DIARIO DE UN MENDRUGO (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo 18.
Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1.10.
Visita programada. Despacho profesional.
Día 20 de marzo de 2.006. A las 11:00 a.m.
- Buenos días, Sergio.
- Buenos días, Gerardo.
- ¿Qué tal el retiro?
- Bien. Muy ocupado. ¿Y tú? Se te ve feliz.
- Lo estoy.
- Me alegro. ¿Cuál es el motivo de tanto estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien?
- He pagado alguna deuda.
- Pero, ¿los psicólogos tenéis de eso? Con lo que ganáis.
- Sí; ya ves, Sergio. Con cinco o seis clientes como tú….. debemos hasta de callarnos.
- ¡Jo, es verdad! No te he pagado tus sesiones. Debe ser un pastón.
- Ni lo imaginas, Sergio.
- Perdona, tío. Te juro que el próximo día te traigo el dinero.
- No te preocupes. Tú sabrás qué es para ti una deuda pequeña. Además, no me refería a ese tipo de deudas.
- Ah ¿no?
- No.
- ¿Entonces?
- Son otras cosas que había pendientes.
- Como, ¿por ejemplo…….?
- Un café, una explicación, un intercambio, una sonrisa.
- Y….. un abrazo.
- Sí; y un abrazo. ¿Cómo lo sabes?
- Se lo debías.
- Pues sí. Se lo debía.
- Y ¿qué tal?
- Bien. Demasiado bien. Nunca pensé que un simple abrazo hiciera tan feliz.
- ¿Y el café?
- El café, donde compras la ONCE.
- Cachis. Hace una semana que no voy por ahí. ¿Me tendrán guardado los cupones?
- ¡Qué más da!: otra deuda pequeña.
- No te pitorrees de mí, ¿vale? Que para un día que te veo eufórico, tampoco tienes que pasarte.
- Perdona, hombre, es que me dejo llevar.
- ¿La explicación?
- La explicación, ya la explicaré. Se la debo a Sole. El otro día me preguntó por qué me ponía tan nervioso que me mirara.
- Y ¿se lo explicaste?
- No, me estaba mirando; y estaba nervioso.
- Ya. Y ¿cómo lo vas a hacer?
- Ni puta idea, tío. ¿Por escrito?
- Es un poco cursi, ¿no?
- Sí; se puede malinterpretar. ¿En video?
- Una prueba demasiado contundente. Se te puede volver en tu contra.
- ¿Por e-mail?
- Es moderno.
- Sí, pero no tiene PC. Es que es un poco dejadilla.
- Oye, que en este oficio se debe ligar tela, ¿no?
- Menos que los gases nobles, Sergio.
- ¡Venga ya! Que sé de lo que estoy hablando.
- Que no, Sergio. Además, cuando vienen aquí están todas jodidas, rotas, desesperadas; no son muy atractivas, aunque algunas son muy hermosas. Sólo quieren absorber de ti todo lo que pueden para redimir su alma; te fagocitan hasta que se recuperan. Entonces empiezan a venir radiantes, atractivas, glamourosas. En ese momento, sabes que es la penúltima cita. Luego suelen desaparecer y se echan en brazos de otro; o de otros. Supongo que es lo correcto.
- Eso no siempre es cierto.
- Tú ¿qué coño sabrás de eso?
- Mucho más de lo que te aventures a imaginar.
- Tú si que te debes poner las botas con el rollo ese de hacer sueños y buscar compulsivamente la paz. Suena al tipo ese de La Casa de la Pradera. ¿Cómo se llamaba?
- ¿Cuál? ¿El de Autopista Hacia el Cielo?
- Sí, Ese.
- Michael Landon.
- Ese. Debes enternecer a las más hermosas doncellas realizando sus sueños y llenándolas de palomitas blancas; debes de tener una geta que te la pisas y más muescas en tu fusil que Clint Eastwood.
- No me puedo quejar.
- Oye, Sergio: Con mi mujer no me la estarás pegando, ¿no?
- Pregúntale a ella.
- Está rara últimamente.
- Tiene motivos, Gerardo. Tiene motivos.
- ¿Sí?
- Sí. Tú eres el motivo.
- Y supongo que tu contribuyes un poco, ¿no?
- Sólo intento ayudar; esclarecer sus dudas.
- ¿A quién? ¿A ella; a mí; a mi maddrre….?
- A los cinco.
- ¿Cinco?
- Sí; a los cinco.
- Se te va la olla Sergio. Ya no sabes ni contar.
