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Mendrugo: Pedazo de pan duro o desechado, y especialmente el sobrante que se suele dar a los mendigos. Hombre rudo, tonto, zoquete.

29 Enero 2007

Diario de un Mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1). Capítulo 23

Diario de un mendrugo (Diario alternativo a Trastorno de Identidad Disociativo. Caso 1)

De: Gerardo Contreras Melero
Enviado el: May 5, 2006 23:55:50 PM
Para:rscastillejar@hotmail.com
Asunto:Diario de un mendrugo (relato alternativo a crónicas del olvido)

De por qué soy tan tímido y a veces hasta me sonrojo. Porque todo tiene un principio y un final; aunque no siempre una finalidad.
5 de mayo de 2.006.

Me sentía feliz. Dos años después de abandonar mi misoginia, hasta volvía a tener novia. ¡Y qué novia! Era una muñeca y tenía un cuerpazo que colmaba todas mis fantasías sexuales desde mi infancia a mi adolescencia aún inconclusa. Además, estaba dispuesta a todo conmigo; hasta el final estaríamos juntos. Era verano cuando comenzamos a salir y como todos los veranos, en julio yo me ponía a currar de camarero; no para costearme los estudios, que me salían de gorra por ser hijo de la Melero, funcionaria del M.E.C., sino para costearme las juergas hasta navidad y correrme las bacanales veraniegas de gañote.

Todo iba bien; me sentía importante, guapo, fuerte, tiposo, venerado….. Lo tenía todo. Estudiaba lo que me gustaba, mis amigos eran los mejores del mundo, tenía a la mejor chica a la que un hombre pudiera aspirar (le gustaría hasta a mi maddrre), había aprobado todo brillantemente y comenzaba el verano y sus aventuras con Juande, Pedro, el Negro, Marta, Irene, Elo y sus peíllos, y Luis Fe y su trastorno psicótico encantador. Nada podía joder el subidón de autoestima y de seguridad en mí mismo. El deporte, los amigos, las juergas, todo se podía llevar adelante y todo lo llevaba de dulce, menos mis relaciones paternas; pero a eso ya me había acostumbrado.

El Pantano del Cubillas era mi epicentro veraniego y las madrugadas bajo la luna y entre tertulias, risas y litronas con mis amigos al final del trabajo, era el momento más esperado del día, después de charlar con “mi chica”. Todo estaba bien, bien, muy bien, demasiado bien para no ser jodido.

Mi amada volvía el siete de septiembre para examinarse de estadística y biología. Llegaría de mañana y yo iría a recogerla a la facultad para iniciar realmente nuestra relación, pues no habíamos disfrutado de ella, salvo aquella semana en el camping; y siempre escoltado por la Placi y su hermana. Teníamos tantos planes……..

Era el día seis de septiembre y yo no había cobrado mi salario de agosto, así que volví al Pantano a buscar al “calvo” para que me pagara. Mi familia y yo nos habíamos ido a Granada nada más acabar el mes e agosto, pues alguno de mis postizos tenía que hacer uso de la convocatoria de septiembre. Cogí mi autobús en San Juan de Dios y llegué al restaurante, por cuarto día consecutivo, a ver si “el calvo” se dignaba en pagar. Por supuesto, “el calvo” me dijo que esperara, que luego me traía el dinero. Otra vez me hacía ir para nada. Aproveché la jornada echándole una mano en el bar; total, no tenía otra cosa que hacer. Pasó la mañana y comenzó a caer la tarde; la última guagua la había perdido y “el calvo” sin aparecer. Tenía dos problemas: Mi pasta, necesaria para hacerle a Candi un regalo de bienvenida, y el transporte. Tenía que volver a Granada y no sabía cómo. Como lo primero volví a verlo jodido, me entregué a lo segundo. Pregunté a todo el mundo conocido y por conocer, pero nadie iba a capital city. Al final caí en Fali, el administrador, que solía terminar tarde y pirarse a la urbe para consumir un par de gintonic y pegarse algún despiste con el hachís.

