DIARIO DE UN MENDRUGO. (Diario alternativo a Trastorono de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo 17
Diario de un mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de identidad disociativo. Caso 1)
De: Gerardo Contreras Melero
Enviado el: March 13, 2006 23:15:25 PM
Para:rscastillejar@hotmail.com
Asunto:Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)
De por qué soy tan tímido y a veces hasta me sonrojo. Segunda parte.
13 de marzo de 2.006.
Como a alguien que viene por aquí (últimamente cuando le da la gana), a mí tampoco me gustan las deudas pequeñas; así que me veo en la penosa obligación de terminar algo que jamás debí de empezar a escribirte. No me hace ganar demasiados puntos como candidato a ocupar tu admiración; ni siquiera el cajón de la mesita de noche de nadie ni la papelera del más necio de los humanos.
Por cuestión de principios, configuración del sistema inmunológico y convencimiento total de mi enajenación; y víctima de la más cruel historia de celos jamás contada, los siguientes ocho años de mi vida bipolar transcurrieron siendo un niño más que tímido, alienado; más que sonrojado, febril; más que avergonzado, travestido; y más que invisible, impresentable para la vida moderna. Mis recuerdos de entonces giran todos en torno al rey y a sus humillaciones; horrorosas comparaciones de mi padre con mi primo hueteño (brillante estudiante y el mejor trepador-pelotas que he conocido); mi abuela inmortal y el despertar de mi precoz sexualidad (supongo que en algo tenía que entretenerme y conocí el maravilloso mundo del onanismo). Fueron años sombríos, en los que el único sol que brillaba y calentaba mi cara era el del canto al “salvador de la patria”, que cada mañana entonábamos en fila india, antes de centrarnos en lo académico, en el patio del colegio (dos mil almas vestidos de prestados clamando por una camisa nueva). De aquella etapa de nulidad completa, tan solo recuerdo el “síndrome de las canicas” y los combates de boxeo.
Yo, que desde el balonazo de Bustos jamás he pasado por detrás de una portería, me dedicaba a observar cómo los niños jugaban, pegaditos a la banda, con sus canicas de cristal. Me fascinaban sus colores, especialmente esas que llamábamos “de mármol”, por su fondo blanco y pinceladas de entremezclados colores. Fernando Bullejos era mi ídolo. Tenía una puntería y una fuerza en el matute que no le ha llevado a ningún lado, pues repitió dos cursos seguidos. Lo siguiente que supe de él es que había sido detenido probando un coole en Almanhayar. Pero era genial. No tenía rival en el colegio; se retaba con los de cuarto hacia arriba y a todos les ganaba las canicas. Yo, que era su cadi, portaba su bolsa de tela llena de bolas mientras admiraba su exactitud y sus efectos; y cuando destripaba al último vacilón, le servía de sparring. Me dejaba alguna de sus bolas y entrenaba a mi costa una y otra vez hasta el caer de la noche. Después le entregaba la bolsa y su canica; se largaba invitándome con la mirada para el día siguiente “mismo sitio, misma hora”. Taciturno, me iba despacio a casa, augurando una solitaria y tristona tarde huyendo del rey y de mis anginas, mientras espontáneamente y sin rubor me rascaba el culo y me quitaba legañas de los ojos. Debía ser un tanto guarrete, pues el alvero del cole, las canicas y mi costumbre de dormirme con el pulgar en la boca, me condenaron a primaveras de conjuntivitis y lombrices, de colirios y rascadas poco decorosas, allí donde se terciara el picor.
Me avergüenzo cuando me encuentro frente a frente contigo y con tu histrión por todo lo alto, me invitas a acercarme, a tocarte y a tenerte y …. no soy capaz. Me avergüenzo cuando voy pasado de vueltas por la línea, sabiendo que después no voy a ser capaz de traspasar el umbral. Me sonrojo cuando veo que te he hecho llorar por nada y que al final no te he invitado a cenar.