- Fui el primero en matemáticas. Quizá eso sea lo único que aún no he perdido: la olla. Supe morir antes de que se me fuera. Vi la locura demasiado cerca, demasiado guapa, demasiado seductora, demasiado amable. Por eso preferí acabar con todo. Con la esperanza de que después de la muerte hubiera algo.
- Y, ¿qué has encontrado?
- Te encontré a ti. Me habían hablado bien de ti.
- Ya estamos con los líos. Algún día me explicarás por qué has irrumpido así en mi vida.
- Sí; y, por el camino que van las cosas, seguramente antes de lo que piensas.
- Ya me estás poniendo nervioso.
- ¿Como Sole?
- No. Con ella es otro nerviosismo. Contigo es miedo.
- Pues yo doy la cara. Creo que estábamos de acuerdo en que a esas cosas que dan la cara no hay que temerlas.
- No estoy tan seguro de que la estés dando realmente.
- Puede que lleves razón. A lo mejor todo es una actuación. A lo mejor sólo eres un trabajo.
- Sí, de Highway to heaven.
- O de La Casa de la Pradera.
- La verdad es que estoy más ciego contigo que la Mary Ingels.
- ¡Jajaj! Muy agudo. Hoy vamos de cupones ¿no?
- Bueno, si quieres….. podemos apostar.
- ¿Apostar? ¿El qué?
- El que termino desenmascarándote antes que tú a mí.
- Yo no lo haría. Juego con ventaja. Como te dije, yo me documenté sobre ti. Tú, aún, no sabes nada de mí.
- Sí: que estás loco.
- Por ahí vas mal. ¡Ah! Por cierto. Que tu madre me dijo el otro día que a ver si te pasabas a verla, que te echa de menos.
- ¿Cuándo hablaste con ella?
- Ayer mismo. La tienes preocupada. Dice que trabajas demasiado y que no te ve bien.
- Luego la llamaré. La quiero mucho.
- Y ella lo sabe. Eres su ojito derecho.
- Normal. Tiene la tensión ocular alta y usa mis ojos para ver lo que ella no ve. Usa el derecho y el izquierdo.
- Gerardo: ¿qué intercambiaste?
- Mi diario. Se lo presté a alguien a cambio de correcciones.
- ¿A quién?
- Al bellezón. Pero no me manda las correcciones.
- A lo mejor no hay nada que corregir.
- A lo mejor ni lo ha leído. Siempre está medio despersonalizada. Me preocupa eso; y su maquillaje.
- No te entiendo.
- Ni falta que te hace.
- La despersonalización debe ser chunga.
- Mucho. Pero es peor el maquillaje. Con lo guapa que es…. Se sumerge en sus miserias y se olvida que los tonos tierra piden tonos tierra. Y que los ojos tristes no se iluminan, porque aumentan la tristeza; es mejor difuminarlos para evaporar la melancolía. Tampoco cae en que los labios carnosos si se pintan de rojo bermellón, parecen una manzana que oculta un gusano; y si se pintan marrones, parecen dunas en las que pasaría mil días haciendo el amor. Las pieles con brillo ya brillan solas; no necesitan deslumbrar pues ya se refleja uno en ellas; y apagarlas es un delito que merece ser penado con el ostracismo. Y lo más importante: que el que no la quiera, que se muera.
- Oye; ¿también entiendes de eso?
- ¿De qué?
- De maquillaje.
- Será mi lado gay.
- ¿También tienes de ese lado?
- Como todo buen acomplejado, Sergio; como todo buen acomplejado. La belleza es lo único que merece la pena en este jodido mundo (como dice Trecet). Y la belleza no entiende de sexo ni de estética. Y hay que buscarla como sea. Yo la encontré. Si no, que se lo pregunten a mi negra.
- ¿Al bellezón?
- Sí, a la que no me corrige el diario. Supongo que su maquillaje contribuye a su despersonalización y a que haya perdido el interés por mi diario.
- Si quieres le doy un toque.
- No hace falta. Ya está demasiado tocada.
- Eso del diario es interesante. ¿Sabes? Por él te conocí.
- ¿Por el diario?
- Sí. Lo tienes colgado en Internet.
- ¡Coño! Es verdad. ¿Y lo leíste allí?
- Sí, me avisaron y comencé a leerlo. Luego ya no me hizo falta el cíber. Diario de un mendrugo. Es bonito. Te pasa cada cosa.
- Si querías leerlo, sólo tenías que pedirlo. No hay nada que ocultar. ¿Quién te avisó?
