Diario de un Mendrugo. (Diario alternativo a Trastorno de identidad disociativo. Caso 1). Antepenúltimo episodio.
Una sensación de enorme vacío y una vergüenza infinita se apoderaron de mí. Por mi cabeza pasó la imagen de Candi llegando rota a su casa, la cara de mi suegra y mis cuñados, mi madrre y el coronel, el rey y mi hermano Pedro. Mis amigos y hasta tu cara. Dios, ahora qué iba a hacer. Me levanté corriendo con los pantalones aún bajados y corrí hacia el segundo sobre. Lo abrí con avidez y con pánico. Mejor te dejaré que lo leas tú misma:
Estimado Gerardo: Supongo que cuando lea estas letras, su vida se habrá deshecho en mil pedazos. Bien sabe usted que de una manera u otra, traté de advertirle de los riesgos que corría de seguir en el empeño de mantener un amor prohibido y una presunta relación extramatrimonial.
Cuando entré en su despacho por primera vez, reconozco que me sentí identificado con usted por varios aspectos. Yo he dedicado gran parte de mi vida a intentar curar a la gente de sus vapores y sus melancolías, de sus emociones más incontrolables y de sus pasiones más prohibidas. Como le expliqué en aquella visita, acababa de nacer tan solo hacía dos lunas. Y no le mentí. Conozco a su mujer desde que éramos niños. Dos Torres es una pequeña localidad del Valle de los Pedroches, del que Pozoblanco es cabeza de partido. Es por ello que el bachiller lo cursábamos en el Instituto del pueblo de su mujer, donde la conocí. No la había vuelto a ver en muchos años, pese a haber realizado, al igual que ella, estudios de Psicología; pero a diferencia de Candi, yo los realicé en Sevilla, donde tengo afincada familia y donde abrí mi despacho. Durante toda mi vida profesional, he visto desfilar por mi consulta ilusiones y desventuras de pobres desgraciados que vaciaban sus entrañas en mi diván (por cierto, el suyo es precioso y fashion). Durante los diez años en los que dediqué mi vida al dolor ajeno, siempre supe que algún día cambiaría mi existencia por culpa de mi trabajo. Demasiada implicación ¿verdad? Demasiada entrega para poca recompensa. Demasiada lealtad para tanta traición.
Mi vida emocional y personal no importaba. Sólo el sufrimiento del otro, las sesiones y la caja de caudales llenas de facturas por pagar. Noches estudiando formas de arreglar vidas, almuerzos en el despacho con la lata de atún y un tenedor prestado por la vecina, que siempre se ocupaba de que comiera algo. Navidades haciendo kilómetros detrás de individuos que buscaban un olivo donde acabar con todo. Veranos en la playa pegado a un auricular, secando lágrimas de cocodrilo. Al final pasó lo que tenía que pasar. Entró en la consulta el día equivocado, a la hora equivocada, quien me haría contratransferenciarme para siempre. ¿Le suena? Qué ironía de la vida. Fue el caso más intenso, el más peleado, estudiado hasta el último detalle, implicado como si de mi vida se tratase. Si, amigo Gerardo, yo también me enamoré. Me enamoré tanto que perdí el rumbo. Debí haberla derivado, pero no lo hice; y ese fue mi error. Me aparté de su sufrimiento y me perdí en su escote y en su mirada. Me olvidé de sus llantos y me dediqué a beberme sus lágrimas. Me escondí de sus deseos de tánatos y me entregué a desearla para siempre conmigo, en mi alcoba. Fantaseé con su cuerpo desnudo entre sus sábanas y dejé a un lado sus fantasías de muerte. No escuché sus palabras y me comí sus labios. Desatendí la montaña de razones para no seguir viva y me dediqué a escalar con mis manos sus caderas, su barriga y sus nalgas. Y ella se entregó a mí con toda su fe y con su poco dinero. Se entregaba a amarme para amarse un poco; y yo creí que nuestro amor la salvaría.