Era un tipo genial, lo más parecido a Antonio Flores en lo físico y en lo personal. Se lo pedí y en seguida me dijo que sí (¡puta mierda!). El salía del curro sobre las nueve y yo lo esperaría en el bar de abajo. En el Pantano hay tres bares: el Mesón, donde curraba yo; “el de abajo”, regentado ese año por Javi y Cuqui y “el Kiosco”, bar de copas nocturno al aire libre. Recuerdo ahora ese día como no lo había hecho antes. Estuve toda la tarde en la cocina aprendiendo a hacer la masa de las pizzas y la salsa de tomate, charlando con Javi y su mujer sobre mi carrera y mi novia. Fali llegó sobre las nueve y diez y venía solo. Pidió su ginebra y le pregunté si nos íbamos. Me dijo que esperara un momento, que había quedado con alguien.

Yo no tenía mucha prisa; no había cobrado y había perdido la esperanza de hacerlo y, total, me estaba poniendo a gusto de ron con limón y de pizza napolitana. A veces me asomaba a la barra y Fali seguía solo. Volví a las pizzas y a reírme con las cocineras. En uno de mis asomos para fisgonear a Fali, lo vi charlando con una mujer. Era su ex novia Carmina. Charlaban de forma un poco airada y no entendía qué pasaba. Solo sé que pidió su segunda copa y yo le advertí que tenía que conducir. Me miró con la mirada de “que te den por culo, cabrón” y empecé a pensar seriamente en quedarme a dormir, pero dónde. De repente carambola a tres bandas. Apareció en la cocina “el calvo” con mi sobre lleno de pasta, Carmina se marchó y Fali entró en la cocina, nervioso, y me dijo: “Nos vamos”. Por su puesto que nos vamos. Nos metimos en su blanco Mini-Morris. Me dijo que quería emborracharse y yo le dije que “vale”. Que nos emborracharíamos en Granada si quería. Que por pelas no había problema. Comenzó a llorar y le pregunté el motivo.

- Esta vida es una puta mierda, Gerardo.
- ¿Por qué, Fali? ¿Qué ha pasado?
- Hoy solo quiero coger todas las curvas a 140.
- Fali, ¿qué te pasa?
- ¿La has visto?
- Sí, ¡qué guapa es!
- Es la única mujer a la que puedo amar, Gerardo.
- Lo entiendo. ¿Por qué lo dejasteis?
- Siempre he sido poco para ella, o para el cabrón de su padre.
- Pero, ¿la quieres?
- Con toda mi alma. ¡Estoy hasta la polla!
- ¿Ella no te quiere?
- ¿Sabes a qué ha venido?
- No, la verdad es que me ha extrañado veros juntos, sabiendo lo vuestro.
- Ha venido a decirme que se casa la semana que viene con el pijo político ese, que tan bien le cae al gordo de su padre.
- ¡Joder, qué putada!
- ¡Me quiero morir, tío!
- Venga, Fali. Si quieres….. nos quedamos.
- No, quiero conducir. Quiero sentir las curvas a 140.
- Joder, tío; lo siento. Ella se lo pierde.
- No, tío, me lo pierdo yo. Y me lo pierdo para siempre.
- ¿Qué puedo hacer por ti?
- Ve liándote un canuto.
- Vale. ¿Tienes papel?
- Sí, toma. Busca música en la radio y dale caña.

Fali y yo salimos a las once de la noche del Pantano del Cubillas y él nunca regresó. Cogió la primera curva a 140 kilómetros por hora y reventamos su Mini Morris contra la valla protectora de la presa del Pantano. Su cuerpo inerte salió por mi ventanilla, según el forense, fracturándome en tres mi húmero izquierdo, siete costillas, el astrágalo de mi tobillo y esguinzando mi cuerpo en sesenta y nueve lugares diferentes; además de provocarme una lesión del sistema límbico, que impide que ingiera alcohol destilado, si no quiero que mi comportamiento se desinhiba. Sólo recuerdo del golpe que la última palabra que escuche fue: “agárrate, tío, que nos matamos”; y que la última imagen que recuerdo fue la cara de Candi diciéndome: “te quiero”. A las once y media de la noche un camión se atravesó en la carretera y yo recobré el conocimiento. Comencé a llamar a Fali por todos los sitios, sin sentir el más mínimo dolor. No estaba en el coche y no estaba en la carretera. El camionero corría hacia mí intentando detenerme y yo, más fuerte, gritaba su nombre. Instintivamente me asomé a la presa, que no tenía ni una gota de agua, y allí lo vi reventado. Me quise tirar por él, pero me cogió el camionero. En ese momento noté que no podía respirar, pues una costilla pinchaba mi pulmón. El camionero sin nombre detuvo un golf negro y obligó a los dos chavales a que me llevaran a Trauma. Allí me sedaron y cinco minutos después apareció mi familia, mientras yo lloraba la puta mierda de vida. Me drogaron los médicos y me metieron en una habitación, al lado de un hombre mayor, que también falleció aquella noche. Así empecé mi noviazgo con Candi. Politraumatizado, con un cadáver en mi conciencia y en la página de sucesos de la mañana.