Eran mediados de los setenta y Urtain, Perico Fernández y Carrasco eran los ídolos nacionales. Velada tras velada iban batiendo a los púgiles concertados, que el régimen hábilmente iba seleccionando entre “lo más selecto de Europa”. El espíritu patrio se respiraba cada noche de sábado; y en casa todos entonábamos el Himno con la letra de Pemán. La Phillips vomitaba la convexa figura de “la Roca Urtain” y su cóncavo adversario. Mi padre (al grito de “sácale los higadillos”) y mi maddrre (saludo ario en ristre) enardecían a sus huestes Contreras-Melero para llevar en volandas a Urtain y La Patria hasta la victoria final. Los siete Contreras-Melero, sentados en el suelo frente al monitor de lámparas black and white, contemplábamos cómo la Roca hostiaba, sin ton ni son, a su untado rival. Era todo tan ……… feo y tan…… “Campeón de Europa”.
Pero lo horrible llegaba en verano. En cualquier pueblecillo costero malagueño, mis papis alquilaban “algo” para pasar el mes de agosto. Allí nos juntábamos todos: Mi tumorada abuela y su esposo (el que no trasladaba nada, pero estaba en todos los traslados); una hermana de mi “illnes grandmother”, soltera por obligación, jugadora patológica de la lotería nacional y cupones de la once; el hermanito pequeño de mi maddrre, soltero también e indescriptible sujeto (merecedor de un tomo para él solito); otro hermano de mi maddrre y su mujer farmacéutica; mis progenitores; mis seis postizos y yo. En total, quince individuos para un apartamento de tres dormitorios y un, más o menos, grande patio.
No había tele en aquel entonces en los apartamentos de la costa, pero sí había sábados por la noche. Era cuando empezaba el infierno. Tras la cena y las canciones catalanas de mi abuelo “voncof de fag, voncof de fag, ….. segadors de la terra, voncof de fag”; de forma casi automática, todos se iban sentando en círculo mientras yo comenzaba a tiritar de miedo. Cuando aparecía un silencio espontáneo, el speaker de mi tío salía al centro y saludaba, con un papel en blanco en la mano y el mando a distancia de mi helicóptero a propulsión, al público allí presente:
«Buenas noches, señoras y señores: este sábado, disputa del gran título mundial de los pesos mosca, que enfrentará al campeón de España y defensor de la corona, con cuarenta kilos de peso e invicto hasta ahora…… “Cagalera Atómica”. »
Todos rompían en aplausos y de detrás de mi padre aparecía mi orondo hermano saltando con los brazos abiertos, en calzoncillos.
«En el rincón de enfrente, señoras y señores, el aspirante al título, con veinte kilos de peso y más negro que un tizón, el campeón de Melilla: “Mierdecilla Base”. »
Todos abucheaban augurando el anunciado final y, de las faldas de mi maddrre, con los brazos abajo y la mirada ya perdida antes del golpe de gracia, me resistía a aparecer yo. Mi maddrre siempre me decía al oído: “Vamos, ratón, que verás cómo hoy ganas”. Yo la miraba con cara de polla, pero sus palabras me infundían el valor suficiente para llegar al centro del imaginario cuadrilátero. El speaker desaparecía y llegaba el árbitro: Mi padre. Nos miraba, imitaba a los árbitros de la tele, sin decir nada y ………. Daba comienzo la paliza, digo, el combate. Cómo se cebaba el cabrón. Me solía empujar directamente sobre mi tío el soltero y allí me golpeaba con todas las fuerzas en la barriga. Después me agarraba y me tiraba contra la tumorada y, allí, también se divertía con mi geta. Más tarde me empujaba contra el speaker mientras volvía a castigar mis flancos; normalmente en ese momento empezaba yo a llorar y, “voluntariamente”, me tiraba al suelo. Lo dejaban golpearme un rato más y la pelea terminaba anunciando por megafonía al campeón, que era levantado en hombros. Después todos se retiraban a sus aposentos. Yo solía quedarme un rato sólo en el patio, mirando el mar.
Me avergüenzo cuando aspiro a descumplir años para encontrarnos en el calendario. Me avergüenzo cuando pesas tanto que me falta el aliento al soportarte, cuando ríes y me reclamas abiertamente sin vergüenza, sin complejos, cuando te marcas un tango. Me sonrojo al imaginarte desnuda, tan bella y hermosa y me contemplo a mí a tu lado.
