la mesa de mi despacho. Mi curiosidad me hubiera hecho, hace unos años, comenzar por abrir el paquete; pero las cartas no eran del banco ni llevaban logotipo de entidad acreedora alguna. Tampoco llevaban sello ni franqueo gratuito. Sólo mi nombre, sin ni siquiera apellidos. Sin duda, alguien las había puesto en la mesa y, sin duda, ese alguien no podía ser más que mi santa. De hecho, una de las letras era la suya. La otra no.

La verdad es que no había pasado una buena noche. Estuve llorando hasta cerca de las seis de la madrugada y, después, me eché al lado de mi mujer sin querer despertarla y seguí dándole vueltas a nuestra última conversación. Sé que esto se ha acabado antes de comenzar, pero no imaginaba lo que venía después.

No me extrañó que mi mujer se vistiera a las siete y media de la mañana y que se fuera a la calle, pues eran habituales sus reuniones en el Servicio de Atención al Niño y que cogiera el tempranero autobús de los estudiantes, dado su pánico a la conducción por autovía.

Reconozco que el pavor me tuvo paralizado unos minutos, hasta tal punto que decidí ir a la cocina y preparar café. Hice tiempo a que saliera mi droga negra, mientras entraba y salía del despacho mirando los tres bultos. Algo no me daba buenas vibraciones.

Como las cosas importantes me gusta leerlas en el servicio, volqué la cafetera en mi tazón azul de loza y me dirigí al trono con la carta manuscrita por Candi. Bufé un par de veces porque sentía angustia. La abrí. El contenido de la misma merece ser transcrito:

“Hola: Soy Candi. Me voy para siempre con mi madre. No vengas, no llames y no escribas. Nos veremos en el juzgado, si es que tienes huevos para ir. Intentaré desplumarte. He decidido que es lo menos que merezco por aguantarte durante dieciocho años. Riega las plantas y cuida a los perros; y si no, que se mueran. Que todo lo que pienses se te tuerza. Te deseo lo peor. Con amor. Candi.”

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30 Enero 2007

Diario de un mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo 24.

Trastorno de identidad disociativo. Caso 1.14.
La visita más deseada y que nunca tuvo que ocurrir.
Despacho profesional.
Día 6 de mayo de 2.006. A las 14:30 p.m.
- Buenos días.
- Buenos días, Rosa.
- ¿Tengo que esperar mucho?
- No, solo un minuto.
- ¡Ah! Vale, genial.

Un minuto más tarde.

- Pasa, Rosa.
- Qué rapidez. Siempre me haces esperar un rato.
- Pues ya lo ves, hoy puntual.
- Qué ordenada tienes la mesa del despacho. Eso no es normal en ti. ¿Estás bien?
- Sí, muy bien. Siéntate.
- Hoy no me vayas a tumbar en la vaca ¿vale?
- No. Hoy tenemos otras cosas de las que hablar.
- Gracias.
- ¿Cómo estás?
- Supongo que mejor. La cabeza me duele menos, pero ahora me duelen el estómago y las muñecas.
- ¿Comes?
- Sí. ¿Sí?
- No comes.
- No me regañes.
- Yo nunca te regaño.
- Estás histérico. ¿Qué te pasa?
- Nada, nada. ¿Has hecho los ejercicios?
- Um…….. un poquillo.
- O sea,….. no.
- Te prometo que esta semana los hago.
- De acuerdo….
- ¡Uy, qué raro estás hoy! Ni te cabreas.
- Ya no me voy a cabrear nunca más.
- Vale.
- ¿Cómo va todo?
- Bien; en el laboratorio como siempre, ya sabes: la Bego y el Juanma con sus rarezas, el Luismi intentando sobrevivir a su bola, unos pocos trepas y la Anita y yo, a verlas venir. ¡Puf! Gerardo. No me van a dar la post-doctoral.
- Que sí, mujer. Que tú vales mucho.
- Soy una piltrafilla.
- Anda, calla, que te encanta que te regale los oídos. ¿Y el bellezón? ¿Cómo lo lleva?
- Ahora está bien. Ha ligado con un compi de biológicas. Víctor.
- No jodas.
- Sí, pero ya la conoces. Si no la llama se raya; y si la llama, repasa cada palabra de la conversación hasta rayarse.
- Es un punto. ¿Y Roberto?
- Bien, de viaje. Esta semana está por Valencia. El pobre….. trabaja más. Pero ya llega el viernes. No me gusta estar sola. ¿Por qué me preguntas todas estas cosas? Estás tú muy rarito.
- ¿Yo? Hombre, si no me haces los ejercicios y no quieres diván, de algo hay que hablar.
- ¡Ay, peliculero, que te conozco! A ti te pasa algo. Jaja. Me parto; estás nervioso.
- Y tú tienes el histrión por todo lo alto.
- No me digas eso. Yo no soy ninguna histriónica.
- Pues deja de poner la cabeza en la mesa y de echarte hacia atrás en la silla, que uno no es de piedra.
- Uy, perdón.
- Por nada.

(Silencio.)