Me avergüenzo al permitir y potenciar tu disfrute en otros brazos, me avergüenzo por darte pautas para tu felicidad sin mí. Me sonrojo cuando me quedo en el banquillo mirando como los demás juegan al juego que mejor juego y que más me gusta.

Tras aquello, dos años de médicos, de operaciones, de rehabilitaciones, de juzgados y forenses, de compañías de seguros y de visionado de fotos, cada quince días en Plaza Nueva, de Fali, muerto en la presa. Dos años para reinventar una vida sin deporte, para tirarme al fango y a los “placeres” de la noche granadina, dos años de borracheras con Paco Potas y de porros con el primero que tuviera cien duros de costo. Dos años para ver un cuerpo atlético convertirse en el tipo pícnico que soy ahora; dos años para envejecer a disgustos a mi maddrre, que esperaba cada noche la llegada de su “sin rumbo”. Dos años tardó mi padre en entrar a mi habitación a las dos de la tarde, un martes. Supongo que intentaba recuperarme de la resaca del lunes cuando hizo su aparición. Como en los momentos importantes, fue breve pero contundente: “Mira, Gerardo: Tengo siete hijos y de ellos tú eres el más inteligente. Entiendo que estés hecho polvo por todo esto, pero tus hermanos y nosotros estamos también sufriendo. No sé cómo lo vas a hacer, pero estoy seguro que encontrarás la manera de terminar con ésto”. Cerró la puerta y se fue. Me hubiera encantado que me hubiese abrazado o que me hubiese dicho “te quiero”; pero eso es pedir peras al olmo; así que me abracé a mi almohada y lloré solo. Supongo que ese día aprendí a apretar los dientes. Decidí terminar la carrera y nunca más bebí ron con limón ni fumé un canuto. Supongo que era la primera vez que mi padre, de manera velada, depositaba su confianza en mí y no podía fallarle. Nunca lo he vuelto a hacer, creo.

Tras la carrera, preparación de oposiciones y el Sr. Chaves que las congela de forma indefinida (cinco años). Así que a buscar trabajo y a encontrarme sin curro. Decidí abrir mi propia consulta, en contra de la voluntad paterna y materna. A partir de allí inicio de mi trastorno paranoide. Si venían clientes, miedo al fracaso y si no, “complot internacional contra mí”. Después me casé por amor y mi vida seguía marcada por mi paranoia profesional. Temporadas de subidón, temporadas de “no valgo para nada”. Formamos nuestro grupo inversor y me hipotequé para los siguientes quince años. Brote paranoide fuerte. No podré pagar la hipoteca. Poco a poco me fui haciendo popular en el pueblo. Lo sé porque de mí se rumoreaba de todo. Que si era maricón, que si me tiraba a mis clientas, que si me había separado de mi mujer, que si estaba ganando un pastón que te cagas, que si me había comprado una finca en Alhama, que si estaba en la ruina, que si no guardaba el secreto profesional, que si era un profesional como la copa de un pino…., etc. Pero la caja sonaba y el negocio prosperaba. Que hablasen lo que les saliese del alma, aunque fuera mal. Aunque cada vez que hablaban mal, paranoia al canto, depre al canto y búsqueda de salidas a ningún problema. Los hijos ni venían de París ni se buscaban entre las sábanas y “mi chica” empezaba a sospechar de todo y yo a justificar la nada. Así hasta el año 2.002.

