DIARIO DE UN MENDRUGO (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1) Capítulo 20.
Diario de un mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1)
De: Gerardo Contreras Melero
Enviado el: March 30, 2006 22:32:14 PM
Para:rscastillejar@hotmail.com
Asunto:Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)
De por qué soy tan tímido y a veces hasta me sonrojo. Porque todo tiene un principio y un final; aunque no siempre una finalidad.
30 de marzo de 2.006.
Esto es una gran putada. No me gusta este tema, porque se me ve demasiado el plumero; pero las promesas hay que cumplirlas a cojones; y yo de eso, aunque en lo físico no estoy muy sobrado, sí lo estoy en el sentido bajofondero del término. Me jode, porque el final de este capítulo de mi vida va a coincidir con el final de lo que nunca debió haber sido y que, sin embargo, me ha hecho disfrutar de más vidas y emociones que la muerte de la madre de Bamby, el patético final gay de Casablanca, el reencuentro de Pedro y Heidi, la muerte de la peluquera en el Marido de Idem o la historia de incesto de Marco y su puta madre. En fin, perdona si hoy te escribo con tanta mala leche, pero es que tengo un cabreo de tal calibre que soy capaz de encontrar yo solito a Ben Laden y llevarlo frente a Bush, proponiéndole por el camino que le arranque a Mr. Danger el pescuezo y se deje de historias. Bueno, pues ahí vomito el final de la historia de mi timidez, que hoy se ha vuelto a apoderar de mí y espero no se separe ni un solo segundo más de mi lado. La odio, pero la necesito; me putea la vida y me impide vivir pegado a ti, pero me protege de mí; cuida de mis cuerdas vocales, que se olvidan de pertenecer a un ex-solista malo de un mal grupo de pop dedicado a los cuarenta que desafinaba serenatas. Prefiero que se abandonen al Philip Morris, que, no en demasiado tiempo, cobrará su factura y perderá a un cliente.
Tras el primer muerdo con la vasca, llegó el otoño y la vuelta a la rutina. Del cole a la puerta de Laura; de allí al deporte; y del deporte a pasar de my family. Jugando y jugando, por llamar la atención de “mi razón de ser”, entré en bachiller, en el equipo colegial de baloncesto, en el de balonmano; y también en razón, abandonando a los dieciséis años mi intención de conquistar al ser. Recuerdo que fue más simple que romántico. Todos mis amigos ya se daban el lote con cualquiera y yo, desde lo de la vasca, era más casto que Paloma Gómez Borrego, por lo que decidí comenzar a explorar el espantoso mundo de las frustraciones amorosas. Fue tan sencillo como dejar de ir media hora antes a la escuela (ahora comprendo por qué siempre llego tarde). Desde aquel día, me importa una mierda la puntualidad y, por su puesto, nunca he llegado en ningún aspecto de mi vida antes de tiempo, sino más bien al revés; contigo, dos lustros y medio tarde. Me voy superando (sigue así, Gerardito).
Acompañado de mi amigo Antonio Ramón, base suplente del equipo de baloncesto, comenzamos a seguir los gemelos de las pibas.
Antonio fue mi mejor antidepresivo para la culpable de mi vida de peliculero. Era metro sesenta y ocho de músculo puro. Siempre había sido gordito, hasta el verano de octavo; y siempre había sido tímido, hasta septiembre de primero de bachiller. Yo, que era el base titular y metro setenta y poco de fibra pura, supongo que por aliarme contra la competencia para destrozarla desde adentro, me hice su inseparable. Nos lo pasábamos de cine. Cuando ya no teníamos de qué coño reírnos, nos mirábamos y empezaba nuestra mayor distracción. Era más o menos así: Imagina. Dos adolescentes permanentemente empalmados y llenos de ganas de reír, que ya no se tienen nada que decir, caminan juntos por la calle. De repente, Antonio le dice a Gerardo.
- Oye, ¿hace una hostia?
Gerardo ríe; lo mira y responde:
- Hace.