- No, no fumes. No me hagas respirar sustancias cancerígenas.
- Sólo uno, Rosa; es que es lo único que me calma.
- ¿Pero qué te pasa? Estás muy raro. ¿Vas a ser papá?
- No, Rosa. No es eso. Mírame.
- Te estoy mirando.
- Te quiero.
- Y yo.
- Pero no es eso, Rosa. Es que…… te amo.
- ¿Me amas? Pero ¿por qué? ¿Estás bien?
- Rosa.
- Dime, Gerardo. ¿Estás hablando en serio?
- Sí; nunca he hablado tan en serio.
- Me parece muy fuerte.
- Te lo he dicho hasta por e-mail.
- No lo abro hasta esta tarde.
- Por eso. Quería que lo escucharas de mí antes de leerlo.
- ¿Pero qué te pasa? No te estarás riendo de mí.
- ¿Tengo cara de chiste?
- No; bueno, sí. Pero ¿por qué dices que me amas?
- Supongo que todo empezó como consecuencia de tomarme mi trabajo muy en serio. Creo que desde el primer día que entraste por la puerta me sentí comprometido contigo. Pero también reconozco que desde el primer día el compromiso fue especial.
- ¿Especial por qué? Tu eres así con todo el mundo. Todo el mundo habla bien de ti.
- Especial porque yo también estudié dos años de biología y he sentido el escepticismo hacia la psicología. Tenía que demostrarte que no éramos unos canta-mañanas y que lo nuestro, a parte de una ciencia, también es un arte: el arte de acompañar en el dolor.
- Y tú lo haces muy bien.
- Cada sesión contigo era un reto especial. Una chica joven, inteligente, muy atractiva y escéptica. El que siguieras viniendo cada semana, a pesar de no tener grandes resultados, para mí era todo un orgullo. Tu entrega en cada sesión, una recompensa; tu compañía durante hora y pico, un reto para mi inteligencia y un respiro entre tanta gente seria.
- Pero, Gerardo, es que eres genial. Contigo uno se siente bien.
- Verás, Rosa, así fueron pasando las semanas y así iba aumentando mi compromiso y tu entrega. Ibas entregándome cada semana más y más datos sobre ti, sobre tu cotidianeidad y sobre tu trauma y sus secuelas; y, a cada entrega, el compromiso se iba convirtiendo en complicidad; y la complicidad en camaradería; y la camaradería en atracción.
- Me estás poniendo nerviosa. Me estoy mareando.
- Lo siento, pero ahora no puedo parar. Tus risas invadían ya toda esta enorme habitación y el recuerdo de tus voces eran una sinfonía de emociones. Tus pequeñas conquistas eran para mí la victoria más celebrada y tus grandes retrocesos, las más dolorosas derrotas.
- Pero ¿tanto me quieres?
- Llegaste a confiar tanto que contaste cosas que hasta sonrojan al recordarlas. Celebraste la muerte de tu padre como mi padre la de Franco; y la muerte de tu abuelo, la lloraste tanto….
- Eres mi psicólogo. A ti no te puedo mentir.
- Y cada vez que algo de eso pasaba, siempre te acordabas de Gerardito; para lo bueno y para lo malo. Llamabas por teléfono para reír y para llorar; y cuando te cabreabas porque siempre llego diez minutos tarde, sólo un mensaje que decía: “te espero”.
- Dios, qué fuerte.
- Cada día eras menos una cliente y más Rosa. Me encantaba que vinieras, me encantaba compartir un rato contigo. Me encantaba que mejoraras y me aterraba que no vinieras más algún día.
- ¿Estás hablando en serio? No, por favor, no sigas.
- Nunca he hablado tan en serio. Recuerdo el diez de junio. Esa mañana, de repente y tras llorar un poco, no había pasado nada nuevo; ni mejorías ni retrocesos. Estábamos en vía muerta y no parecía importarnos ni a ti ni a mí. Simplemente charlábamos de otras cosas. Ese día el compromiso se convirtió en amor.
- Pero, Gerardo, pronto hará un año de eso. ¿Por qué no me has dicho nada?
- Desde ese día en que, no sé por qué, imaginé mi vida contigo, no has salido de mí ni un sólo segundo. Sé que no puede ser y que quizá nunca será, pero lo que siento por ti es un amor diferente; es un compromiso vital, pues nació del compromiso.
- Gerardo, calla, por favor, me estoy mareando.
- Por eso sé que estaré contigo, a tu vera, toda la vida; aunque nunca pueda besarte ni tocar el cuerpo que más he deseado en mis largos 38 años. Se que te amaré siempre, porque lo que siento por ti es más que amor: es compromiso, complicidad, camaradería. Es mi religión.
- Dios. Pero ¿tanto me quieres? ¿Por que no me lo has dicho antes?
- ¿Es que no lo sabías?
- No, ni idea. Yo no me merezco que me quiera alguien así y menos alguien como tú. Yo soy ….. . una inútil.
- No digas eso. Te quiero.
- Pero, Gerardo, yo también te quiero………. Pero no así.
- ¿No?. . que estúpido soy. Debería haberlo sabido.
- Es que me pierdo.
- Rosa, no me digas que no te has dado cuenta.
- Cuenta ¿de qué?
- No suelo enviarle mi vida cotidiana a la gente por correo.
- Al principio pensé que era sólo algo para que no me sintiera sola y mal. Para alegrarme el día. Y era genial, siempre consigues que me sienta bien. Me gustaba más que los días de lluvia.
- Rosa, si a cada persona que viene a mi casa sintiéndose mal le escribiera algo, ¿no te parece que sería columnista en el País? Además, he encargado una borrasca para que se sitúe cada tarde sobre tu ventana y te moje la cara, sólo porque sé que te gusta.
- ¿Ves como eres un loco peliculero? Me encantan tus locuras. Haces que parezcan creíbles. Bueno, pero después dejaste que lo leyera el bellezón y otros amigos tuyos. Hasta abriste blog en la coctelera.
- Sí; pero sabes que estaba escrito para ti. ¿Y los cafés en Van-Gogh? ¿Y el abrazo?
- Gerardo, yo suelo tomar café con mis amigos y tú eres, además de mi psicólogo, uno de mis mejores amigos. No dirás que aquí sólo hablamos de psicología.
- ¡Ah! Pero… y ¿el abrazo?
- Creí que formaba parte de la terapia. Siempre lo he visto en la tele; eso de absorber el dolor del paciente, de quedarse con parte de su trauma.
- Rosa, nunca he abrazado a un paciente femenino de 25 años. No sé, se puede mal interpretar.
- Pero pensaba que era tu trabajo. Pensaba que sentías pena y asco de abrazar a alguien como yo, pero que era tu trabajo. Me hiciste sentir menos repugnante.
- Me sentí el hombre más afortunado del mundo entre tus brazos.
- Gerardo, no digas eso.
- Es la verdad. Quiero vivir a tu lado.
- Gerardo. Pero si yo estoy bien con Roberto.
- Entonces…… ¿no me amas?
- No, lo siento. De verdad. Te quiero mucho; pero amo a Roberto. De hecho, iba a decirte que nos casamos el año que viene, en septiembre.
- Ah, qué bien.
- Perdona, Gerardo, te hago daño ¿verdad?
- No, qué va, si me sé tu vida sexual completa.
- Pero eso, te hace daño.
- No. Simplemente me hace sentir un mendrugo. En fin. Soy gilipollas al pensar que alguien como tú podría amarme.
- Soy yo la que no me puedo creer que alguien como tú me ame.
- Anda, vete.
- Noooo. No quiero que te quedes así. No estás bien.
- No te preocupes. A mí se me pasa en seguida.
- Pero….. te pierdo.
- No, Rosa; no me pierdes. Te repito que este amor, aunque sólo vaya en una dirección, es lo más grande que he sentido.
- ¿Volveré a verte?
- Claro, cuando quieras. Solo tienes que llamar.
- ¿Estás bien?
- Sí, Rosa, viviré con la esperanza de que Roberto muera un año antes que yo.
- Eres genial.
- Anda, vete.
- Adiós.
- Adiós. Dale un abrazo a Roberto de mi parte y la enhorabuena.