El verano de 1.980 fue diferente. Acababa de descubrir el deporte y el amor; y mi cuerpo comenzó, sin ser yo consciente de ello, a muscularse. Mis apodos fueron cambiando a la par que mi cuerpo. Así, pasé de “mierdecilla base” a ser conocido, en términos pugilísticos, como “el hambre en la India”. También pasé de observar y perseguir camaleones en el cañaveral a observar y descubrir que las niñas tenían tetas; y que yo no. Pasé a perseguirlas o, mejor dicho, a espiarlas por ello. Fue un cambio importante en lo psicobiológico, pero no en mi condición de enajenado. No hasta el día de mi cumpleaños: El dos de agosto de 1.980.
Ese día mi padre inventó ir a comer espetos de sardinas en Casa Pedro. Aquello era un acontecimiento que sólo se repetía, por economía familiar, dos o, a lo sumo, tres veces durante el mes de agosto; a la postre, al año. Tras comer en el mítico restaurante y el helado posterior, ya de vuelta al Rincón de la Victoria, se comenzó a palpar en el ambiente que ese día…… habría “velada”. Se palpaba porque el zampabollos del rey se estaba poniendo púo de hidratos de carbono poli saturados; porque los dos hermanos de mi madre ya se habían cargado dos cajas de quintos de Victoria; porque, aprovechando la salida, fuimos a misa del sábado y ya no había que madrugar el domingo; y sobre todo, porque seguíamos sin tener tele.
Efectivamente, fue así. Tras la cena me retiré a mis aposentos. En ellos defequé mis últimas lombrices mezcladas con sardinas; supliqué a dios que no me hiciese mucho daño; me ajusté el ajustado bañador; me miré al espejo sudoroso y húmedo por el salitre y salí a la zona comunitaria. El círculo estaba formado y el speaker, micro en mano, me hizo señales de acercamiento, a la par que todos se giraron y me observaron caminar hacia el patíbulo. Cagalera Atómica golpeaba su puño derecho contra el envés de su mano izquierda de forma intimidatoria y sonreía al mirarme. Tras las consabidas presentaciones (en las que sólo se modificó mi pseudónimo) y el “vamos, ratón, que verás cómo hoy le ganas”, comenzó la pelea. En su estrategia tradicional, el rey me empujó hacia mi tío; pero no me moví. Probó a abalanzarse sobre mí en dirección a la tumorada. Y….. tampoco me moví. Lo intentó contra el speaker; y mis pies seguían en el mismo baldosín. Se puso colorado y gritó, mientras me dio una bofetada; y entonces……… no lloré. Dio un paso atrás sorprendido por lo que estaba ocurriendo; y yo………. me dejé llevar. Me abalancé contra él y caímos los dos al suelo. Me disponía a pegarle en la cara por todas las humillaciones recibidas hasta ese día; y cuando tenía mi brazo levantado y disponía a descargar toda la fuerza de mi bíceps contra su rostro, mi padre me lo sujetó por detrás y con la otra mano me agarró de lo que ya eran mis abdominales y me apartó del cagalera. Éste se levantó sonrojado y lloroso y sólo recuerdo que dijo: “Ha hecho trampa. Ya no boxearé nunca más.”
Aquel décimo tercer cumpleaños nació: “Gerardo I; el fuerte”, “Gerardo II; el conquistador”, “Gerardo III; el seguro”, “Gerardo IV; el gigoló”, “Gerardo V; que te den por culo, cabrón” y otros diez o doce imparables gerardos (Papi: ¡Me podrías haber dejado machacarlo un poquillo! En fin; tú sabrás por qué lo hiciste; supongo que para su bien). Nunca hubo más veladas de boxeo.
