Diario de un mendrugo (Diario alternatio a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo 21
Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1.12.
Visita forzada. Despacho profesional.
Día 14 de abril de 2.006. A las 18:00 p.m.
- Gerardo, ¡qué mal aspecto tienes!
- Peores son los hechos, Sergio. Anda, pasa.
- ¿Qué haces con todo apagado?
- Disfrutar.
- Extraña forma de disfrutar. ¿Qué te ocurre? ¿Cuánto tiempo llevas aquí encerrado? Huele fatal.
- ¿Encerrado? Nunca me había sentido tan libre. Hasta que llegas tú y lo jodes todo, como siempre.
- Estás muy delgado. ¿Desde cuándo no comes?
- Desde hace cuatro lunas.
- Ya; y cuatro atardeceres.
- ¿Se puede saber a qué has venido? Nos estábamos amando. Molestas.
- ¿Desde cuándo no te afeitas? ¿Desde cuándo no te duchas?
- Ahora va a resultar que hasta te preocupas de mí.
- Pues……. Sí.
- Anda, déjate de chorradas. ¿Qué es lo que quieres de mí?
- Parece que no te alegras de verme.
- Para ser sincero, estoy hasta los huevos de ti.
- Bueno, si quieres me marcho.
- Sí, eso quiero, que me dejes en paz. Ya sé cuál es tu juego y no me gusta que jueguen conmigo.
- No creo que sepas nada. Creo que debes de salir de aquí.
- Y, ¿a dónde voy a ir sin que me grites en la cabeza? Aquí, al menos, estoy acompañado.
- Pues no veo a nadie.
- Pues yo sí; y es preciosa. Y tú también la ves; pero como siempre, prefieres joderme.
- Creo que no estás bien. Deberías ir a un médico.
- Y tú al oculista. ¡Ja, ja!
- Pero, Gerardo, ¿no te das cuenta de que esto no es normal?
- ¿El qué? ¿El que estés siempre en mi cabeza gritándome lo que está bien y mal; y dando clases de psicología barata? ¡Vete ya! No quiero que estés aquí, en mi cabeza. Soy feliz cuando no estás.
- De acuerdo, tío, sólo vine para ayudar.
- Para ayudar a quién; ¿a mí?
- Eso no te lo puedo decir. Pero supongo que sí.
- ¡Dios, qué ruido! ¡Cuánto ruido!
- Pero si no se escucha nada.
- Te escucho a ti. ¡Cállate! Me va a explotar la cabeza. ¡Déjame con ella!
- ¿Con quién?, si aquí no hay nadie.
- Ya estás mintiendo otra vez. ¡Cállate!
- Voy a llamar a tu familia; esto no es normal.
- Si levantas el teléfono, te saco de mi cabeza de un solo golpe. Me reviento la cabeza contra el suelo y te vas; ¡ya verás cómo te vas!
- Vale, tranquilo. ¿Por qué te escondes en el rincón? ¡Levántate! ¡Quita las manos de la cabeza!
- ¡No, no, no! ¡Que se vaya, Rosa! ¡Dile que se vaya!
- Deja de llorar, Gerardo. Aquí no está Rosa. Aquí sólo estamos tú y yo. ¡Dios, qué fuerte! Pero, ¿qué estoy haciendo?
- ¡No, no, no! ¡Dile que se vaya, Rosa! Sólo quiero estar contigo.
- ¡Madre de Dios! Puto trabajo éste….
- ¡No me grites más! Sé que eres una voz en mi cabeza. Conozco el síntoma. ¡Vete, déjanos en paz! Por favor.
- Déjame que te ayude. Tienes que salir de aquí. Tu mujer me llamó diciendo que te habías encerrado aquí y que no abres la puerta a nadie. Que no trabajas y que no comes. Que esto se le ha ido de las manos. Que se nos ha ido de las manos.
- Yo ya no tengo mujer. Yo estoy bien aquí, con ella y con nuestras canciones. ¿Quieres escuchar una?
- Bueno; si quieres…
- Vale. Pero luego te vas.
- Como quieras.
- La voy a sacar a bailar.
- Bien, como desees.
- ¿La escuchas? ¿La ves?
- Gerardo. No escucho nada ni veo a nadie. Estás enfermo.
- No. Tú eres mi enfermedad. Sólo eres una alucinación auditiva. Y tienes que callarte porque te lo mando yo. Yo mando en mi cabeza, Sergio. Nunca has existido. Yo te construí.
- ¿Quieres que hablemos de eso?
- No quiero hablar contigo, eres un escombro.
- ¿Eso crees?
- Conozco mi oficio. Sé que vienes a controlarme y que me insertas pensamientos que no son míos. Que nuestras conversaciones son falsas, que son voces en mi cabeza hablando. Que todo es mentira.
- ¿Y la presencia de Rosa, ésa sí es real?
- No te permito que hables de ella. Ella está aquí. Ahora el que no puede verla ni escucharla eres tú. Has caído en tu propia trampa, cabrón. ¡Ja, ja, ja!
- ¿Y por qué no trabajas?