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29 Enero 2007

Diario de un Mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo 23

Diario de un mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1)

De: Gerardo Contreras Melero
Enviado el: May 5, 2006 23:55:50 PM
Para:rscastillejar@hotmail.com
Asunto:Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)

De por qué soy tan tímido y a veces hasta me sonrojo. Porque todo tiene un principio y un final; aunque no siempre una finalidad.
5 de mayo de 2.006.

Me sentía feliz. Dos años después de abandonar mi misoginia, hasta volvía a tener novia. ¡Y qué novia! Era una muñeca y tenía un cuerpazo que colmaba todas mis fantasías sexuales desde mi infancia a mi adolescencia aún inconclusa. Además, estaba dispuesta a todo conmigo; hasta el final estaríamos juntos. Era verano cuando comenzamos a salir y como todos los veranos, en julio yo me ponía a currar de camarero; no para costearme los estudios, que me salían de gorra por ser hijo de la Melero, funcionaria del M.E.C., sino para costearme las juergas hasta navidad y correrme las bacanales veraniegas de gañote.

Todo iba bien; me sentía importante, guapo, fuerte, tiposo, venerado….. Lo tenía todo. Estudiaba lo que me gustaba, mis amigos eran los mejores del mundo, tenía a la mejor chica a la que un hombre pudiera aspirar (le gustaría hasta a mi maddrre), había aprobado todo brillantemente y comenzaba el verano y sus aventuras con Juande, Pedro, el Negro, Marta, Irene, Elo y sus peíllos, y Luis Fe y su trastorno psicótico encantador. Nada podía joder el subidón de autoestima y de seguridad en mí mismo. El deporte, los amigos, las juergas, todo se podía llevar adelante y todo lo llevaba de dulce, menos mis relaciones paternas; pero a eso ya me había acostumbrado.

El Pantano del Cubillas era mi epicentro veraniego y las madrugadas bajo la luna y entre tertulias, risas y litronas con mis amigos al final del trabajo, era el momento más esperado del día, después de charlar con “mi chica”. Todo estaba bien, bien, muy bien, demasiado bien para no ser jodido.

Mi amada volvía el siete de septiembre para examinarse de estadística y biología. Llegaría de mañana y yo iría a recogerla a la facultad para iniciar realmente nuestra relación, pues no habíamos disfrutado de ella, salvo aquella semana en el camping; y siempre escoltado por la Placi y su hermana. Teníamos tantos planes……..

Era el día seis de septiembre y yo no había cobrado mi salario de agosto, así que volví al Pantano a buscar al “calvo” para que me pagara. Mi familia y yo nos habíamos ido a Granada nada más acabar el mes e agosto, pues alguno de mis postizos tenía que hacer uso de la convocatoria de septiembre. Cogí mi autobús en San Juan de Dios y llegué al restaurante, por cuarto día consecutivo, a ver si “el calvo” se dignaba en pagar. Por supuesto, “el calvo” me dijo que esperara, que luego me traía el dinero. Otra vez me hacía ir para nada. Aproveché la jornada echándole una mano en el bar; total, no tenía otra cosa que hacer. Pasó la mañana y comenzó a caer la tarde; la última guagua la había perdido y “el calvo” sin aparecer. Tenía dos problemas: Mi pasta, necesaria para hacerle a Candi un regalo de bienvenida, y el transporte. Tenía que volver a Granada y no sabía cómo. Como lo primero volví a verlo jodido, me entregué a lo segundo. Pregunté a todo el mundo conocido y por conocer, pero nadie iba a capital city. Al final caí en Fali, el administrador, que solía terminar tarde y pirarse a la urbe para consumir un par de gintonic y pegarse algún despiste con el hachís.

