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nadavabien

Mendrugo: Pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos. Hombre rudo, tonto, zoquete.

11 Enero 2007

DIARIO DE UN MENDRUGO (Diario alternativo a trastorno de identidad disociativo. Caso 1). Capítulo 14

Diario de un mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1.)

De: Gerardo Contreras Melero
Enviado el: March 2, 2006 21:39:36 PM
Para:rscastillejar@hotmail.com
Asunto:Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)

De por qué soy tan tímido y algunas veces hasta me sonrojo (primera parte).
Día 2 de marzo de 2.006.

El otro día me pusiste una tarea demasiado difícil para mí. Por eso y porque he tenido una semana convulsa y llena de irreflexiones, he tardado tanto en volver a escribir. Ahora creo que lo tengo claro. Gracias de antemano; ha sido terapéutico.

Corría el año 1.967, cuando en el puesto de la Cruz Roja de Melilla, mi maddrre dio a luz al tercero de sus vástagos, en pleno mes de agosto. Un precioso bebé rubito, con ojos azules y tez blanca; seguramente, herencia genética de mi abuelo materno (catalán para más señas; profesor de dibujo artístico; hombre anulado por mi somato forme abuela y santo varón; cobarde como el que más, que salvó la vida en la guerra civil escondiéndose bajo colchones en los sótanos de la Diputación de Málaga). Imagino que aquel rico niño nunca habrá sido tímido ni se habrá sonrojado, hasta que no haya leído esto; si es que algún día cae en sus manos (Yusuf, algún día te encontraré, te haré llegar esta historia y te devolveré a tu familia).

Al parecer, a los tres meses, D. José Fernando Contreras se trasladó a la península, acompañado de Doña Amalia y sus tres retoños. Conociendo como conozco a mi santa maddrre, seguro que irían cargados hasta la extenuación de maletas, bolsitas con comida en ollas expreses, regalos para todos los peninsulares, iconos sagrados y demás chorradas. Supongo que por eso, por la cantidad de gente que coge a diario el melillero intentando colarse en el Imperio; y ante el nerviosismo del teniente Contreras y el despiste de la Melero, que siempre iba unos metros por detrás del militar, Gerardo “el bello” fue cambiado por Yusuf, “el graciosillo”, sin que nadie advirtiese la hábil maniobra de la que seguramente es mi verdadera madre, Fátima (así la llamo en mis plegarias y ruego por su alma).

Me produce vergüenza y sonrojo recordarte frente a mi silla en el mes de junio, cuando me sentí ridículo, sucio y patético por sentir por primera vez mariposas en el vientre mientras te convulsionabas. Estabas tan fresca y yo….. tan pasado……..Ojalá nunca hubiese ocurrido. Dios; que nunca termine.

Fue en el puesto de aduana del puerto de Málaga, cuando se forjó la verdadera leyenda de mi timidez y sonrojo, pues imagino que fue allí donde mis padres adoptivos fueron conscientes de trueque. Gerardo supongo que irá haciendo las delicias y enamorando, cuan Sir Lawrence de Arabia, a las más hermosas moras y arabescas bellezas. (Suerte, hermano. De ti sólo me ha quedado el nombre.)

Imagino la cara de mi “padre” al ver al negruzco niño. Un bebé enfermizo, feo y peludo, al que no le salía el llanto del alma y al que los médicos dieron unas esperanzas de vida reducidas, cuando fue examinado por primera vez tras el intercambio, con el fin de prevenir contagios e infecciones al rey de la casa y a mi hermana Nerea. Supongo que desde entonces todo fue mal. De mis tres primeros años de vida en Madrid, donde nació mi, cómo no, Marina querida (rubia y rolliza niña de piel blanca), no guardo recuerdo alguno. Tan sólo una foto donde aparecen mis supuestos progenitores en los madriles, con un niño famélico en brazos, que parecía haber sido rescatado inerte de algún terremoto, ante la cara de cachondeo de mi padre y la sonrisa maliciosa de mi mamá. Mi padre, según me ha contado después, solía bromear con mi maddrre acerca de mi fealdad y de mi estado de salud lamentable. Creo que por eso las risitas.