- ¿Es que no tengo derecho a vacaciones? Llevo doce años sin parar, ni los sábados, ni los domingos. Me he tomado unos días libres. ¿Algún problema?
- ¿Y por qué no se lo has dicho a Candi?
- Mira. Las parejas, a veces, necesitan tomarse un tiempo. Todavía no me he embarcado en Hondarribia. Sigo aquí. No sé por qué se lo toma tan mal. También habrá llamado a mi madre.
- No, no quiere preocuparla. Piensa que ella ha tenido la culpa.
- ¡Joder! En esta puta vida, ¿siempre tiene que haber algún culpable? ¡Qué coñazo con la religión, los pecados, las culpabilidades, las penas, las condenas y las penitencias! Dile, cuando la llames, o cuando te tomes la comunión con ella, que no tiene la culpa de nada. Que la vida es la vida.
- Se lo diré.
- ¿También estás en su cabeza? Eres una alucinación de lo más alucinante. Eres una alucinación juguetona, cachondona. Me cago……. en tu puta madre.
- No soy ninguna alucinación. Tócame si quieres.
- ¡Ni lo sueñes, vaya a que me guste!
- Eres un cachondo, hasta cuando estás ido.
- El que se va a ir eres tú, tío.
- Vale. Como quieras.
- ¿Creías que me podías engañar? Al principio no me di cuenta, pero Rosa me ayudó. Ahora lo entiendo todo y te recuerdo que yo te inventé y que yo te mataré.
- Eso no es tan fácil.
- ¡Quieres callarte? ¡Te lo ordeno!
- Vale. Pero no me moveré de aquí hasta asegurarme de que estás bien.
- Estoy mejor que nunca. ¿Verdad, Rosa? …… ¡Es guapa la jodía ¿eh?!……. ¡la quiero más!….
- Sí, Gerardo. Es guapa. Pero no está aquí.
- Entonces, ¿cómo sabes que es guapa?
- Os vi juntos en Granada.
- ¿Tú qué vas a ver, ni ver? Si sólo eres una puta voz. ¡Cállate y vete!
- Te equivocas. Me parece que quien no está es Rosa. Me parece que ella es la invención. Y espero, por tu bien, que así sea.
- No intentes competir con ella. En mi cabeza sólo hay espacio para uno. Y ese espacio es sólo para Rosa. Tú molestas, estorbas, eres ruina. ¡Vete!
- Mira, creo que voy a llamar a tu familia.
- Mi madre ya estuvo aquí hace unos días, ya hablé con ella.
- Lo sé.
- ¿Ves? ¿Cómo lo sabes? Lo sabes todo. Normal. Sólo eres ruido en mi cabeza. Siempre estás aquí.
- No, no es eso. Te dije que no podía verte, pero si escucharte.
- Por eso tienes mi mismo teléfono. Por eso siempre estás donde yo estoy. Por eso hasta paseas por mi casa como si fuera la tuya. Porque sólo eres una puta alucinación. Porque en realidad no existes.
- Soy más real de lo que me gustaría.
- Pues, ¡vete a tomar por el culo! Rosa: díselo tú. Con ella no puedes hablar. Eso es lo que te jode. Con ella sólo hablo yo.
- Te recuerdo que hablé con ella en tu presencia.
- Tú nunca has hablado con ella. Sólo fue por teléfono; y porque dejé el manos libres abierto.
- ¿Y por qué ella me escuchaba? Eso no cuadra, salvo que ella no estuviera presente; salvo que ella fuera el delirio. Ella no hablaba. Tú hablas de ella como si fuese real. Pero yo nunca la he escuchado. ¿No me la vas a presentar?
- Cállate. Sal de mi cabeza y de mi vida. Ella está aquí, conmigo; siempre está conmigo. Desde que me levanto hasta cuando sueño. Ella es mi vida. Mi razón de ser.
- Vaya, creí que ese honor era de Laura.
- Laura fue un principio, es un recuerdo de mi diario. Veo que te lo estudias. Normal. Lo escribo yo y tú mientras estás en mi cabeza. ¿Es que nunca te has enamorado?
- Te dije que sí. Hasta la médula. Pero no hasta la locura, Gerardo. Eso no es bueno. Te vas a quedar solo; completamente solo. En el mundo en el que estás envuelto, la traición se paga con la soledad y con la muerte.
- Dile a Candi que eso es muy cristiano de su parte. Yo no estoy traicionando a nadie. Toda la vida me he traicionado a mí, convenciéndome de estar enamorado de quien nunca lo estuve. Ahora soy honesto conmigo y amo; y a veces….. hasta soy amado.
- Tienes un problema, Gerardo; pero pronto vas a tener más de uno. El de ahora es emocional y espero que transitorio. Los demás van a ser muy reales. Déjalo ya, aún estás a tiempo.
- ¿Dejar de amar? ¿Y tú dices que estás enamorado?... ¡qué payaso eres!
- Mira, Gerardo. Me encantaría ayudarte pero, como te dije, morí hace unas cuantas lunas y ahora mi vida la dedico a otros menesteres. No me gustaría volver a mi vieja vida y esto me recuerda demasiado a ella.
