El licenciado Macia lo despertó a las ocho y dos minutos. Vértigo estaba tirado en el suelo sobre una manta de viaje con dibujos de canarios, usando su chaqueta doblada de almohada y con los zapatos desabrochados, para que sus hinchados tobillos, mil veces pateados durante su época futbolera, pudiesen dejar fluir la sangre hacia las zonas más distales y doloridas de sus pies. La cría de canarios era su afición desde que un empresario del libro le regaló una pareja para probara el arte de la canaricultura. El licenciado Macía le reprochó su conducta y Vértigo volvió a dar la excusa de cada jueves al amanecer. Vértigo era un hombre voluntarioso pero tremendamente ineficaz. De hecho lo tenían en el bufete por una recomendación paterna; no por haber superado prueba de selección alguna. El licenciado Macía y Don Sebastián, padre de Vértigo, se conocieron en la academia militar, donde ambos consiguieron prestigio y dinero, uno en la medicina militar y el otro en la abogacía castrense. Vertigo era el últmo de los hijos varones de D. Sebastián y siempre había sido un tanto atrasado en su razonamiento y en sus costumbres- De hecho no consiguió terminar el bachiller a pesar de que su madre lo envió a los mejores internados en verano y a los más respetados centros en invierno. Vértigo rondaba los cuarenta y su máximo logro social fue conseguir que le alquilasen una vivienda de cincuenta metros cuadrados que comprartía con su esposa, Naaira. Su vida era simple pero funcional. No tenía deudas ni enemigos, no tenía ahorros ni amigos, no tenía patrimonio ni familia. Sólo estaba él, Naaira y su amor Valquiria. Su rutina era enloquecedora y desesperante, rallaba la compulsión, mejor dicho, la lentitud compulsiva. A las siete de la mañana sonaba su despertador de gallina conseguido en la última tómbola de las fiestas de su pueblo; sólo jugaba dos boletos en la misma caseta al año y todos los años solía llevare un souvenir, que colocaba y primorosamente cuidaba en la repisa del salón de su casa. Un año fue un encendedor imitando a cobre con la figura de un águila, otro año una careta de un indio en cartón piedra, otro un almanaque chino de esterilla, un cenicero con un rafta fumándose un enorme canuto, un portarretratos en forma de manzana; en fin, mil reliquias que Naaira odiaba, pero que con gran amor desempolvaba cada mañana mientras besaba la foto de sus padres que presidía el televisor de 25 pulgadas.
Apenas si tenía amistades aunque era un hombre conocido en el barrio, precisamente por lo extraño de su indumentaria y su castizo estilo de vida. Parecía que se había quedado en los cincuenta. Su vida era en blanco y negro o casi mejor, en negro y blanco.
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Las cinco de la madrugada. Como cada miércoles Vértigo se dirigía desde La Esperanza a Loja, hacia el despacho de abogados, donde trabaja como contable, con el único fin de serle infiel a su mujer con la excusa de poner al día las cuentas y facturas de la recaudación semanal. Recorrió los cuatro kilómetros que separan su vivienda de la oficina, tras retirar la escarcha de la luna delantera de su corroído utilitario. Aparcó en la avenida vacía y subió los dos pisos que le separan de Valquiria. Como cada miércoles, a la hora convenida encendió el ordenador y un cigarrillo; accedió a la cuenta de Internet. Valquiria estaría sentada en el salón de su casa esperando impaciente su “hola amor mío”.
Volvió a intentar conectarse tras el consabido error en el nombre de usuario y contraseña. De nuevo el mensaje de error. Cuidadosamente, sin apartar la mirada del teclado pulsó una a una las letras que le distanciaban de su pecado. Tampoco. Comenzó a invadirle una opresión en el pecho y su respiración comenzó a ser jadeante. ¿Qué coño estaba pasando?; ¿por qué esto nunca funciona?. Lo intentó durante cerca de media hora. Reinició el ordenador. Encendió otro pitillo. Revisó los parámetros de la configuración…. Lo intentó de nuevo. Tragó saliva, puso el café….volvió a sentarse. Eran las seis y diez de la madrugada. Valquiria se habría acostado tras mandarle un e-mail que mañana le hará sentirse ridículo, torpe y distanciado de ella. ¿Qué estará haciendo ahora?. No quiso darse por vencido y lo retó otra vez.
Desesperado descolgó el auricular y marcó el número de atención al cliente. “¡Joder con el monopolio, siempre están puteándome la vida!”. Sonaba mal; se escuchaba una conversación entre dos tíos, “¡una puta interferencia!”. Golpeó con mala leche el colgador del teléfono a ver si le daba línea. Nada. Esos dos tipos seguían hablando. Tres, cuatro, cinco golpes más y nada. “Estos dos gilipollas podían callarse de una vez; pero; ¿de qué coño hablan a las seis y veinticinco de la madrugada?”.
Sin pensar en nada se puso a intentar hablar con ellos; a maldecirlos en arameo y a pedirles por dios que se callasen. Nada que hacer, seguían en lo suyo, ninguneándole. Empezó a reír. Estaba haciendo el capullo. En lugar de estar durmiendo contra el culo y la espalda de su señora, estaba realmente cabreado con dos tíos que no conocía de nada y que hablaban de algo que no entendía, a las siete menos cuarto de la mañana, mientras intentaba tener un idilio cibernético.
Vértigo siempre había tenido un ramalazo de portera y por eso decidió escuchar la conversación; además, qué otra cosa podía hacer; Valquiria dormía, era demasiado temprano para trabajar y demasiado tarde para dormir.
-¡Que te he dicho que lo quiero fuera, ya!.
-Va a ser muy precipitado.
-Que lo quiero oír dentro de tres horas en el informativo, ¿entiendes?.
-¡Joder; no seas tan radical!
-¡No sabes lo radical que puedo llegar a ser!, ¡que ni ese ni nadie me va a tocar a mi las pelotas. Que no me va a joder nadie. Que aquí estamos en lo que estamos que si hay que pasar por encima hay que pasar!.
-Déjame un par de días.
-¡que tiene que ser hoy!, tu verás: o el cabrón ese o tú.
-¡no me jodas!
-¡no me jodas tu!
De repente la línea quedó libre. Vértigo se conectó inmediatamente y buscó a Valquiria en la sala acordada. No estaba. Preguntó por ella a amigos comunes y le dijeron que ya se había caído. Se despidió de ellos, apagó el penúltimo ducados del paquete, extendió su manta de canarios sobre suelo y durmió.
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Hola a todos los que me habéis leido alguna vez y a los que se incorporan por primera vez a mi blog.
Solo quiero invitaros a leer y a ayudarme a dar forma y escribir esta segunda novela. Se titula "nada va bien: Prefacio de un problema". Me gustaría que entre todos la corrigiésemos y le fueramos dando forma, así que iré publicando los capítulos poco a poco e iré leyendo los comentarios. Gracias.
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