Era un tipo genial, lo más parecido a Antonio Flores en lo físico y en lo personal. Se lo pedí y en seguida me dijo que sí (¡puta mierda!). El salía del curro sobre las nueve y yo lo esperaría en el bar de abajo. En el Pantano hay tres bares: el Mesón, donde curraba yo; “el de abajo”, regentado ese año por Javi y Cuqui y “el Kiosco”, bar de copas nocturno al aire libre. Recuerdo ahora ese día como no lo había hecho antes. Estuve toda la tarde en la cocina aprendiendo a hacer la masa de las pizzas y la salsa de tomate, charlando con Javi y su mujer sobre mi carrera y mi novia. Fali llegó sobre las nueve y diez y venía solo. Pidió su ginebra y le pregunté si nos íbamos. Me dijo que esperara un momento, que había quedado con alguien.

Yo no tenía mucha prisa; no había cobrado y había perdido la esperanza de hacerlo y, total, me estaba poniendo a gusto de ron con limón y de pizza napolitana. A veces me asomaba a la barra y Fali seguía solo. Volví a las pizzas y a reírme con las cocineras. En uno de mis asomos para fisgonear a Fali, lo vi charlando con una mujer. Era su ex novia Carmina. Charlaban de forma un poco airada y no entendía qué pasaba. Solo sé que pidió su segunda copa y yo le advertí que tenía que conducir. Me miró con la mirada de “que te den por culo, cabrón” y empecé a pensar seriamente en quedarme a dormir, pero dónde. De repente carambola a tres bandas. Apareció en la cocina “el calvo” con mi sobre lleno de pasta, Carmina se marchó y Fali entró en la cocina, nervioso, y me dijo: “Nos vamos”. Por su puesto que nos vamos. Nos metimos en su blanco Mini-Morris. Me dijo que quería emborracharse y yo le dije que “vale”. Que nos emborracharíamos en Granada si quería. Que por pelas no había problema. Comenzó a llorar y le pregunté el motivo.

- Esta vida es una puta mierda, Gerardo.
- ¿Por qué, Fali? ¿Qué ha pasado?
- Hoy solo quiero coger todas las curvas a 140.
- Fali, ¿qué te pasa?
- ¿La has visto?
- Sí, ¡qué guapa es!
- Es la única mujer a la que puedo amar, Gerardo.
- Lo entiendo. ¿Por qué lo dejasteis?
- Siempre he sido poco para ella, o para el cabrón de su padre.
- Pero, ¿la quieres?
- Con toda mi alma. ¡Estoy hasta la polla!
- ¿Ella no te quiere?
- ¿Sabes a qué ha venido?
- No, la verdad es que me ha extrañado veros juntos, sabiendo lo vuestro.
- Ha venido a decirme que se casa la semana que viene con el pijo político ese, que tan bien le cae al gordo de su padre.
- ¡Joder, qué putada!
- ¡Me quiero morir, tío!
- Venga, Fali. Si quieres….. nos quedamos.
- No, quiero conducir. Quiero sentir las curvas a 140.
- Joder, tío; lo siento. Ella se lo pierde.
- No, tío, me lo pierdo yo. Y me lo pierdo para siempre.
- ¿Qué puedo hacer por ti?
- Ve liándote un canuto.
- Vale. ¿Tienes papel?
- Sí, toma. Busca música en la radio y dale caña.

Fali y yo salimos a las once de la noche del Pantano del Cubillas y él nunca regresó. Cogió la primera curva a 140 kilómetros por hora y reventamos su Mini Morris contra la valla protectora de la presa del Pantano. Su cuerpo inerte salió por mi ventanilla, según el forense, fracturándome en tres mi húmero izquierdo, siete costillas, el astrágalo de mi tobillo y esguinzando mi cuerpo en sesenta y nueve lugares diferentes; además de provocarme una lesión del sistema límbico, que impide que ingiera alcohol destilado, si no quiero que mi comportamiento se desinhiba. Sólo recuerdo del golpe que la última palabra que escuche fue: “agárrate, tío, que nos matamos”; y que la última imagen que recuerdo fue la cara de Candi diciéndome: “te quiero”. A las once y media de la noche un camión se atravesó en la carretera y yo recobré el conocimiento. Comencé a llamar a Fali por todos los sitios, sin sentir el más mínimo dolor. No estaba en el coche y no estaba en la carretera. El camionero corría hacia mí intentando detenerme y yo, más fuerte, gritaba su nombre. Instintivamente me asomé a la presa, que no tenía ni una gota de agua, y allí lo vi reventado. Me quise tirar por él, pero me cogió el camionero. En ese momento noté que no podía respirar, pues una costilla pinchaba mi pulmón. El camionero sin nombre detuvo un golf negro y obligó a los dos chavales a que me llevaran a Trauma. Allí me sedaron y cinco minutos después apareció mi familia, mientras yo lloraba la puta mierda de vida. Me drogaron los médicos y me metieron en una habitación, al lado de un hombre mayor, que también falleció aquella noche. Así empecé mi noviazgo con Candi. Politraumatizado, con un cadáver en mi conciencia y en la página de sucesos de la mañana.

Me avergüenzo al permitir y potenciar tu disfrute en otros brazos, me avergüenzo por darte pautas para tu felicidad sin mí. Me sonrojo cuando me quedo en el banquillo mirando como los demás juegan al juego que mejor juego y que más me gusta.