Me avergüenzo de no haberte avisado antes. De no haber controlado esto de alguna otra manera. Me sonrojo y lloro cuando recuerdo el debate entre ser tu compañero de dolor o un tonto enamorado, que sale corriendo antes de que llegues porque tus pies son más rápidos que mis piernas politraumatizadas, inestables y cansadas.

El caso, es que mi vida consciente comienza a los cuatro años, en Huesca. Mi padre se había trasladado allí como capitán, al Hospital Militar; y mi maddrre, con sus cuatro niños, fuimos tras él. No sé qué coño pintaba allí mi abuelo materno y su tumorada esposa, pero sé que estuvo allí y que me enseñó a leer en mi Cartilla Palau. Debía ser verano; aunque mis recuerdos de Huesca, no entiendo la razón (supongo que cosas de conos y bastones), son en blanco y negro. En aquella época me sentía seguro. Incluso hice un amigo, Pablito Corredera, con el que comprendí de un solo golpe, o mejor, salto, la ley de la gravitación universal. Recuerdo que me invitó a su piso, contiguo al mío, y nos pusimos a jugar con su conejo blanco. Lo puteamos un poco en el balcón de su casa para ver su capacidad de salto y pusimos a prueba la potencia de sus patas traseras y habilidad para el aterrizaje, invitándolo a saltar desde el séptimo piso. El resto te lo puedes imaginar (Perdón ecologistas, pero solo teníamos cuatro años y la física se daba en séptimo de E.G.B.). La bronca posterior y el castigo subsiguiente no consiguieron, no obstante, mermar mi autoestima ni un ápice. Seguí siendo un niño feo y enfermizo, que no tenía consciencia de ello; y por tanto, feliz.

En septiembre, mis padres nos matricularon, al rey de la casa y a mí, en el Colegio Santa Rosa de la capital oscense. No se por qué lo hicieron, pues el rey es mayor que yo biológicamente diez meses, y yo no tenía edad de estar escolarizado. Como no había clase para pipiolos más chicos, nos metieron en el mismo aula. Allí empezó el calvario consciente de mis complejos y mi timidez. Por obra y gracia de mi abuelito, yo leía de puta madre y el rey no sabía ni la “o”. Así que a la brillante pedagoga no se le ocurrió otra cosa más que la magnífica idea de que yo enseñara a mi hermano la lecto-escritura. Sus pequeños, pero ya narcisistas ojos verdes, penetraron en mis mustios ventanales, odiándome hasta la eternidad y jurándome joderme la vida a cada instante que le fuese posible. Yo lo entendí rápidamente y por primera vez me sentí arrugado desde adentro. Al llegar a casa, le pidió a mi padre que me contara la verdadera historia de mi génesis. Y entre las carcajadas del “rey” y de mi “progenitor”, éste lo hizo.

Me avergüenzo al tener tus blancas y fuertes manos cerca de las mías. Las miro y admiro tu piel, tus uñas bien cortadas y su carne dura. Deseo cogerlas con las mías, pero advierto mi piel seca, gastada, quebrada. Advierto mi índice pintado de nicotina, mis uñas quebradas y el olor a alquitrán; y me ruborizo, y las aparto…….. y las escondo.

Ese día empecé a sentirme diferente. Mi padre, ante el éxito de su anécdota, comenzó a mofarse de mi adopción en cualquier reunión familiar. También lo hacía del momento del parto (ahora soy consciente de que no guardaba ninguna coherencia con el momento del intercambio de capachos). Hasta hace no muchos años, contaba que cuando nací y fue a casa de sus suegros, éstos le preguntaron: “José Fernando, ¿qué ha sido? ¿Niño o niña?”. El respondía: “Pues no lo sé; es la cosa más espantosa que he visto en todos los días de mi vida. Jaja”. Supongo que la falta de empatía de la que siempre ha hecho gala le impedía ver que me sentía, desde el primer día que lo contó, “la cosa más fea, que jamás había visto en la vida”. Ahora que me has obligado a recordar, comprendo que jamás me dieron el cambiazo, o que mi padre se inventó lo del parto; pues si yo era rubito como el Lawrence, no tenía sentido lo demás. ¡Joder, qué torpe soy! he necesitado 38 años y tu ayuda para resolver el enigma (O parte de él).

