DIARIO DE UN MENDRUGO (DIARIO ALTERNATIVO A TRASTORNO DE IDENTIDAD DISOCIATIVO. CASO 1). Capítulo 6
Diario de un mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1.)
De: Gerardo Contreras Melero
Enviado el: February 6, 2006 22:34:57 PM
Para:rscastillejar@hotmail.com
Asunto:Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)
Día 6 de febrero de 2.006
Hace tres años, cuando aún tenía alquilada una plaza de garaje dos puertas más abajo de mi piso, me ocurrió algo que hoy he tenido que recordar.
Eran las tres menos cuarto de la tarde. Todavía tenía ilusión por algunas cosas; entraba el primero en el trabajo y salía el último. Creía que eso me haría parecer un hombre respetuoso e importante (qué iluso).
Como te digo, bajé en el ascensor hasta la cochera; y después de realizar todas la maniobras imposibles para llegar hasta la rampa de ascensión a la calle, apreté el botón del mando, que accionaría una sirena luminosa y abriría el portón metálico. Encendí un pitillo, hice sonar dos veces el claxon para advertir a los viandantes y con un fuerte golpe de pedal, tras observar despejada la calzada, subí con prisas para que no se me quedara el Ibiza calado.
La maniobra la tenía mecanizada y todo iba bien, hasta que, no se de dónde, apareció un chiquillo en bicicleta que se empotró contra el lateral izquierdo del coche. Detuve el vehículo de un pisotón, tiré del freno de mano y pensé: ¡Dios, qué ha pasado! Su cuerpecillo había caído contra el capó golpeado la luna; y producto del frenazo resbaló hacia la parte derecha del Ibiza. Te juro que pensé que lo había matado.
Abrí la puerta y bajé del vehículo todo lo aprisa que pude; retiré la bicicleta de un empujón y corrí hacia el otro lado. No sabía lo que me iba a encontrar. De algún lugar de mi educación salió un ramalazo de “mantén la calma”. El niño estaba llorando tirado en el suelo. Me acerqué con cuidado a él. En una primera inspección ocular no se le apreciaba nada importante, salvo una mancha de cemento en la rodilla. Le pregunté: ¿Estás bien? y él sólo me miraba llorando y asustado. Me arrodillé, toqué sus brazos, sus escuálidas piernas, su cara; lo miré a los ojos muerto de miedo yo también; y tras comprobar que externamente no tenía nada, le pregunté:
- ¿Estás bien?
Sólo lloraba y gimoteaba. Sus ojos manaban lágrimas sin cesar y su nariz era un pozo sin fin de mocos.
- ¿Estás bien; cómo te llamas?
Seguía sin responder. Lo abracé para calmarlo y acaricié su pelo rubio y lacio.
- No te preocupes. Me llamo Gerardo ¿y tú?
Entre gimoteos entendí: “Carlos”. No había forma de calmarlo. Seguía llorando y le pregunté.
- ¿Dónde están tu mamá y tu papá; dónde vives?
Entonces comenzó a temblar. No había nadie en la calle, sólo estaban mi Ibiza con el motor encendido, Carlos abrazado a mí temblando y su bicicleta rota tendida en el asfalto.
Tenía que llevarlo al ambulatorio, pues no sabía si estaba realmente bien. Tenía que encontrar a su familia y tenía que meter la bici en el coche. Carlos no sentía consuelo. Estaba francamente asustado, cuando de pronto dijo:
- A mi padre no, que me va a pegar -Y siguió llorando-.
- ¿Carlos; dónde vives?
- Mi padre no, que me va a pegar.
- Cálmate Carlos; ¿y tu mamá?
- Me va a pegar.
- Venga, mi vida, no llores. Ven, súbete a mi coche. Cogemos la bici y vamos a ir al médico a que te vea.
Lo cogí en brazos; apenas pesaba. Lo metí en el asiento de atrás del coche; cogí su bicicleta rota y la puse en el asiento delantero. Llamé a la guardia civil explicándole la situación y llevé al niño al ambulatorio.
Parecía que se iba calmando, le pregunté si sabía el teléfono de su mamá y me dijo que no. Le pregunté si sabía cual era su calle y me dijo que no. Le pregunté cuántos años tenía y me dijo que seis. Le pregunté cómo se llamaba su mamá y me dijo que Ana. Le pregunté que si le dolía la pierna y me dijo que no. Entre preguntas y respuestas, más o menos escuetas, llegamos al ambulatorio.
Abrí la puerta y lo llevé en brazos. De nuevo se puso a llorar. Me empecé a preocupar, pues supuse que algo le debía de doler. Lo senté en la sala de espera mientras hablaba con la enfermera de recepción y le expliqué el problema. Al momento llegó un coche de la Guardia Civil y me dirigí a ellos. Les estuve relatando los hechos y le di los papeles del vehículo. Me dijeron que el coche tenía un golpe fuerte en el lateral y un buen chichón en el capó. Uno de ellos fue a ver la bicicleta y el otro entró para hablar con el niño.