Era más o menos por mayo cuando uno de mis conocidos en el pueblo me ofreció la posibilidad de forma parte de la directiva del club de fútbol local. Según él, sólo tenía que enviar un fax a la Federación, otro a la guardia civil los días de partido y otro al equipo contrario cuando jugáramos en casa. A cambio, recorreríamos mi esposa y yo, por la cara, los más hermosos pueblos de cuatro provincias andaluzas: Jaén, Almería, Málaga y Granada, subidos con el equipo entre cantos y algarabía, en el bus oficial. ¿Quién podía negarse? Además, este pueblo me había dado tanto que de alguna manera debía de agradecérselo; y qué mejor manera que participando en algún club o asociación de forma “altruista”. Mi esposa estaba encantada. Por fin tendría la cabeza ocupada en otras cosas que no fueran mis paranoias.

El altruismo me salió por cerca de los cinco millones de las antiguas durante los tres años de directiva. El primero fui secretario y hasta cambié la imagen corporativa del equipo (craso error, pues me hice demasiado visible y populoso). Como el presi se había fugado con presuntamente cuarenta kilos de la empresa en la que trabajaba, toda la directiva se fue arrojando de la patera a la deriva. Todos menos mi amigo Jesús y el menda. El segundo ya hacía funciones de secretario y tesorero, jugándome mi propio tesoro. Y para postre, el tercero fui secretario, tesorero, presidente, utillero, delegado, recogepelotas, encargado de megafonía, jefe de prensa, taquillero, pagador de cenas de hermandad, colgador de vallas publicitarias, hacedor de bocadillos y hasta tuve que dirigir un día a los cadetes; ¡ah! y permití que un mago simulara mi decapitación en el círculo central para mofa y diversión de los allí presentes. Alguno gritó: “¡Córtasela de verdad!” Por supuesto, no visité con mi señora pueblo maravilloso alguno; más bien no la vi, salvo llorar de soledad y de impotencia, en esos tres años. Y si fuera poco, volviendo de un partido, me volvía fracturar, ahora, mi tobillo derecho (tibia, peroné, maleolo y también los ligamentos, que algún día de aquellos me operaré). Mi cabeza, es verdad, se quedó despejada, más calva que el culo de un bebé; mi vida familiar quedó reducida a la nada y mal atendía a mi consulta profesional, entre acreedor y mercenario de esto del fútbol. Y, por supuesto, encima, criticadísimo. En fin, todo un acierto lo mío.
Estaba en lo más profundo del retrete en lo personal, profesional, económico, emocional, social, familiar y hasta deportivo. El equipo se salvó, pues, en el último minuto, alguien del Mancha Real C.F. (o ellos o nosotros bajábamos de categoría) tiró al póster, que si no, hasta me tendría que haber pirado del pueblo con más pena que gloria, con cinco kilos menos y diez arrobas cerveceras más. Como comprenderás, amada mía, lo mío iba de lo más cuesta arriba.

Me avergüenzo de no tirarme al tren cuando pasaba tantas noches tan cerca. Me avergüenzo de haber abandonado todo aquello que siempre consideré sagrado e importante. Me sonrojo cuando veo tanto daño y tanto fracaso.

Bien, pues ya por fin se acaba la historia de la timidez. La acabaste tú al preguntarme por mi timidez. Como comprenderás, mis valores cotizaban en bolsa a la baja, cada día más vivía por inercia y por pagar los préstamos, fuese al precio que fuese. Cada mañana me avergonzaba hasta de salir a la calle y los días se hacían demasiado largos y duros. El fútbol acabó el 31 de mayo y de nuevo a empezar de menos cinco millones y con mil críticas y cien mil reproches más. No iba a aguantarlo. Y cuando ya no te apetece ni quitar los pocos pelos que se te caen en la bañera, cuando crees que ya no se puede acumular más desorden en tu mesa de despacho y en tu vida, cuando nunca encuentras la hora para volver a casa y echarte a la cara a la mujer que has destrozado por tu “mala cabeza”, cuando realmente estás a punto de mandarlo todo al carajo y no quieres buscar rincones en el mundo donde ser feliz, el diez de junio, se obró el milagro.