Fui feliz con ello hasta el uno de enero de 2.005. Teníamos que recibir el año juntos y lo teníamos todo preparado: Nuestro compact con “las canciones que me acercaron a ti”, nuestros donuts de chocolate y nuestra peli favorita (“El marido de la peluquera”). Bailaríamos el moro hasta el amanecer, nos reiríamos de nuestros michelines y le besaría los pies (son los únicos pies que no me han dado asco). Después, sencillamente, nos quedaríamos en silencio, abrazados, sin prisas; algún beso robado y algún otro pactado. Sólo eso. Pero no acudió a la cita.
Me inquieté y decidí llamarla; siempre había sido británicamente puntual. Su teléfono estaba apagado. Llamé a su otro número, el privado. Tampoco estaba operativo. Decidí ir a buscarla. Me agarré al volante como quien se agarra a su último aliento y corrí, corrí todo lo que pude. Llegué a su apartamento y toqué; su coche estaba en la puerta y ella estaría dormida. Por un momento suspiré aliviado, pero nadie abría la puerta. Volví a tocar, esta vez más intensamente, y comencé a gritar su nombre. Nadie abrió. Tan sólo se asomó una vecina que me dijo: “esta mañana no ha salido por el pan”. Llamé a la policía. Tardaron dos horas en venir. Llamaron y llamaron; y echaron la puerta abajo. Tras el madero entré yo; corrí a su dormitorio y no estaba. La cama estaba sin deshacer. Corrí a la cocina y en la puerta del baño el madero me detuvo. Me dijo que no entrara. Allí estaba Matilde, en la bañera, ensangrentada. Decidí dejarlo todo. No quise continuar con mi oficio. Me dediqué a buscar la muerte por las tabernas y a llorarle mis penas al “Ratón” de mi barrio. No tenía sentido nada; la había matado. No hubo juicio ni sumario. Nadie reclamó su cuerpo. Ni si quiera yo. Fue un asco. Estuve así unos meses, huyendo de los bancos y de cualquier persona que pudiese reconocerme. Lo dejé todo, el despacho y el móvil; la agenda y los horarios. Como hay que tener un par de huevos para matarse, y yo de eso no estoy muy sobrado, cuando ya los cajeros secuestraron mi tarjeta y mi familia se negó a ayudarme, tuve que empezar a buscar trabajo. Por supuesto, no iba a ser psicólogo nunca más. Sólo sabía hacer eso y mi otra profesión, pero no me apetecía iniciar otro negocio. Trabajé eventualmente como extra en bodas y bautizos, pero no soportaba las fiestas. Curré en el campo, pero descubrí que mi cartilla inmunológica no incluía a las gramíneas. Trabajé en una forja, pero llegó el verano y era insoportable. Al final, claudiqué y abrí un nuevo negocio el 31 de enero de este año. Comer, había que comer. Estaba inquieto y a la vez entusiasmado. Me convertí en trovador de la verdad, en hacedor de sueños de los que quieren no perder el sueño por pesadillas ajenas; especializado buscador de la felicidad para quien no engaña ni miente; y amante compulsivo de la paz de los que encuentran la verdad por dolorosa que parezca ser al comienzo. Era mi nuevo oficio. Compaginé mis estudios sobre ello con los de Psicología y era el momento de poner a prueba mi valía en ese terreno.