- Se dice el pecado, pero no el pecador.
- Vale, paso de ti.
- Sí, la verdad es que no haces referencia alguna sobre mí en él.
- ¿Tan importante te crees en mi vida?
- Lo seré.
- Pues entonces saldrás en algún capítulo.
- Saldré. Eso lo sé. Voy a ser un punto de inflexión en tu vida.
- No. Ese punto de inflexión ya ha llegado.
- También lo sé. Si quieres hablamos del abrazo.
- ¡Serás cabrón! ¿Por qué te adelantas siempre a mis pensamientos?
- Porque puedo escucharte aunque no pueda verte. ¿Cómo fue?
- No pienso contártelo.
- Si estás deseando…
- Es verdad. Como ya dijimos, lo que no se comparte no se ha vivido.
- Pues vívelo.
- Mejor lo revivo.
- Eso te gustaría.
- No sabes cuánto.
- Venga, no te hagas rogar. Me tienes que explicar lo del muro de las lamentaciones.
- Pero bueno, tío. Ya me estás mosqueando seriamente.
- Hombre, es que pude escucharte; pero no pude verte.
- Eso fue una coña.
- Pero efectiva, se llevó el abrazo pendiente.
- Me regaló el mejor abrazo de la historia de los abrazos. Podría escribir una enciclopedia de los abrazos. Con el número uno podría regalar las tapas y un osito de peluche, para entrenar. Número uno: “El abrazo del oso”. Mira que hay formas diferentes de abrazar ¿eh? No había caído en ello nunca.
- Sí, supongo que tantas como personas.
- Qué va. La gente usa abrazos estándar: Abrazo de amiguete, tipo Torrente; abrazo de “vuelve a casa por navidad”; abrazo de Hugo Chaves a Bush (“Mister Danger; es usted: un borracho, un cobarde, un genocida; ¿por qué no me declara la guerra y después reconstruimos a medias el país? Yo pondré el petróleo y usted los ladrillos); abrazo de obispo bribón (ven aquí, hijo mío, que te voy a perdonar tus pecados a cambio de un buen donativo; y de camino, me sentiré como Dios); hay abrazos que te llenan la solapa de babas y abrazos de condolencia sin dolor; abrazos de “demuéstrame el amor que me tienes”, que van seguidos de un “por qué no siento nada cuando te abrazo”; hay abrazos de victorias y abrazos derrotados; pero, por encima de todos, está el abrazo del miércoles. Una borrachera de emociones; una orgía de sensaciones, de colores, de sabores, de gustos y texturas. Fue como cocinar un faisán a las finas yerbas con mermelada de naranja amarga, acompañado de crema de castañas con arándanos.
- Anda, cuenta.
- Esto no saldrá de aquí ¿verdad?
- Hombre, que soy un caballero; sé guardar un “secreto profesional”.
- Fue increíble. Sabes lo mal que lo pasó hace unos días y que no estuve a su altura.
- Sí, lo recuerdo. Toda una putada y una cagada profesional importante. No me digas que repetiste sesión.
- No. Fue diferente; muy diferente.
- ¿Qué pasó?
- Después de dos horas de “vete” “no me quiero ir”, le acompañé hasta la puerta. Le abrí y se recostó en el muro del marco de la puerta; el muro de las lamentaciones.
- ¡Ah! ¿Era eso?
- Sí; con la puerta abierta dobló los brazos por los codos y los acurrucó en su pecho. Alzó la cabeza con miedo; me miró con sus ojos verdes, que claman justicia y gritan libertad; con esos ojos que miran al mundo para que el mundo pueda mirar a través de ellos y encontrar lo que, seguramente, alguien un día llamó nirvana; y me dijo, juntando el pulgar y el índice de su mano izquierda: “¡¿un abrazo?!”
- ¡Jo, qué bonita debe ser!
- Es una maravilla. Le miraba desde mi distancia de seguridad y me sentí seguro al violarla. Estaba realmente preparado. Alargué mis manos, que no temblaban, y le dije. “Vale; ven aquí”
- Sigue, sigue.
- Entonces se puso carmesí, una lágrima brotó de su asustada mirada y volvió a encogerse, quizá, ante la sorpresa de mi reacción. Suspiró y, mirándome por encima de sus pestañas, volvió a preguntar: “¿No me va a pasar nada?”
- ¡Coño, Gerardo! ¿Estaba preparada?