Antonio se descojona y le endiña un hostión a Gerardo, que exagerando el evidente dolor, se revuelca y rueda por el capó de cualquier coche, debidamente aparcado, mientras exclama:
- ¡La virgen, qué hostia!
Tras reponerse del golpe y llorar (de risa él y de dolor yo), nos abrazamos y comentamos la jugada.
- Tío, te has pasao; joder, qué hostiazo.
- Que no ha sido para tanto, coño, que sólo te he marcado los cinco.
- No jodas, tío; que ahora tengo que llegar a casa y me cose el capitán a leches.
Tras recuperar el sentido y no más de cien metros mas abajo, se repetía la jugada pero al revés.
- Antonio.
Antonio empezaba a llorar de risa, porque sabía lo que tocaba.
- Dime.
- ¿Hace una hostia?
- Hace.
El se dejaba pegar y yo te juro que le daba con todas mis ganas. Ahora el que lloraba de risa era yo. Con ese ritual llegábamos hasta su casa; o hasta la mía. En fin, cosas de las hormonas.
Antonio: si hubieras seguido conmigo hoy no serías un postulante de Kiko Argüello, no te habrías casado con veinte años y no tendrías ocho hijos. Mira que te lo dije. Cuando vuelvas de Brasil, de formar tu comunidad (si consigues que algún piraillo de Dios te pague el billete de vuelta), si te pillo por la calle…….. te voy a dar una hostia.
Me avergüenzo de no ser capaz de sacarte de mi cabeza ni siquiera mientras duermo. Me asqueo cuando comprendo que la reciprocidad se ha perdido. Me sonrojo por no ser capaz de gritar de ti a los cuatro vientos.
En fin, de lo que hablábamos. Por mis brazos, que no por mi alcoba, pasaron, con más pena que gloria y cronológicamente hablando:
Esperanza. Tuvo suerte, no le marqué para nada; o quizás sí, ni le cogí de la mano. No hace mucho la vi en un furgón lleno de religiosas. Duramos seis meses. Lo dejamos por razones obvias.
Mari Angeles. Feilla con estilo y con una sonrisa y carcajada importantes. Lo pasamos bien. Con ella cogí mi primera borrachera y su correspondiente resaca y paliza paterna. Era de las primeras top-letistas españolas y supongo que me dejaría por un surfero. Nos descojonamos hasta en la despedida. Ocho meses.
Una que tenía nombre de planta, pero que no me acuerdo de qué familia, ni tipo, ni subtipo. Tenía un tipazo de muerte y era ninfómana a los quince. Comenzamos a salir por una apuesta con mi amigo Antonio Ramón. Un viernes por la tarde salimos de cañas. No recuerdo los quintos de Cruzcampo que nos habíamos bebido, pero en la mesa del bar “La Purísima” teníamos verdaderos problemas para encontrarle espacio al paquete de Fortuna. Llevaríamos allí desde las dos de la tarde y eran cerca de las ocho. De repente, Antonio me dijo: “¿A que no tienes huevos de declararte a la primera tía que pase?”. Y yo, por su puesto, dije: “Sí lo hago, ¿te dejas que te endiñe una hostia?”. Dijo: “Vale” (Una hostia es una hostia). Me levanté como pude y salí a la calle. Pasaron un par de tíos y después pasó la del nombre de flor.
- Oye; perdona, perdona.
- ¿Sí?
- ¿Puedo hablar un momento contigo?
- Bueno.
- Ven; entra y te tomas algo; si quieres.
- No tengo dinero.
- No importa, yo te invito.
- Vale.