De Huesca no recuerdo nada más; aparte de no querer salir de casa, no jugar con nadie (pues el rey se apoderó de todos mis juguetes), sus palizas, sus humillaciones y el inicio de mi aversión al queso (otro lastre de mi vida que me ha hecho sentirme caprichoso y tontito). Bueno, también recuerdo que nos fuimos de Huesca y que mis recuerdos comenzaron a ser en color. Comenzaron a ser en color en el mismo tren que nos trasladó a Granada. En el vagón viajábamos: mis papis, mis hermanos, creo que ya había nacido Andrea, todas las maletas y un muchacho joven. Me parece que era militar. Sonreía con nuestras voces y con nuestras dislexias, rotaciones, inversiones y demás patadas a la lengua madre. Él estaba realmente incómodo, pues cinco niños y tres adultos en un exiguo vagón, debe ser la leche para un desconocido. Mi hermana mayor y el rey intentaban constantemente llamar su atención; una, con su gracia natural; el otro, con “sus gracias”. Marina iba y venía constantemente del servicio, pues, como decía mi abuelo, tenía angurria vital. Andrea ya era semi autista y se pegó todo el viaje fuera de juego, durmiendo; y yo, empequeñecido por el maltrato paterno y filial, simplemente lo observaba con mis mustios ojos abiertos. Llegó la noche y había que acoplarse a dormir. Mi maddrre, acunaba a la sietemesina. Mi padre, a la reina rubia. El rey se echo al lado del soldado y Nerea, al lado del rey. Yo no cabía en ningún sitio, así que me senté bajo la ventana del vagón; metí mi dedo gordo en mi boca y empecé a succionarlo, mientras con la otra mano me rizaba el pelo del flequillo. Supongo que, más por un gesto de humanidad que por cariño, el soldado me cogió en sus brazos, me acurrucó, me besó la cabeza y me arrulló. No dormí en toda la noche, pero jamás me he levantado más descansado. Me volví a sentir querido; importante. Así entré en Granada, en los brazos de un soldado al que le parecí menos feo.

Me avergüenzo de no aguantar tus ojos verdes clavados en los míos cansados; de no cantarte a gritos con mi mirada, la mitad de la dulzura que inspira tu presencia, la gratitud que te tengo por dedicarme unas horas de tu enmarañada vida; por intentar situarme en algún lugar de ese cosmos que es tu día a día. Me sonrojo cuando me empeño en encajar y me doy cuenta de que no encajo.

Nuestra entrada en Granada debió ser más o menos en octubre. Mi ilustrado abuelo siempre estaba en esos traslados y no lo recuerdo moviendo muebles, sino enseñándome a leer, a escribir y a cantar “els segadors”. Decía que tenía voz de niño de escolanía. Así llegó noviembre y los Maristas. El curso había empezado hace mes y medio, pero era el primer día para mí. El rey entraba en primero de E.G.B. y yo en párvulos. No se me va a olvidar esa humillación en la vida. Guillermo, a las ocho de la mañana, se reía de mi aspecto: Remolino rebelde en la cabeza, pantalón con rodilleras y gorilas en los pies. Y, encima, un ridículo babero, de enormes cuadros blancos con los bordes azules, hecho a mano por mi maddrre, a la que jamás se le dio bien la costura (nadie es perfecta, mami, aunque tú te acercas a lo que yo simplemente soñé). Él, por supuesto, estrenaba ropa. Dijo que no quería que nos viesen juntos, por lo que Mari (una mujer enorme que echaba una mano en casa) se adelantó con el rey, que acababa de conquistar a nuestra primera nani. Mi padre me cogió de mi mano, con las uñas comidas y llenas de padrastros, y me llevó en silencio al colegio. Estaba muy asustado pues la gente en Granada hablaba muy raro y yo muy fino. Atravesamos el boulevard del colegio y mi padre buscó el aula de párvulos. El patio estaba vacío; íbamos tarde, para variar; y hacía frío. Al fin mi padre encontró la clase; llamó a la puerta y de ella salio la señorita Felicidad; saludó atentamente a mi padre y se produjo esta conversación:

- Perdón por el retraso, pero no encontrábamos el aula.
- Ningún problema. ¿Cómo se llama el niño?
- Gerardo.
- No se preocupe por él. Ya sabe leer y escribir.
- Vale; estupendo. Pues pasa, Gerardo.