- Sí. Cuando lo pide, es porque se atreve; porque confía en ella y en mí. Porque sabe que no va a doler mañana. Porque tiene más respuestas que dudas. Le contesté: ”Sabes que no; no te va a pasar nada. Pero si no estás segura…..“ Cerré la puerta, recorrí el iluminado pasillo y volví al oscuro despacho. Desde la penumbra la llamé: “Anda; ven”
- ¿Y vino?
- Se tomó un tiempo. Seguía en el muro de las lamentaciones, no sé si arrepentida o sopesando las ventajas e inconvenientes. No sé si debatiéndose entre dos titanes o dándose permiso, como mujer, para seguir siendo simplemente eso, mujer.
- ¿Y tú?
- La esperé. Estaba tranquilo. Seguro de que si atravesaba el pasillo, todo iba a ir bien. Que iba ser capaz. Que no le iba a hacer daño. Que sólo era un abrazo. Que estaba en deuda y que se lo merecía. Era feliz por saber que ahora sí lo deseaba. Estaba seguro de que la quería.
- ¡Qué fuerte!
- Todo lo contrario. Fue muy dulce. Se acercó mirándome con ternura. Le quité el bolso que llevaba en bandolera, pero no quise quitarle el chubasquero. Le cogí de sus doloridas manos, dimos un paso al frente, nos miramos un instante; y respiré hondo. La atraje hacia mí, ella se dejó llevar……. y ya está: Por fin juntos.
- ¡Que envidia, macho!
- Me siento envidiado por todo ser humano racional e irracional; por los perros y los gallipatos, por los geranios y las coliflores, por el níquel y por la arcilla. Yo temblaba como un niño; y ella se mareaba. Pero no se soltaba. Me tenía cogido con una fuerza de ochocientos mil kilopondios. A más pondios más temblor; y a más kilos, más mareo. Ninguno soltaba, para no precipitarnos en la resurrección de los vivos. Hubiera muerto esa noche en sus brazos. No me hubiera importado; ese abrazo habría sido el mejor epitafio.
- ¿Y qué ocurrió?
- Nada, no ocurrió nada. Estuvimos durante casi una hora así, abrazados. Ella mantenía una presión constante durante una hora; no se cómo lo hizo. Todo su cuerpo ejercía la misma presión. Desde sus muslos hasta su cabeza sobre mi hombro. Desde su vientre hasta sus maltrechas manos. Una hora en que todo nuestro cuerpo se besó; bailó sin moverse de la misma baldosa; se fundió; se reestructuraron nuestros órganos, se traspasaron su dolor, su distancia, su deseo, su necesidad de seguir juntos, casados en el más maravilloso abrazo. Al rato, dejé de temblar y sentí su temblor. Se lo dije y …… sonrió. No hubo palabras, tan sólo algún “te quiero”, “no me sueltes”. No hubo lágrimas, no hubo risas, sólo silencio, sensación de querer abrazarnos, de no querer terminar, de no querer sentirnos mal por ello, de mutua gratitud, de respeto mutuo, de amor del bueno, del que nadie puede reprochar, del que todo el mundo debería conocer, aunque sólo sea mediante un abrazo. Hubo un rato donde nuestras respiraciones se acompasaron, su vientre se hinchaba mientras se deshinchaba el mío; y donde el mío penetraba en el suyo mientras ella expiraba su dolor y aspiraba el olor de mi jersey. Nunca he sentido tanto un cuerpo que no he tomado.
- ¿No la besaste?
- No. No hacía falta. Fue más que eso. Fue comunión sin pecado. Fue traición sin engaño. Fue revolución sin dictador. Fue poeta sin Nueva York. Amor sin olvido. Recuerdo sin dolor.
- Ahora entiendo que estés feliz.
- Sí, muy feliz. Es que parecía que nos estábamos distanciando.
- Más quisiera yo tomar así las distancias.
- Pues nada, cuando quieras, ya sabes.
- ¿Me abrazarías?
- ¿A ti? Ni de coña, Sergio. Ya te ha salido tu lado gay.
- Jajaja, no es eso Gerardo, es que me lo estaba imaginando.
- ¿Te has reído?
- Sí, siempre me arrancas una sonrisa.
- Esa era la deuda que me quedaba. La sonrisa. Ya está pagada.
- Me has vencido.
- No. No se trata de ganar. Además, sospecho que aquí el único que va a perder voy a ser yo. Pero no me importa el final. Estoy disfrutando cada jugada de esta partida.
- ¿Y se fue?
- Claro.
- ¿La volverás a ver?
- Ni idea, Sergio. Eso es lo malo que tiene abrazar el cuerpo de otro.

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