Mi amigo Antonio, que no daba crédito, pues el vegetal estaba todo lo buena que se puede estar con quince años, se descojonaba en la mesa de al lado. Yo, al mirarlo, también me tronchaba, pero entre el alcohol y la inesperada reacción de la margarita, conseguí medio disimular. Recuerdo que pidió una Fanta de limón; y a mí, no se por qué, me dio por un café con leche. El camarero me miró, se encogió de hombros y dijo: “Tu mismo”. Llevé, intentando conservar la línea recta, las bebidas a la mesa. Escuche a Antonio decirle al camarero: “Llena, llena”. También escuché sus carcajadas a no más de metro y medio. Miré a la amapola y la veía doble. La enfoqué, cerrando un poquillo los ojos, y le dije: “Mira, creo que tu no me conoces”. Ella se calló; “pero yo a ti sí”. Ella se calló. “Es que, aunque no lo sepas, yo te llevo viendo desde hace dos semanas y me he enamorado de ti”. Miré de reojo a Antonio; no podía verlo aunque sí escuchar sus llantos, suspiros y carcajadas. Reconozco que a esas enormes distancias de 150 centímetros ya no veía una polla. Pero Antonio se acababa de ganar una hostia. Volvía a enfocar a geranio, que seguía en silencio, supongo que mirándome. “Bueno, pues eso, que ¿si quieres salir conmigo?”. No pude contener la risa y comencé a carcajearme en su corola, sus pétalos, su cáliz y sus pistilos. Antonio estaba literalmente tirado en el suelo, dando puñetazos de risa y yo no podía parar de reírme tampoco. El camarero, ante tal desatino, buscaba en la guía el número de los maderos. De repente, coliflor dijo: “Vale, si quieres salimos”. Antonio empezó a chillar y a mí se me cortó el café con leche con los doscientos quintos. El camarero marcó el número. Me salí a la puerta y eché la pota. Antonio gritaba y gritaba a pleno pulmón mientras salía del bar. Lechuga seguía en la mesa con la Fanta. Me limpié los ácidos y las babas y Antonio las lágrimas y la espuma cervecera. Nos dimos un abrazo; lloramos de risa unos instantes, cogí moco-aire y volví a entrar en el local. Miré a petunia y le dije: “Bien, pues mañana quedamos. ¿A qué hora?” “A las cinco me viene bien. ¿Cómo te llamas?” “¿Yo? Gerardo. ¿Y tu?” “Yo Lenteja.” “Pues hasta mañana, Cardo. Nos vemos aquí mismo.” Cebolla se levantó y se fue sonriéndome; yo pagué lo que se debía y salí a la calle, donde Antonio lloraba y decía: “¡qué cojones tienes! y ahora, ¿qué pollas vas a hacer?” Yo me descojoné de risa y le dije: “Ni puta idea tío”. Nos dolía el cuerpo de reírnos y teníamos los ojos apretados de tanto estirar la boca. Tanto, que no nos percatamos de la presencia de dos maderos. “Bueno; a ver, ¿aquí qué pasa?” Los miramos y nos descojonamos. Un madero hablaba con el tío del bareto y el otro, observaba a los dos gilipollas y mi pota. Preguntó, señalando a la pota: “¿Esto es vuestro?” Los dos, cogidos del hombro y con lágrimas en los ojos y, suspirando ya (más que riendo), dijimos: “Sí”. Te juro que no podíamos parar de reírnos y teníamos un tablón en todo lo alto, que nos sudaba la entrepierna dormir la mona en casa o en el calabozo. Total, dormir había que dormir. El otro madero salió y le dijo al señalador de vómitos: “Todo bien; ¿y éstos?” “Ciegos como perras, ¿no los ves?” Sacó su porra y en actitud amenazante añadió: “Anda, tirad pa casa, que vuestros padres ya tienen bastante”. Nos dimos la media vuelta agarrados del hombro y nos fuimos, dejando a los maderos sobre mi potorro. Por el camino, le calcé su hostia a Antonio.
Por supuesto, como siempre cumplo mis promesas, al día siguiente llegué a la cita, diez minutos tarde, pero llegué. Allí estaba Gardenia. Caminamos y terminamos en el césped de la Facultad de Ciencias, comiéndonos todo lo comestible del cuerpo humano. No salimos del césped en una semana; y yo, temiendo mucho por mi integridad física ante tanto sexo inseguro y acojonado por el más que probable embarazo no deseado, decidí hablar con ella y terminar con tanta lujuria. No estaba dispuesto a perder el virgo de aquella manera (seré idiota). La ruptura fue tan fácil como el compromiso. Se lo dije y dijo: “Vale”. La vi, tres años después, con uno que en el barrio llamaban “el Haba”. Estaba irreconocible el pobre, francamente delgado y ojeroso. Llevaba dos hijos de la mano, uno en un carrito y a Magnolia preñadísima a su lado. Me perdí mi primer polvo pero gané unos años de libertad. (Máquina Magnolia; que, escribiendo esto, me acabo de acordar de tu nombre.)