El siguiente curso lo dediqué a esperar a Laura en el portal de su casa de lunes a viernes: a las ocho y media de la mañana, a las una y media de la tarde, a las tres y media de la tarde y a las seis de la tarde. Eran las horas de salida y llegada de su autobús escolar. Yo la esperaba; la veía (cada día estaba más guapa); me ignoraba; y me iba feliz a buscar su mirada desde el cole, practicando deporte en el patio, donde fuera más probable que pudiese llamar su atención. A veces baloncesto, otras balonmano; y, si era necesario, hacía incluso atletismo. Me sentía seguro de mí mismo; hasta me duchaba con los demás tras los entrenamientos y no me importaba exhibir mis atributos sexuales en ese contexto y comparar visualmente el tamaño de nuestras vergas. Además, comencé a ser el base del equipo cadete de balonmano y a tener incluso admiradoras. En lo académico, cojonudo; sólo era primero de bachiller y el latín estaba aún por llegar. En casa, me daba ya igual mi casa; y con Laura, en mi línea. Me atreví a componer mi primera canción (“los días son tan largos si no estás tú. Las noches son eternas pensando en ti. Me asomo a la ventana y aún puedo recordar: aquella primera tarde te vi pasar”. Vaya memoria, Gerardito. Me acuerdo que en guitarra sólo tenía tres acordes: Sol menor, Do menor, Sol mayor; y que pasaba horas tocándola delante de la foto de “mi razón de ser”, que conseguí a través de Jesús Alvarez del Castillo y su homínida hermana. Un poquillo cursi la copla, pero en fin, sólo tenía catorce y mi cultura musical ya sabes que es limitada). En agosto llegó el verano y mi primer beso.
Me avergüenzo de verme en los escaparates al pasar y comprobar que no quedo bien ya ni en las tallas grandes. Me avergüenzo cuando me realizo una endoscopia virtual y compruebo mis funciones corporales y mis funciones vitales menos vitales cada mañana. Me ruborizo cuando veo que, ni siquiera por tenerte, tengo cojones de dejar de fumar.
Era el tercer verano consecutivo que veraneábamos, los quince, en el Rincón de la Victoria; y el segundo que nos alojábamos en los apartamentos “La Colombiana”. Primera línea de playa y apartamentos con zona comunitaria, compuesta por dos jardines llenos de césped y caseta de la luz frente a la carretera de la costa. Yo ya vivía, como mi padre me reprochaba a diario, “las veinticuatro horas del día en la calle”. Pasaba un kilo de mis hermanitos, mis papis y, por supuesto, mucho más, de mis titos y mis extraños abuelos. Sólo pisaba la casa para el potaje y para la pernocta, para birlarle al soltero un par de winston y otro par de piper mentolados, o para darme una de las dos duchas diarias y estar así rompedor. Mi verdadera familia ese verano se componía de: Manolo, el hijo de los porteros de la urbanización (tipo Pancho verano azul, pero a lo bestia); Juanma, malagueño guapetón, pero con menos gracia que José Manuel Fernández (compañero de nocturnidad en Impacto); y en lo femenino: Salud, Maite y Ana (prima de Maite, o al revés). Total, tres para tres. Nuestras actividades: playa, playa, playa, playa y playa. Ducha a las nueve y después… playa, playa, playa y playa; huir de José Fernando Contreras (Lobatón); bronca al encontrarme, ninguneo por mi parte; dormir; y al día siguiente igual. Así durante 31 maravillosos días. Era evidente que, por la proporción de cachorros y cachorras y por el estado lamentable de nuestras hipófisis, tendríamos que imitar, más tarde o más temprano, a National Geographic Chanel. Y así fue. Mediante un pacto no escrito, de esos que se hacen con las miradas y con la distribución de espacio, poco a poco nos fuimos repartiendo las señoras. En realidad, hoy soy consciente de que fueron ellas las que se repartieron a los tres gilipollas, porque si no, yo me hubiera pillado a Salud; o al menos lo hubiera intentado. Ana, huevo sin sal (de hecho no recuerdo ni su cara), se pidió por razón de altura (1,80) a Manolito (1,83). Salud, que era la que estaba para comer y mojar sopas, por razón de que buscaba una relación de pareja estable y duradera, se decidió por el malagueño (Bueno, por eso y porque era el más guapo). Así que Maite y yo lo teníamos claro. O yo, o nada. O Maite, o retrete. Claro, fue Maite y yo.