Fue el día 1 de febrero de este año cuando coincidimos en Pozoblanco, después de muchos años, su mujer y yo. Ella había regresado al pueblo por problemas de su sobrina, ya sabes, la reina mora. Nos encontramos en “
Le expliqué que había abierto mi negocio en Villanueva de Córdoba y que, de momento, no tenía cliente alguno. Le invité a que viniese a mi despacho a ver qué podíamos averiguar y que, por supuesto, le haría un precio especial. Ella, con más miedo que vergüenza, me acompañó con cierto escepticismo. Le pedí tu dirección de correo electrónico y probamos algunas contraseñas que ella suponía que podrían ser la tuya. Acertamos a la primera. Eres muy confiado y descuidado para ser un traidor, amigo Gerardo; ¡mira que usar la contraseña de tu cumpleaños! Navegamos en tus correos electrónicos desde el mes de junio del año anterior. No encontramos nada. Sólo informes enviados y reenviados al Colegio de Psicólogos. Fuimos mes a mes; y demasiado spam y poco morbo. Por tener virus, tenías hasta el ébola en alguno de ellos (cuida tu herramienta amatoria y de trabajo). Así terminamos con el 2.005 para congratulación de tu mujer. Pero llegamos a enero de 2.006; y cuando ya íbamos a terminar, encontramos un correo dirigido a una dirección nueva, que no cuadraba con las anteriores. La cara de Candi se desencajó al abrir el correo y ver que se trataba de un relato en forma de diario: “Diario de un mendrugo (diario alternativo a crónicas del olvido)”. Ocurrente título y ocurrente contenido. Pero a quién iba dirigido. Así, leímos la segunda y la tercera entrega. Era bonito, muy bonito el tercero; y muy extraño el segundo. Candi se echó a llorar e intenté consolarla. Tras tranquilizarse decidió contratar mis servicios y no me pude negar. Eras mi primer caso y eras demasiado parecido a mí. Eras mi identidad disociada, mi doble personalidad y también mi segunda oportunidad. Así te convertiste, sin buscarlo, en el primer caso de S.O.S. lic A.O.2.460. (Sergio del Olmo Seco, Detective Privado). A la transcripción y a las escuchas de nuestras conversaciones las titulé “Trastorno de Identidad Disociativo”. Y; por supuesto, Caso
En eso me hizo caso. Te dio un ultimátum pero ya no confiaba en ti ni en mí. Como eres cabezón y te gusta llegar hasta el final, tuviste que declararle tu amor a Rosa. Joder, Gerardo, estabas tan ciego que me dabas pena. Quise ir a escondidas a tu despacho y quitar los micrófonos, pero tu mujer, al ver que intentaba defenderte, me despidió pidiéndome como único favor que le dejase el equipo de escucha veinticuatro horas más. Te conoce muy bien, mendrugo. Sabía que llegarías hasta el final. Me había pagado mis honorarios y no pude negarme. Esa última cita, la más deseada, cerraría el dossier y tu vida. Yo tenía que ser fiel a mi cliente. Nos lo enseñan en la facultad. Lo siento, amigo, pero sólo hice mi trabajo. Y ¿sabes? No me ha gustado.
Disculpa, Gerardo; me caías bien. Al menos, Rosa sigue viva. Y sí, Gerardo, es hermosa, muy hermosa. En el dossier sólo falta la conclusión de mi informe, la cual dije viva voz a tu esposa: A Gerardo le hubiera encantado serle fiel a Rosa, pero para eso tendría que haberte sido infiel a ti. Su única infidelidad ha sido estar cercano a los cuarenta. Si es una infidelidad enamorarse como él se ha enamorado, todos deberíamos de ser infieles alguna vez. Pero una relación es de dos; por lo tanto, nunca ha habido relación, sólo una necesidad de enamorarse y rejuvenecer diez años.
Espero que tengas suerte. De corazón. Has perdido a una gran mujer y has despertado de tu dulce sueño a cañonazos. Espero que al menos no me odies. No ha sido un buen trabajo y peor ha sido el resultado.
PD. Se me olvidó comentarte que, por expreso deseo de tu mujer, tu madre ha estado al tanto de todo; mis honorarios eran demasiado altos y para no despertar tus sospechas pidió hacerse cargo de la mitad de mis emolumentos. Tiene una copia de este dossier completo. Perdona, pero … el que paga… manda.
Un abrazo.
Sergio del Olmo Seco.
Detective privado lic. A.O. 2.460.

The Apprentice
Señora Nostalgia dijo
Caí por casualidad en tu blog y me ha encantado como escribes. Me fascina la literatura. Voy a añadirte a mis amigos, y espero que no te importe, para leer el resto de este diario, porque apenas agarré el final. Interesante tu perfil. Un saludo. Madeleine
6 Marzo 2007 | 09:52 PM