Me avergüenzo de haber perdido la sonrisa al escucharte y de no poder ponerle palo al tono de tu voz. Me avergüenza de no imaginarme ya como una mosca que simplemente sobrevuela y acompaña. Me sonrojo por mis pataletas al no comprarme papá lo que me apetece del kiosco.
María José. Fue mi primera experiencia con la anorexia y todavía no había decidido hacerme psicólogo. Ahora entiendo por qué me parecía que tenía las tetas demasiado grandes: No eran grandes, sólo desproporcionadas respecto a su famélico cuerpecillo. Tras pasar con ella una auténtica hambruna, pues nunca podíamos tomar nada, decidí dejarla. Duramos un embarazo. La dejé por Cristina.
Cristina. Ahí sí que me lucí. Le gustaba más a mi padre que a mí. Pedazo de mujer en todos los sentidos. Demasiado arroz para tan poco pollo y demasiado pija para un plebeyo. Ocho meses. Rompimos de mutuo acuerdo. Ella comprendió, que era demasiado arroz ; y yo vi claro que era poco pollo.
Tras Cristina llegó Doña Mercedes “no vengas, no llames, no escribas”. Cinco añitos de alienación. De eso no quiero ni hablar. Tan sólo diré que me dejó con una cartita enviada desde Torrenueva el día de mi cumpleaños. La carta rezaba únicamente lo arriba entrecomillado. Me pegué el mes de agosto y septiembre metido en la cama, sufriendo eso que el bellezón padece, pero no quiere nombrar. Como me aliené tanto, no tuve visita de amigo alguno, pues a todos fui abandonando en pos de “no vengas”. Mi familia tampoco fue gran apoyo, pues me había descolgado tanto de mis postizos y mis progenitores para estar con “no llames”, que para entonces éramos absolutos desconocidos. Tan sólo mi maddrre visitaba mi alcoba para traerme viandas, que se volvía a llevar destempladas. Mis estudios de biología tampoco me sirvieron de refugio, pues pasaba más tiempo adorando a “no escribas” que en la facultad. Total, un desastre. En septiembre volví a Granada y fui a un médico. Tenía puesta toda mi fe en él. Reconocí que solo no iba a salir de lo que el bellezón no admite tener y visité al psiquiatra. Entré en su consulta; ni me miró a la cara. Le conté que quería morirme y le expliqué la razón. Escribió algo que, por lo que pude ver, no tenía nada que ver con mi caso. Levantó un poco la cabeza y me dijo: “Bien, me has dicho que te llamas Gonzalo, ¿verdad? pues no te preocupes. Escríbeme tus sueños o me haces un dibujo de ellos, pide cita para la semana que viene a la enfermera y le pagas a ella. Todo se va a arreglar”. La consulta me costó quince mil de las antiguas. Salí de allí cagando leches, por supuesto, tras abonar sus honorarios. Recuerdo lo que pensé al salir, pero no lo pienso contar por respeto, pues todavía ejerce y no quiero querellas. Lo único que sé es que hizo magia, pues me curé yo solito al traspasar el umbral de su consulta. También decidí abandonar la carrera de biología y dedicarme a lo que el padre Santisteban, orientador del campo de concentración, me había comentado. Tenía un 99 sobre 100 de vocación sacerdotal. El cura se empeñó en alistarme, pero yo ya había probado la carne y no estaba dispuesto ha pasarme al vegetalismo. No obstante, por eso del servicio al prójimo, decidí hacerme psicólogo (gran error, debía haber estudiado psiquiatría. De quince en quince, se llega antes y mejor a final de mes; y no se trabajan los sábados; y menos, por su puesto, los domingos).