Tras aquello, dos años de médicos, de operaciones, de rehabilitaciones, de juzgados y forenses, de compañías de seguros y de visionado de fotos, cada quince días en Plaza Nueva, de Fali, muerto en la presa. Dos años para reinventar una vida sin deporte, para tirarme al fango y a los “placeres” de la noche granadina, dos años de borracheras con Paco Potas y de porros con el primero que tuviera cien duros de costo. Dos años para ver un cuerpo atlético convertirse en el tipo pícnico que soy ahora; dos años para envejecer a disgustos a mi maddrre, que esperaba cada noche la llegada de su “sin rumbo”. Dos años tardó mi padre en entrar a mi habitación a las dos de la tarde, un martes. Supongo que intentaba recuperarme de la resaca del lunes cuando hizo su aparición. Como en los momentos importantes, fue breve pero contundente: “Mira, Gerardo: Tengo siete hijos y de ellos tú eres el más inteligente. Entiendo que estés hecho polvo por todo esto, pero tus hermanos y nosotros estamos también sufriendo. No sé cómo lo vas a hacer, pero estoy seguro que encontrarás la manera de terminar con ésto”. Cerró la puerta y se fue. Me hubiera encantado que me hubiese abrazado o que me hubiese dicho “te quiero”; pero eso es pedir peras al olmo; así que me abracé a mi almohada y lloré solo. Supongo que ese día aprendí a apretar los dientes. Decidí terminar la carrera y nunca más bebí ron con limón ni fumé un canuto. Supongo que era la primera vez que mi padre, de manera velada, depositaba su confianza en mí y no podía fallarle. Nunca lo he vuelto a hacer, creo.

Tras la carrera, preparación de oposiciones y el Sr. Chaves que las congela de forma indefinida (cinco años). Así que a buscar trabajo y a encontrarme sin curro. Decidí abrir mi propia consulta, en contra de la voluntad paterna y materna. A partir de allí inicio de mi trastorno paranoide. Si venían clientes, miedo al fracaso y si no, “complot internacional contra mí”. Después me casé por amor y mi vida seguía marcada por mi paranoia profesional. Temporadas de subidón, temporadas de “no valgo para nada”. Formamos nuestro grupo inversor y me hipotequé para los siguientes quince años. Brote paranoide fuerte. No podré pagar la hipoteca. Poco a poco me fui haciendo popular en el pueblo. Lo sé porque de mí se rumoreaba de todo. Que si era maricón, que si me tiraba a mis clientas, que si me había separado de mi mujer, que si estaba ganando un pastón que te cagas, que si me había comprado una finca en Alhama, que si estaba en la ruina, que si no guardaba el secreto profesional, que si era un profesional como la copa de un pino…., etc. Pero la caja sonaba y el negocio prosperaba. Que hablasen lo que les saliese del alma, aunque fuera mal. Aunque cada vez que hablaban mal, paranoia al canto, depre al canto y búsqueda de salidas a ningún problema. Los hijos ni venían de París ni se buscaban entre las sábanas y “mi chica” empezaba a sospechar de todo y yo a justificar la nada. Así hasta el año 2.002.

Era más o menos por mayo cuando uno de mis conocidos en el pueblo me ofreció la posibilidad de forma parte de la directiva del club de fútbol local. Según él, sólo tenía que enviar un fax a la Federación, otro a la guardia civil los días de partido y otro al equipo contrario cuando jugáramos en casa. A cambio, recorreríamos mi esposa y yo, por la cara, los más hermosos pueblos de cuatro provincias andaluzas: Jaén, Almería, Málaga y Granada, subidos con el equipo entre cantos y algarabía, en el bus oficial. ¿Quién podía negarse? Además, este pueblo me había dado tanto que de alguna manera debía de agradecérselo; y qué mejor manera que participando en algún club o asociación de forma “altruista”. Mi esposa estaba encantada. Por fin tendría la cabeza ocupada en otras cosas que no fueran mis paranoias.

El altruismo me salió por cerca de los cinco millones de las antiguas durante los tres años de directiva. El primero fui secretario y hasta cambié la imagen corporativa del equipo (craso error, pues me hice demasiado visible y populoso). Como el presi se había fugado con presuntamente cuarenta kilos de la empresa en la que trabajaba, toda la directiva se fue arrojando de la patera a la deriva. Todos menos mi amigo Jesús y el menda. El segundo ya hacía funciones de secretario y tesorero, jugándome mi propio tesoro. Y para postre, el tercero fui secretario, tesorero, presidente, utillero, delegado, recogepelotas, encargado de megafonía, jefe de prensa, taquillero, pagador de cenas de hermandad, colgador de vallas publicitarias, hacedor de bocadillos y hasta tuve que dirigir un día a los cadetes; ¡ah! y permití que un mago simulara mi decapitación en el círculo central para mofa y diversión de los allí presentes. Alguno gritó: “¡Córtasela de verdad!” Por supuesto, no visité con mi señora pueblo maravilloso alguno; más bien no la vi, salvo llorar de soledad y de impotencia, en esos tres años. Y si fuera poco, volviendo de un partido, me volvía fracturar, ahora, mi tobillo derecho (tibia, peroné, maleolo y también los ligamentos, que algún día de aquellos me operaré). Mi cabeza, es verdad, se quedó despejada, más calva que el culo de un bebé; mi vida familiar quedó reducida a la nada y mal atendía a mi consulta profesional, entre acreedor y mercenario de esto del fútbol. Y, por supuesto, encima, criticadísimo. En fin, todo un acierto lo mío.
Estaba en lo más profundo del retrete en lo personal, profesional, económico, emocional, social, familiar y hasta deportivo. El equipo se salvó, pues, en el último minuto, alguien del Mancha Real C.F. (o ellos o nosotros bajábamos de categoría) tiró al póster, que si no, hasta me tendría que haber pirado del pueblo con más pena que gloria, con cinco kilos menos y diez arrobas cerveceras más. Como comprenderás, amada mía, lo mío iba de lo más cuesta arriba.