Ni siquiera me había fijado en aquella niña, pues yo sólo tenía hormonas para Salud y mente para Laura, pero parecía que ella no estaba muy dispuesta a que las cosas siguiesen así. Por esas cosas de la adolescencia y por excusarnos para la intimidad, jugábamos de noche a policías y ladrones. Siempre se quedaba uno y los demás se escondían, pero no valía esconderse más de dos juntos. Esa noche tenía muy claro que algo grande iba a pasar. Lo que no me esperaba era con quién. Cada vez que se la quedaba o Manolo, Ana, Maite o Juanma, yo intentaba salir corriendo y coger de la mano a Salud (era una preciosa malagueña de piel morena, pelo corto y ojos verdes, con un cuerpecito de mujer). Pero siempre se me adelantaban Manolo o Juanma (seguro que hacían deporte desde la E.G.B.), y yo terminaba con Ana (que no pegábamos ni con cola) o con Maite, una chica vasca, de aspecto aberchale total, con gafas y de la que desconocía hasta su voz. Vamos, un palo. La jugada era sencilla. Cuando me tocaba a mí, Manolo y Ana salían escupidos hacia uno de los jardines y Juanma y Salud hacia el otro. Se daban el fregao y, cuando se cansaban, se dejaban pillar (normalmente por chivatazos de Maite, que tendría un calentón del quince).
Bien; pues en una de esas que se la quedó Salud, Maite vio las cosas claras (gracias, Maite; lo que me hubiera perdido sin tu miopía y con mi “buena vista”). Ella me cogió de la mano y corrimos hacia uno de los jardines, pero ya habían llegado Manolo y Ana y no era plan. Como Salud iba por setenta y Juanma se dejaría pillar el primero para darse el lote con ella, Maite y yo corrimos hacia el otro jardín, cogidos de la mano. Al llegar… ¡coño, estaba allí mi padre, Perry Mason! Seguramente rastreando mi huella; y yo cogido de una niña de la mano. Hostia asegurada. Gracias a mis entrenamientos y al deseo carnal de Maite, conseguimos hacer un rápido quiebro y escondernos detrás de la caseta de la luz. Nos miramos y nos reímos. Decidimos subirnos al tejado y esperar allí. Nos sentamos juntos y mi padre siguió buscando al “te vas a cargar a tu madre a disgustos”. Cuando hubo pasado nos relajamos.
Era una noche de verano preciosa; con una luna llena increíble y millones de estrellas mirándonos. Los focos y ruidos de motor de los coches de la carretera de la costa ejercían de efecto disco. Mi aberchale estaba muy guapa, con su pantalón pirata pitillo blanco, dejando ver sus morenas pantorrillas; su blusa torerilla blanca que realzaba sus pechos y dejaba admirar su enorme cuello fuerte y moreno. Sin darnos cuenta, o al menos yo, seguíamos cogidos de la mano en el tejado, en silencio, y nos miramos. Nunca la había visto tan guapa ni tan dispuesta. Sabía lo que quería y sólo tenía que conseguir que yo me diese cuenta, me arrancara a Salud y a Laura de la cabeza y me dejara llevar por mis andrógenos. Y así lo hice; me acerqué e intenté recordar todos los besos que había visto en las series de la tele y en las películas de uno o dos rombos que mi padre no nos jodía con su presencia; intenté ser fiel a lo visto, pero no aprendido.
Reconozco que lo sentido superaba a todo aquello. He besado muchas veces a todas las mujeres que me han dejado; sin embargo, te juro que pocos besos recuerdo como aquél; y no fue por lo inexperto, por lo torpe o por lo bonito de la primera vez; que va. No fue por la luna ni las estrellas, ni por el efecto disco. No fue por ninguna de esas ñoñerías. Lo único cierto y objetivo es que Maite besaba de puta madre. (¿Dónde estarás, Maite? Gracias. No sabes cómo me vendría repasar de vez en cuando contigo.)
Me avergüenzo de no llamarte ahora mismo, porque ahora tengo tiempo y tú también. Pero qué excusa te pondría si lo hiciese y no tuviera tanto que contarte o que decirte hasta que se acabe la batería. Me avergüenzo al intentar tener todo controlado y bien atado, cuando no sé hacerme el nudo ni en los zapatos ni en la corbata. Me ruborizo cuando te digo que nunca te mentiré y, encima, no te miento.

The Apprentice