“No vengas, no llames, no escribas”, según supe más tarde, llevaba cuatro de los cinco años enrollada con un chico en Torrenueva. La verdad es que no me hizo sentir muy mal. El chico medía 1’90, era moreno con melena hasta las paletillas, ojos verdes, abdominales de pila de lavar; y, además, arquitecto y de Madrid. Hay que saber perder y retirarse a los aposentos cuando eres el rival más débil.
Como comprenderás, mi autoestima estaba bajo mínimos y no tenía muchas ganas de señoras, así que me dediqué a otras cosas. La música, como solista en un grupo de pop, el teatro, haciendo dos papeles en Superstar (Herodes y Anás; los dos gays)… volví a soñar con reencontrar a Laura, a la que nunca encontré; y a los dos meses, a la misoginia. Durante dos años, los dos primeros de Psicología, mi concepto de las mujeres y el aprecio que les profesaba no eran mayores a los que le he tenido siempre al “rey”. Para mí todas eran unas grandísimas putas; todas, incluidas mis hermanas, a excepción de mi maddrre, por ser vos quien sois; que si no también.
Mi pasión era hacerles todo el daño que pudiera; y mientras más rizado tuviesen el pelo y la voz más ronca, mayor el daño. Me encantaba ventilarme clones de Mercedes los fines de semana. El problema es que el daño me lo hacía yo, pues me sacié de Gomorra; y el disfrute, también. En la facultad, por asuntos de la ratio, tocábamos a unas nueve tías por señor, y yo hice uso de las nueve mías y las nueve de mi amigo José, que era de la calle del olvido. Mi odio hacia las mujeres era mayor que mi timidez y eso me ayudaba a realizarles promesas que nunca cumpliría, con tal de sacar lo único que por entonces pensaba que me podían ofrecer: nada.
La verdad es que aquello se fue pasando poco a poco; y la verdad es que también, de alguna forma, fui cogiendo confianza en mí y en las mujeres. Fui reencontrándome con mis hermanas y comprobé que ellas no eran putas; bueno, la reina rubia un pelín ligerilla de cascos sí que era (perdón, hermana). Más tarde conseguí tener hasta amigas en la facultad: La Pocha, La Maribel, La Irene, La Mireia, Tapón de Alberca, La Gloria, La Inma y La Candi. Nos lo pasábamos de puta madre las ocho, mi amigo Luis, José y un servidor. Yo era el único granaíno y, por mi trayectoria, me conocía la capital de punta a rabo, por lo que era el guía de la peña. Juerga diaria y trasnoche cotidiano. Volví a recuperar la normalidad y dejé mi timidez aparcada. Dejé la música y el teatro y me dediqué a estudiar, a mis deportes y a mis amigos. La Candi siempre estaba en segundo plano, pues era de un curso inferior al nuestro, pero cohabitaba con La Pocha y La Maribel. Luis y yo solíamos ir todas las tardes a tomar café y ver Topacio a su piso; comentábamos la mejores jugadas del culebrón y nos daban las doce de la noche allí, entre risas y litronas, sesiones de espiritismo, cotilleos insanos y apuestas sobre quién se beneficiaría antes a la profe de filosofía, que tenía unas piernas de muerte. La Candi se apuntaba a un bombardeo e iba rompiendo todo lo que intentaba transportar, pues sus manos, más que manos, parecen muñones (no gano para reponer vajillas y menaje del hogar. Tu madre no debía habértelas tenido vendadas los tres primeros años de vida. Eso es para los bonsáis).