Me avergüenzo de no tirarme al tren cuando pasaba tantas noches tan cerca. Me avergüenzo de haber abandonado todo aquello que siempre consideré sagrado e importante. Me sonrojo cuando veo tanto daño y tanto fracaso.

Bien, pues ya por fin se acaba la historia de la timidez. La acabaste tú al preguntarme por mi timidez. Como comprenderás, mis valores cotizaban en bolsa a la baja, cada día más vivía por inercia y por pagar los préstamos, fuese al precio que fuese. Cada mañana me avergonzaba hasta de salir a la calle y los días se hacían demasiado largos y duros. El fútbol acabó el 31 de mayo y de nuevo a empezar de menos cinco millones y con mil críticas y cien mil reproches más. No iba a aguantarlo. Y cuando ya no te apetece ni quitar los pocos pelos que se te caen en la bañera, cuando crees que ya no se puede acumular más desorden en tu mesa de despacho y en tu vida, cuando nunca encuentras la hora para volver a casa y echarte a la cara a la mujer que has destrozado por tu “mala cabeza”, cuando realmente estás a punto de mandarlo todo al carajo y no quieres buscar rincones en el mundo donde ser feliz, el diez de junio, se obró el milagro.

No tengo ni puta idea de los días que habías estado en consulta. Recuerdo que siempre me fuiste simpática y que nunca realizabas las tareas entre sesiones. Recuerdo que hablabas de tus problemas como el que cuenta un espectáculo de Brodway. Recuerdo que siempre intentabas atrasar la cita y que hablábamos de mil cosas que no eran importantes y recuerdo que pagabas religiosamente las visitas. No te importaba esperar media hora o hasta más si llegaba tarde; y era divertido estar frente a ti, porque sólo estabas, nada más y nada menos.

Pero ese día me fijé en algo que nunca había observado. Yo andaba seguramente buscando, mientras me contabas tus cosas de laboratorio, forma de desaparecer de este puto mundo. Sin saber por qué de repente agachaste la cabeza. Te quedaste en silencio con tu melena sobre el rostro. Hasta ese día nunca había aguantado los silencios y menos en mi consulta. Tenía normalmente que romper los silencios con alguna pregunta inteligente aunque innecesaria y te juro que estaba tan hasta los huevos que ni me ocupé de ello. Tan sólo me quedé en silencio, mirándote, esperando que fueses tú la que hablases. Fue el primer silencio que me dio igual y la antesala de nuestros amados y sentidos silencios, de esos silencios nuestros que tanto gritan.

Pasaron unos segundos y mi cabeza estaba en blanco, a la espera; no había nada sucio en ella por primera vez en años. Levantaste la cabeza, me miraste llorando y me rompí por dentro y por fuera. Solo dijiste: “soy un desastre. Esto ¿se me va a quitar alguna vez?”. Me mirabas necesitando mi ayuda, suplicando que no te dejase sola, que no sabías salir de esto por ti misma. Yo me juré ese día no dejarte nunca más. Nunca hasta ese día me había fijado en que tus ojos eran verdes, nunca hasta ese día había observado que tu boca era perfecta; nunca hasta ese día me había dado cuenta de que tus hombros eran tan fuertes y tus caderas tan estrechas. Nunca, hasta esa mañana, me había dado cuenta de que realmente sufrías cada vez que retorcías tu cuerpo. Nunca, hasta ese día, había escuchado una voz tan tierna pidiendo mi ayuda.

Ese día, Rosa, me di cuenta de que te amaba y empecé a gustarme para gustarte a ti. Nunca te dije nada, pero te convertiste en mi filosofía de vida, en mi razón para seguir viviendo. Volví a mi trabajo como si fuese el primer día que ejercía; me olvidé de los préstamos y embargué hasta el último de mis esfuerzos para que te pusieras bien; hasta comencé este diario para ti y hasta abrí mi propio blog para compartir mis sentimientos con el mundo. Hoy tengo que lanzarme a por todas, todo a mi alrededor se ha vuelto demasiado complicado y mi apuesta tienes que ser tú. Como sé que mañana tenemos cita y que no leerás este correo hasta que llegues por la noche, voy a atreverme a enviártelo, con la seguridad de que mañana hablaremos de lo nuestro seriamente.

Por fin, joder, acabó mi timidez. Espero que para siempre. Hasta mañana, mi amor.

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26 Enero 2007

Diario de un mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de identidad disociativo. Caso 1). Capítulo 22

Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1.13.
Visita no deseada. Despacho profesional.
Día 5 de mayo de 2.006. A las 14:30 p.m.