Carlos de nuevo empezó a llorar. Me senté a su lado y le acaricié otra vez; cogí sus minúsculas manos. “Venga, mi vida, que este señor es un amigo que nos va a ayudar a buscar a mamá”. El civil le preguntó por su papá, su mamá y por su calle; y Carlos volvió a llorar y a decir “mi papá no, que me pega”. El guardia civil y yo nos miramos, él frunció el ceño y yo le dije: “Lleva diciendo eso todo el rato”. El guardia civil se levantó y miró alrededor, preguntando a los presentes si alguien conocía a ese niño. Todos se encogieron de hombros y agacharon la cabeza (la gente no quiere meterse en líos, pobres almas). Entró el segundo guardia y ambos empezaron a hablar. Yo me quedé con Carlos, que volvía a estar temblando. Le di un beso, limpié sus mocos y sus lágrimas y le dije: “Carlos, mi vida, no te preocupes, que tu papá no te pega”. El me dijo; “Sí, me va a pegar.” “Mírame, Carlos, te prometo que tu papá nunca más te va a pegar.”
Justo en ese momento, salió el médico de guardia y nos hizo pasar. Uno de los guardias civiles se metió en su coche y comenzó a hablar por radio. El otro se quedó en el vestíbulo y yo entré con el niño, que seguía llorando.
El médico me preguntó acerca de lo que había pasado y se lo expliqué. Comenzó a examinarlo y me pidió que le quitara la camisa. ¡Dios, nunca en mi vida había visto eso! Carlos tenía hematomas por toda la espalda y en los costados. El médico le preguntó a Carlos sobre cómo se había hecho eso. Carlos agachó la cabeza. Le pregunté al médico si podían ser del porrazo y me dijo que no. Que algunos hematomas, por el color, eran de al menos dos semanas. Su cuerpecito estaba prácticamente negro. Habilidosamente negro, pues las zonas visibles de su cuerpo no estaban traumatizadas. Ahora entendí su miedo. El médico salió de la consulta un momento, supongo que a coger un parte de lesiones. Carlos se quedó conmigo a solas y al verlo sentado en la camilla, semidesnudo, le pregunté: “¿Tienes frío?”. Me dijo que no; pero tenía frió. Me senté a su lado, volví a acariciarle la cabeza y le volví a decir: “Te prometo que tu papá no va a volverte a pegar. Nunca”.
Al instante entró el médico acompañado del guardia civil, que disimuladamente observó las lesiones del niño. Yo me aparté para que hicieran su trabajo y Carlos asustado me buscaba con la mirada.
No habían pasado ni cinco minutos, cuando irrumpieron en la sala de observación los padres de Carlos. La reacción del niño fue espeluznante. Comenzó a gritar: “¡No, no, no!”. Se abalanzó a su madre que lo abrazó. Se escondió entre los dos pechos de su madre y miraba con un ojo asustado, a su padre. Estaba horrorizado, aterrorizado. Jamás he visto tanto pavor.
El padre lo miró con frialdad y gritó: “A ver, qué me va a costar esta última bromita del nene”. Se dirigía a mí; supongo que dedujo que era el dueño del vehículo y había visto la embestida de la bicicleta. “Eso no importa ahora”, le dije. (Te juro que lo hubiera matado en ese mismo instante).
El Guardia Civil le pidió que saliese, me invitó a mí a hacer lo mismo y ambos salimos a la puerta de urgencias con sendos civiles. Uno se quedó conmigo y el otro se apartó con el padre de Carlos. Me invitó a subir al Cuartel y le dije que encantado. No vi más a Carlos, ni a sus padres.
En el cuartel me tomaron declaración tanto del accidente, como de lo que había visto en urgencias. Me invitaron a denunciar el golpe y me negué a hacerlo. Sólo era chapa y pintura. No quería el dinero de ese cabrón. Me dijeron que me llamarían como testigo por un presunto delito de malos tratos y le contesté que encantado; que esos golpes sí me importaban y que esa chapa y pintura sí me dolían. Además, le había hecho la promesa a Carlos de que su padre nunca más le pegaría.
Pasaron unos meses. Recibí un par de llamadas con número oculto bastante amenazantes. Una decía: “Cabrón, ahora mismo voy a ir a follarme a tu mujer”. La otra: “No hables de lo que no sabes”. Mi coche apareció dos días con ambos retrovisores rotos; otro día con las cuatro ruedas rajadas y una notita que rezaba: “para que no atropelles a nadie más”.
Como todo en la vida llega, tras el verano se celebró un juicio de faltas, donde fui citado como testigo. Dije lo que vi y lo que pasó. No sé lo que ocurrió dentro de la sala, pues tras mi declaración llegaron las conclusiones, donde la fiscalía pidió la retirada de la custodia, y la defensa, la libre absolución. Carlos no fue al juicio, pues al parecer había declarado con la Señora Forense, en una sala habilitada para tal fin.
Desconozco la sentencia pues nadie me la comunicó, pero el caso estaba tan claro (declaró el médico, el guardia civil y yo como testigo), que di por hecho que “Carlos no iba a ser pegado nunca más por papá”. Además, ni mi coche ni mi teléfono volvieron a ser agredidos.
Nunca más vi a Carlos, hasta esta tarde. Hoy me ha mirado con desprecio al cruzarnos en el parque. Llevaba un ojo morado. A mí se me ha ennegrecido el alma. Otra vez, la enésima, había incumplido mis promesas.

The Apprentice