Poco a poco se fue haciendo cotidiana en mis cafés, en mis problemas familiares, en mis broncas con Luis, en la homosexualidad de José. Para mí era como un tío más. En serio. Con el resto de las tías tenías, de alguna forma, que comportarte, controlar el lenguaje y en la vida se te podía ocurrir recolocarte un huevo en su presencia. Con La Candi podías hasta peerte si era preciso. Por eso, Luis, José y yo siempre contábamos con ella. Además, siempre se reía, aunque no se enterara del chiste. Se reía de su propia inocencia y de sus meteduras de pata. Eso la hacía diferente y encantadora. No había borrachera que no fuera patrocinada por ella y, si teníamos que meterle los dedos en la boca al Luis para que echara la pota y pudiésemos seguir de birras, no se cortaba un pelo. Con ella se hablaba de la vida y de la muerte, de desamores y de polvos en callejones oscuros; despotricabas y ella siempre escuchaba y simplemente . ….. estaba ahí, con los ojos miopes mas bonitos del mundo, sin prisa, deseando simplemente vivir, comerse el mundo a cucharadas de moka. Al acabar yo segundo y ella primero, al perder la beca, pues era de letras y se le atragantó la estadística, la biología y unas pocas juergas más de la cuenta, tuvo que irse a limpiar letrinas a un camping del Prat de Llobregat “calagogó”. Por supuesto, nuestra panda iría a visitarla durante el verano, y a mi me tocó coordinar la panda, para variar. Por eso de que las amistades de la universidad sólo son eso: de universidad, y como la santa sólo curraba durante el verano, el primer día parecía que íbamos a tener que alquilar un par de autocares para ir a verla, pero a la hora de la verdad, sólo fuimos la Placi y un servidor. Ella de todas formas estaba feliz porque iban a ir a verla desde Granada sus amigos; y eso que cada día que me llamaba, o yo a ella, tenía que ir diciéndole los descartes: a dos por día. Pero no le importaba; con que alguien fuera, ya estaba feliz. Ella es así. Al final todos se rajaron y tuve que buscar ayuda externa. La Placi, que ni era su amiga ni ná de ná, era compañera de batalla de quien te cuenta durante los veranos. Era una fanática de Prince y del amor libre. Yo nunca sabía si debía de entrarle o no, pues era la íntima amiga de mi hermana, la reina rubia. Sin embargo, sólo salía conmigo en verano (te la tenías que haber trajinado, mamón, que no te enteras). Todas las noches quedábamos y nos íbamos por nuestra Granada night de agosto; recorríamos todos los antros abiertos, pillábamos nuestro punto y cien duros de costo y nos poníamos a calentarnos verbalmente el uno al otro. Ni ella se atrevía ni yo me enteraba. Diez años después me enteré. El caso es que al comentarle el tema de la Candi y cómo coño me iba yo solo a verla, se apuntó sin problemas a las vacaciones en tienda de campaña de dos. Yo vi el cielo abierto, pues además me había esguinzado una rodilla y no estaba para tirar de mucho peso ni andar demasiado.
Me avergüenzo por no pensar en quien debo, por no amar a quien me ama, por amarte a ti. Me avergüenzo al mirarme en un espejo y solo reconocer de mí la cicatriz de mi brazo izquierdo. Me sonrojo al ver cómo vivo pendiente de un puñetero móvil.
Era el año 1.988 cuando entré en aquel camping y cuando la vi llegar con su bata estrecha de limpiadora, cuando monté la tienda de campaña y me condené libremente a cadena perpetua en la litera de arriba de su celda. Hace ya dieciocho años que estamos juntos; que juntos nos hemos amado, reído, llorado, discutido, reconciliado, viajado, comido, dormido, silenciado, adorado, abrazado, relatado, mentido, pillado, perdonado, distanciado, acercado, reunido, abandonado y envejecido. Alucino cuando no hace una semana que me dijo que se siente la mujer más afortunada del mundo porque está con el hombre más maravilloso, guapo, sexy, inteligente, excitante, bueno y simpático que nunca una mujer puede conocer. Que para ella siempre he sido su Marqués y que es muy feliz por ello.
Lo siento pero tengo que parar; estoy llorando. Esto no lo voy a terminar en la vida; por lo menos en esta vida.
Me avergüenzo de no meterle mano en el asiento de atrás a la que siempre viaja conmigo. Me avergüenzo de dar clases de vida sin haber sido honrado con ella. Me sonrojo por querer ser el primero habiendo llegado pasado mañana.

The Apprentice
gertru dijo
encantador. me gusta
23 Enero 2007 | 08:24 PM