- ¿Quién coño puede ser ahora? Joder, estoy muerto de hambre. Ya no respetan ni el potaje. ¡Candi!
- Sí, soy yo, Gerardo. ¿Te sorprende?
- La verdad es que un poco sí. ¿Por qué no has utilizado tus llaves?
- No sé si debo, o si quiero, no se nada y eso me confunde.
- No te entiendo. ¿Qué me quieres decir?
- Que tenemos que hablar ¿no crees?
- Si tú lo dices…… Pero este no es el lugar ni tampoco el momento.
- Yo creo que sí. Voy a ser clara, voy a ir directamente al grano sin dar vueltas ni rodeos. La línea recta es el camino más rápido para llegar a un retorcido como tú ¿verdad?
- Sí, pero….
- Pero nada, ya estoy un poca cansada de esta situación; me está haciendo daño verte así, la poca comunicación, el nombre de Rosa entre sueños con cara de satisfacción, de orgasmo. Creo que me merezco una explicación de todo ello, incluso te has quitado la barba con la que llevas más años que conmigo. No puedo más, esta situación me está destrozando. Me superan los personajes. ¿Es que no me ves como estoy? ¿Ya no te interesas por mí?
- No digas eso, mujer, claro que me importas; sabes que eres una de las personas más importantes de mi vida. ¿Acaso lo dudas?
- Eres un cínico. ¿No te da vergüenza?
- Por definición los cínicos mentimos con desvergüenza.
- Hijo de puta.
- Ya vale, ¿no?
- No, no vale. ¿Crees que soy idiota? Llevo once meses detrás de ti y no te has dado ni puta cuenta; y llevo cinco meses hurgando en tu engaño y no te has coscado de nada. Eres gilipollas, el más grande de los gilipollas.
- ¿De qué coño estás hablando ahora?
- De lo patético que eres.
- Gracias, amada esposa; veo lo mucho que me admiras, que me amas, que infundo en ti aún sentimientos vehementes.
- ¿Vehementes? Me das pena, me dueles, me produces tristeza. Antes me divertía contigo. Supongo que al igual que la tipa esa.
- Un respeto a “la tipa esa” ¿vale?
- Un respeto. ¿También le has dicho que será la madre de tus hijos?
- No, no le gustan los niños. ¿Qué es eso de que llevas once meses detrás de mí?
- Desde el mes de junio del año pasado; yo no hablo de lunas y de atardeceres como tú y tu amigo.
- ¿Mi amigo? Me parece que has intimado tú más con él que él conmigo.
- Ese es otro incompetente. Ya no me fío de nada ni de nadie. Eres un embaucador del copón. Supongo que él también ha sucumbido a tu verborrea. He decidido descubrirlo todo por mi cuenta.
- Descubrir ¿el qué?
- Los cuernos que me estás poniendo desde hace un año.
- ¿De qué coño estás hablando de hace un año? Pensaba que el Sergio ese y tú estabais liados. Pero la verdad es que me da igual. Eres mayorcita para hacer lo que quieras. Ojos que no ven…….
- Yo, hasta hoy, no te he sido infiel en los dieciocho años que llevamos juntos. Aunque a partir de ahora me voy plantear la vida de otra forma. Me voy a dar un baño de hombres o de lo que me de la gana.
- Haz lo que creas que debas hacer.
- Eso te gustaría, para tener la vía libre. No. Yo sé esperar. No me conoces, Gerardo.
- Mira, no sé de qué vas, pero, claro, para variar hay que joder el almuerzo de los viernes.
- No te preocupes, que ya no te joderé ni uno más. No me vuelvas a amenazar. Me haces gracia. Ya no te funcionan tus amenazas. Ahora mando yo. Todo lo sé yo y pronto lo sabrán las personas que han de saberlo.
- ¿El qué sabes?
- Sé que te llevas acostando con Rosa, aquí mismo, en la consulta, un año.
- Jaja. Eso sí ha tenido gracia.
- Mira, lo sé todo, hasta el perfume que usa. Por cierto, un poco hortera y demasiado fuerte. ¿Tan mal huele para tener que enmascarar su sudor en ese perfume cateto y barato?
- Jajaja.
- Sí, ríete, pero el Eu de Roschas está más pasado de moda que José Luís Perales. Sólo lo usan las pestosas que no se lavan.
- Me parto, Candi; sigue.
- ¿Sí? Tengo más datos. Te seguí hasta Granada el otro día, cuando quedasteis para almorzar.
- ¿Tú? Pero si te acojona conducir.
- Me llevó una amiga.
- Ya. ¿Y donde nos vistes? ¿Dónde comimos?
- En Alexis Viernes. ¿Te digo el menú?
- Sí, por favor. Puede ser divertido.
- Comisteis una enorme ensalada española. A ti no te gusta, pero, por hacerte el sano, la pediste. Ella realmente la necesita. Está tremenda y no va a entrar en el bikini.
- Sigue. Vas bien. ¿Y de segundo?
- ¿De qué coño te ríes?
- De que odia la ensalada.
- Pues se la hincó entera y después berenjenas fritas con miel. Patético. Nunca has soportado la miel. Te he preparado cien veces leche con miel para tus putos subidones de anginas y siempre la has despreciado. Ese día te la devorabas como si fuese solomillo de ternera. Después os fuisteis de teterías. Ya no tienes edad, hijo. Te sobra edad para tirarte por los suelos a tomar te. Que, además, te sienta fatal. Pero, claro, después viniste diciendo que te dolía la espalda, que tenías ardores y que la reunión con la trabajadora social había sido un coñazo. Yo hice que me lo tragaba. Imbécil.
- Eres genial, Candi. Ha sido un buen intento.
- Mira, maricón. Esto no se ha acabado todavía. Esto no ha hecho más que empezar. Te odio con toda mi alma. Pero quiero que sepas una cosa.
- ¿El qué?
- Que me voy a vengar. Te voy a devolver todo el dolor que he sentido durante este año, corregido y aumentado. Va a ser como a ti te gusta, con violencia, sin pasión, fríamente; va a ser realmente bueno.
- Se te va la olla.