No tengo ni puta idea de los días que habías estado en consulta. Recuerdo que siempre me fuiste simpática y que nunca realizabas las tareas entre sesiones. Recuerdo que hablabas de tus problemas como el que cuenta un espectáculo de Brodway. Recuerdo que siempre intentabas atrasar la cita y que hablábamos de mil cosas que no eran importantes y recuerdo que pagabas religiosamente las visitas. No te importaba esperar media hora o hasta más si llegaba tarde; y era divertido estar frente a ti, porque sólo estabas, nada más y nada menos.

Pero ese día me fijé en algo que nunca había observado. Yo andaba seguramente buscando, mientras me contabas tus cosas de laboratorio, forma de desaparecer de este puto mundo. Sin saber por qué de repente agachaste la cabeza. Te quedaste en silencio con tu melena sobre el rostro. Hasta ese día nunca había aguantado los silencios y menos en mi consulta. Tenía normalmente que romper los silencios con alguna pregunta inteligente aunque innecesaria y te juro que estaba tan hasta los huevos que ni me ocupé de ello. Tan sólo me quedé en silencio, mirándote, esperando que fueses tú la que hablases. Fue el primer silencio que me dio igual y la antesala de nuestros amados y sentidos silencios, de esos silencios nuestros que tanto gritan.

Pasaron unos segundos y mi cabeza estaba en blanco, a la espera; no había nada sucio en ella por primera vez en años. Levantaste la cabeza, me miraste llorando y me rompí por dentro y por fuera. Solo dijiste: “soy un desastre. Esto ¿se me va a quitar alguna vez?”. Me mirabas necesitando mi ayuda, suplicando que no te dejase sola, que no sabías salir de esto por ti misma. Yo me juré ese día no dejarte nunca más. Nunca hasta ese día me había fijado en que tus ojos eran verdes, nunca hasta ese día había observado que tu boca era perfecta; nunca hasta ese día me había dado cuenta de que tus hombros eran tan fuertes y tus caderas tan estrechas. Nunca, hasta esa mañana, me había dado cuenta de que realmente sufrías cada vez que retorcías tu cuerpo. Nunca, hasta ese día, había escuchado una voz tan tierna pidiendo mi ayuda.

Ese día, Rosa, me di cuenta de que te amaba y empecé a gustarme para gustarte a ti. Nunca te dije nada, pero te convertiste en mi filosofía de vida, en mi razón para seguir viviendo. Volví a mi trabajo como si fuese el primer día que ejercía; me olvidé de los préstamos y embargué hasta el último de mis esfuerzos para que te pusieras bien; hasta comencé este diario para ti y hasta abrí mi propio blog para compartir mis sentimientos con el mundo. Hoy tengo que lanzarme a por todas, todo a mi alrededor se ha vuelto demasiado complicado y mi apuesta tienes que ser tú. Como sé que mañana tenemos cita y que no leerás este correo hasta que llegues por la noche, voy a atreverme a enviártelo, con la seguridad de que mañana hablaremos de lo nuestro seriamente.

Por fin, joder, acabó mi timidez. Espero que para siempre. Hasta mañana, mi amor.

servido por nadavabien 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

BLANCA

BLANCA dijo

ME GUSTARIA MUCHISIMO QUE CASI TODO LO QUE HAS ESCRITO EN ESTA NOVELA FUESE CIERTO

25 Junio 2008 | 08:53 PM

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Sobre mí

RelojesWebEspana!
Gustavo Cabrera Coronas, de padre Médico – Militar y madre Doctora en Filosofía y Letras. Nace en Melilla en 1.967, siendo el tercero de siete hermanos. Inicia sus estudios en los Hermanos Maristas de Granada pasando, posteriormente, a la Facultad de Psicología, terminando en 1.992 y donde conoce a la que es su pilar más inquebrantable: MARIBEL. Recuerda desde los cinco años sus paradas en el “TAXI” y en el “QUINTANA” – bares de su LOJA – para que su hermana MARTA evacuara, mientras la familia daba cuenta de los tejeringos y el café; de ahí que en 1.995 se estableciese en esta localidad y pusiese su clínica especializada en Psicología Clínica e Infantil junto a su esposa. Para Gustavo es esta su primera andadura literaria; no así para el resto de la familia donde destaca el menor de los hermanos, ALVARO, el cual ya ha recibido relevantes premios literarios. Esperamos que él le ande a la zaga y que les guste este relato. JMFCR
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