¡Joder! ¿Por qué dijo eso? Recuerdo que todos los niños hacían plastilina y ninguno se percató de mi presencia hasta que la señorita llamó su atención y dijo: “Aquí os presento a un nuevo amiguito. Se llama Gerardo y ya sabe escribir y leer; ¿verdad?”. Yo estaba acojonado en el estrado, al lado de la pizarra, con una tiza que me había dado la maestra. “Venga, mirad que bien escribe Gerardo”. Todos estaban atentos. “El también sabe escribir la «u». Venga Gerardo pon la «u».” Yo, rápidamente y convencido de mi capacidad fono-sintáctica, me giré hacia la pizarra y escribí una enorme “n”. La carcajada fue generalizada y la maestra me invitó a sentarme. Como comprenderás, no tuve ni un solo amigo en párvulos después de ese acontecimiento; además, cada vez que abría la boca, me llamaban mariquita por mi acento aragonés. El año del babero fue horrible y culminó una tarde de mayo. Paseaba autistamente por el campo de alvero y chinos del colegio, donde entrenaba al fútbol el equipo del centro. Estaba lloviendo un poco y yo caminaba por la banda, solitario y aburrido. Al pasar justo al lado de una de las porterías de hierro, recibí un impacto impresionante en la cabeza, de un balón lanzado, nada menos, que por Sergio Bustos (el jugador con más potencia de pegada de la historia de los Maristas). Mi cabeza hizo carambola contra el poste de la portería y desperté completamente orinado y con un enorme chichón en mi lóbulo parietal, en la enfermería del colegio. Creo que fue mi primer traumatismo cráneo-encefálico. Desde entonces no levanté cabeza.

Me avergüenza acercarme demasiado a ti y romper el espacio de seguridad. Tengo la plena convicción de que se disparará en tu cabeza algún centro aversivo y darás un paso atrás. Me sonrojo porque sé que, si me acerco demasiado, descubrirás que quien te ama está, para ti, triste, viejo..... y muy cansado.

servido por nadavabien 2 comentarios compártelo

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

carlos aguilar

carlos aguilar dijo

COMO CONSEGUIR EL LIBRO COMPLETO. UN SALUDO, Y GRANCIAS

11 Enero 2007 | 12:47 PM

DvD

DvD dijo

no servira de muxo ya que otro sotros ya te lo habran repetido, pero en serio, "ES ESPECTACULAR" me sroprende ver alguien sin ser muy famoso usar las palabras de cada dia como si un pincel feran para crear la obra de arte.

no lo dudes, sigue , no pares , escribe aun cuando tu mano dude de lo que teclea, x q nose como sera tu vida pero la mia se hace preciosa cuando leo lo que escribes.

Un saludo de este pobre infeliz desde su pequeño espacio de felicidad

11 Enero 2007 | 06:27 PM

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Sobre mí

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Gustavo Cabrera Coronas, de padre Médico – Militar y madre Doctora en Filosofía y Letras. Nace en Melilla en 1.967, siendo el tercero de siete hermanos. Inicia sus estudios en los Hermanos Maristas de Granada pasando, posteriormente, a la Facultad de Psicología, terminando en 1.992 y donde conoce a la que es su pilar más inquebrantable: MARIBEL. Recuerda desde los cinco años sus paradas en el “TAXI” y en el “QUINTANA” – bares de su LOJA – para que su hermana MARTA evacuara, mientras la familia daba cuenta de los tejeringos y el café; de ahí que en 1.995 se estableciese en esta localidad y pusiese su clínica especializada en Psicología Clínica e Infantil junto a su esposa. Para Gustavo es esta su primera andadura literaria; no así para el resto de la familia donde destaca el menor de los hermanos, ALVARO, el cual ya ha recibido relevantes premios literarios. Esperamos que él le ande a la zaga y que les guste este relato. JMFCR
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