- ¿A mí? A mí no, cielo. A ti se te va a ir la cabeza. Te lo juro. Vas a sufrir tanto que no pararé aunque supliques ¡basta! Toda mi vida a sido perder a quien quería y verme despreciada por quien he amado. Lo he pasado muy mal en esta vida, salvo algunos años contigo en que pensé que la vida podría ser otra cosa. Eres un cabrón embustero y lo vas a pagar. Vas a pagar todo el daño que he sufrido. Mi dolor será como un pellizco comparado con como voy a fracturar cada resquicio de la poca vida que te va a quedar. Suplicarás morir. Querrás morirte cada mañana. Maldecirás no tener cojones para quitarte la vida. Porque lo tuyo no será vida, será una lenta agonía, muy lenta y muy dolorosa.
- ¿Sí? Y, ¿cómo lo harás?
- Conociéndote como te conozco, no pienso decírtelo. Eres un puto paranoico y me pienso basar en ello. Nunca sabrás ni cuándo, ni dónde, ni de qué manera lo haré, pero mi odio te perseguirá; sentirás su aliento detrás de la nuca. Cada vez que dobles una esquina, ahí puede estar mi venganza, ese puede ser tu final. Cada llamada de teléfono puede significar tu muerte en vida. Seré tu pesadilla, sentirás que rastreo tu sangre. Siempre sabrás que puede ser tu último segundo de gloria y cada día tú sólo te iras autodestruyendo. No voy a dejarte hasta verte hundido en el puto fango, donde te mereces estar. No hay lugar en el mundo donde puedas escapar de mi venganza. Te lo juro. Vas a desear no haber nacido.
- Estoy preparado.
- ¿Sí? ¿También estás preparado para la otra parte?
- No se vayan todavía. Aun hay más.
- Ríete, irónico hijo de puta. Quien ríe el último……
- Pero ¿de qué cojones está hablando?
- Mi venganza no va a descansar en ti.
- Eso me alivia.
- ¿Seguro? Mira, tú tienes bien merecido mi desprecio y el dolor que te guarda tu destino, pero que sepas que ella también lo va a pagar bien caro.
- No te pases, o no respondo.
- ¡Ah! Lo siento, hija, no haberte metido donde no te llaman. Las putas como ella deben de acabar donde se merecen y allí será donde la llevará mi venganza. Ella tampoco tiene ovarios para quitarse la vida. Será divertido enviarle recaditos. Su vida acaba de terminar en este mismo instante; su carrera profesional muerta como la mía. Su vida sentimental rota como la mía, su vida familiar destrozada como la mía, su vida social destruida como la mía, y su corazón y su existencia un purgatorio. ¿Cuántos amaneceres lamentará haber nacido? Jaja. Va a ser genial. Díselo de mi parte.
- Candi, te suplico que pares.
- En esta ocasión no hay posibilidad de marcha atrás, Gerardo. No puedo olvidar ni rehacer mi vida. Hombres, qué asco. Es imposible renacer. Cuando se ha amado tanto como yo te he amado, es imposible olvidar y retomar la vida. Sólo queda vengarme. De ti y de ésa; no porque me importe una mierda la zorra, porque me importa un cipote, sino porque a lo mejor hasta te importa a ti; y todo lo que es importante para ti, lo voy a destruir. A mí ya no me importa nada, pienso perder los papeles porque sin ti la vida para mí no tiene importancia ni sentido.
- Por favor, para.
- No. Ahora dedicaré toda mi miserable existencia a desmontarlo todo. Diré tantas cosas de ti, falsas y ciertas, que no podrás soportarlo. Todo el mundo pensará de ti que tu vida ha sido una mentira. Dejarás de ser auténtico porque eres un puto falso. ¡Échale huevos!
- Vale. Tú ganas. ¿Qué quieres que haga?
- ¿Tú me amas?
- Yo… te quiero.
- No te he preguntado eso. ¿Me amas?
- Te quiero. Lo siento.
- No digas que lo sientes; eso no vale. Tú lo has permitido. Duele ¿sabes? Te has enamorado de otra persona. Yo ya no puedo ser tu mujer y no te quiero como marido. Pero voy a destruiros a los dos.
- La dejaré si quieres, pero no le hagas daño. A ella no.
- De acuerdo. Mira, lo haré por los dieciocho años. Llámala. Cítala. No quiero volver a ver su nombre en la agenda. Lárgala de tu vida, pero mañana mismo. Y empieza a reconquistarme. Vuelve a ser el marqués que fuiste. Pero ya. Y, aún así, no pienso garantizarte nada.
- De acuerdo. Así lo haré; pero júrame que no le harás daño. Ella no tiene la culpa.
- Veo que la quieres de verdad. Como un día me quisiste a mí.
- No lo sabes bien. Si lo supieras no actuarías así.
- Hijo mío, en el amor y en la guerra vale todo; y ésta es la guerra del amor; así que vale todo por duplicado.
- De acuerdo.
- Te espero en casa. No falles… nunca más.

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Sobre mí

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Gustavo Cabrera Coronas, de padre Médico – Militar y madre Doctora en Filosofía y Letras. Nace en Melilla en 1.967, siendo el tercero de siete hermanos. Inicia sus estudios en los Hermanos Maristas de Granada pasando, posteriormente, a la Facultad de Psicología, terminando en 1.992 y donde conoce a la que es su pilar más inquebrantable: MARIBEL. Recuerda desde los cinco años sus paradas en el “TAXI” y en el “QUINTANA” – bares de su LOJA – para que su hermana MARTA evacuara, mientras la familia daba cuenta de los tejeringos y el café; de ahí que en 1.995 se estableciese en esta localidad y pusiese su clínica especializada en Psicología Clínica e Infantil junto a su esposa. Para Gustavo es esta su primera andadura literaria; no así para el resto de la familia donde destaca el menor de los hermanos, ALVARO, el cual ya ha recibido relevantes premios literarios. Esperamos que él le ande a la zaga y que les guste este relato. JMFCR
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