- Pues lárgate. Déjanos en paz. Sólo quiero verla a ella, pensar en ella y vivir por, para, según, sin, so, sobre y tras Rosa.
- De acuerdo, me voy.
- Podrías pagar las consultas, aunque sea por equivocación.
- Vine el otro día y no estabas. Le di un cheque a Candi de trescientos euros. ¿No te lo ha dicho?
- No. Perdona. Es demasiado.
- No, conozco bien las tarifas del oficio. Es lo justo.
- Vale. Vete. No quiero volver a verte.
- Lo siento Gerardo. Me jode hacer esto. En serio. No sabes cuánto. Pero sólo es mi trabajo. No volverás a verme pero tendrás noticias de mí. Cuídate y acepta un consejo. Deja todo esto y vete a casa. Aún estás a tiempo de conservar algo de tu vida.
- Déjame en paz.
- De acuerdo. Pero…
- Pero nada. Que te largues.
- Bien; como quieras.
- Ah, y dile a mi santa que esta noche voy a casa; que no se agobie. Que sólo han sido unas vacaciones. Que sólo ocupo el espacio y tiempo que le sobra a Rosa; y que ahora ella se tiene que marchar de viaje. Que volveré a su lado. Pero que me tengo que despedir de ella. No volveré a verla en unos días.
- Gerardo. De veras. Eres un buen tío. Recupera la cordura y lo que puedas, antes de que sea demasiado tarde. Te aprecio. Espero que algún día puedas perdonarme.
- Adiós, Sergio. Vete para siempre.
- Adiós, Gerardo. Hasta siempre. Espero que lo comprendas.
Nota rescatada de la papelera de Gerardo:
Amada mía: ¿Habría alguna posibilidad de que amanezcas un solo día a mi lado y poder oler tu primer aliento? Si hubiera una sola posibilidad, te contaría que otra vez has sido mi primer y último pensamiento.
Querida mía: ¿habría alguna posibilidad de que te acurruques una sola mañana junto a mí y poder saborear tu sudor tempranero? Si hubiera una sola posibilidad, notarías que paso calor cada noche peleando contra monstruos laborales, con fantasmas familiares y todo por lo mucho que te quiero.
Bendita mía: ¿habría alguna posibilidad de contemplarte al alba mientras duermes, en paz y sonriendo? Si hubiera una sola posibilidad, reconocerías que te siento en ese momento, como cuando abandono mi cuerpo y me entrego al gozo de ser tu siervo.
Adorada mía: ¿habría alguna posibilidad de verte salir una sola mañana, fresca y limpia de la ducha? Si hubiera una sola posibilidad, te secaría muy lento, cuidando de esa piel que tanto siento cuando no la siento y que tan bien recuerdo.
Deseada mía: ¿habría alguna posibilidad de, por una vez, abrazar tu cuerpo desnudo? Si hubiera una sola posibilidad, ungiría con mis manos cada pliegue, cada estría, cada lunar y cada vello, intentando conservar en mis yemas su recuerdo y dejando en cada poro la esencia de mi amor peliculero.
Añorada mía: ¿habría alguna posibilidad de prepararte el desayuno y ver cómo te alimentas alguna mañana? Si hubiera una sola posibilidad no volvería a desayunar si no es en tu cocina, en tus platos, en tu asiento, a tu lado y en tu tiempo.
Soñada mía: ¿habría alguna posibilidad de acompañarla al trabajo una mañana? Si hubiera una sola posibilidad, cargaría con tus libros, tus artículos y caminaría hombro con hombro contigo, siendo el paje de la más hermosa reina de la colmena universitaria.
Pensada mía: ¿habría alguna posibilidad de colarme en tu laboratorio una mañana? Si hubiera una sola posibilidad, fregaría tus tubos y recolectaría tus plantas, me pelearía con tus competentes compañeros y metería todos los datos, mientras te observo disfrutar y sonreír escuchando tu musiquilla y retorciendo tu cuerpo.
Delirada mía: ¿habría alguna posibilidad de comprar con usted en el super un mediodía? Si hubiera una sola posibilidad, memorizaría cada producto y cada marca para llenar mi despensa de supervivencia de lo que comes y lo que bebes, por si algún día fuera cierto.
Llorada mía: ¿habría alguna posibilidad de ir de tapillas contigo o de algún almuerzo express? Si hubiera una sola posibilidad, me dedicaría a ver como expurgas la comida y seleccionas aquello que sólo te convence y te juro que esta vez no me iría sin decirte que te amo.
Anhelada mía: ¿habría alguna posibilidad de colarme en un café a su lado? Si hubiera una sola posibilidad, prometo no tomármelo con prisas, no intentar estar tan serio y beberme el capuchino de tus labios.
Estudiada mía: ¿habría alguna posibilidad de plantarme una tarde en tu curso de doctorado? Si hubiera una sola posibilidad, te juro que te los haría más amenos, pondría todas las muecas que recuerdo que hacían reír y pronto se te pasaría el muermo y tus ausencias.
(¡Coño! ¿Y quién llama ahora a la puerta? Seguro que es el Sergio.)

The Apprentice
Escribe un comentario